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ARAGÓN

"El síntoma psiquiátrico del siglo XXI es el aburrimiento"

Javier Lacruz, que se formó con psiquiatras de la talla de Carlos Castilla del Pino o Hugo Bleichmar, tiene abierta una consulta privada en Zaragoza.

Crítica la “psiquiatría de diagnóstico”, que se limita a etiquetar a los pacientes y suministrarles un tratamiento farmacológico.

“Muchas veces hay que plantear a los pacientes que lo que les ocurre es solo un acontecimiento vital que no necesita ser etiquetado ni medicado”

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Javier Lacruz. Foto: Juan Manzanara.

Javier Lacruz. Foto: Juan Manzanara.

Cuando Javier Lacruz (Zaragoza, 1956) nos invita a entrar en su consulta, nos fijamos en la mirada lánguida y melancólica del fotógrafo Evgen Bavcar, retratado en una escultopintura de Miquel Barceló. Los confidentes y el diván conviven con obras de Viola, Saura y Tàpies del mismo modo que Lacruz combina su profesión de psiquiatra con su pasión por coleccionar y estudiar el arte contemporáneo.

Aunque algunos cuadros van cambiando a lo largo de los años, nos confiesa que durante toda su carrera como terapeuta siempre ha tenido tres compañías: los sillones que le compró un familiar, los retratos de Freud, Winnicott, Klein y Lacan y su secretaria, Beatriz. No es fetichismo, aclara, sino afecto.

¿Realmente existe el síndrome "post-vacacional"? ¿No es solo pereza?

El síndrome post-vacacional existe: es una sensación, una vivencia transitoria de ciudadanos que tienen una experiencia emocional de inquietud, de cierta zozobra en un momento de transición de su vida. Esa transición puede ser pasar del verano a la época de trabajo o viceversa: dejar el trabajo para empezar las vacaciones. A algunos empresarios les ocurre que tienen la sensación de que no pueden abandonar su negocio. Sin embargo, evidentemente, no es un síndrome psiquiátrico. Corremos el riesgo de "psiquiatrizar" a la población, es decir, de estar constantemente atribuyendo síndromes, como el síndrome de Peter Pan, el de Caperucita... o el del Lobo Feroz.

¿Cree que se está abusando, entonces, de considerar un 'síndrome' casi cualquier comportamiento?

Claro, hay un gusto patógeno por poner a todo un diagnóstico, una etiqueta. Esto viene de que en nuestra sociedad estamos viviendo un momento de auge de la 'neurociencia', que ha invadido territorios y ha acaparado el relato oficial y legitimador del modo de vida del ciudadano. La neurociencia parece acabar etiquetándolo todo. La psiquiatría ha caído en ese vicio con los nuevos DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) y otros manuales que sirven como guías de orientación para los profesionales. Yo pienso que esos textos nunca pueden utilizarse como elemento que cualifique a los pacientes, que son sujetos, no solo diagnósticos. Anteponer el diagnóstico al sujeto es una trampa de nuestros días.

Más allá de la actuación de los profesionales, ¿no ocurre también que a la gente le gusta hoy en día ser etiquetada con esos síndromes que comentábamos?

No sé si a la gente le gusta, pero sí podríamos decir que hay una tendencia en ese sentido. Yo creo que todo esto se debe a un contexto marcado por una saturación de medios, de libros de autoayuda, de los 'coach'... Se nos vende la imagen de una falsa salud a través, por ejemplo, del cuerpo como un centro de incubación de 'start ups', donde el sujeto se tiene que adornar con unas marcas, hacer unas dietas 'saludables', ponerse unos tatuajes, ir a unos gimnasios... Todas estas cosas son, evidentemente, innecesarias. Son la mercadería de la industria de una sociedad que lucha frente al aburrimiento. Donald Winnicott decía que en el siglo XX los dos síntomas fundamentales del enfermo mental fueron la angustia y la depresión; el síntoma del siglo XXI es el aburrimiento. La gente se aburre absolutamente y ante el miedo de aburrirse, necesita ver programas de televisión inmundos, incluso sádicos, y entra en lo que decíamos de etiquetar, de los libros de autoayuda o de aforismos... La gente se aprende unos fraseos, del tipo ‘cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro’. Son unos aforismos homeopáticos, patéticos y ridículos, que delatan una idiocia galopante y una indigencia intelectual masiva. Esto procede de la falta de educación y de cultura en la sociedad.

¿Entonces hay sobre-diagnósticos por aburrimiento?

Sí. La psiquiatría en este momento está muy cuestionada; se habla incluso de "la muerte de la psiquiatría", a lo que respondo que, entonces, es que estamos vivos. Hoy, el terreno de la psiquiatría está siendo invadido por la neurología, por la psicología de autoayuda, por la neurociencia y por los ‘coach’. Ese perímetro está asfixiando nuestro discurso, por lo que hay que reinventarse continuamente.

Aun así, el principal enemigo de la psiquiatría es la propia psiquiatría. Es necesario recuperar una lectura de la subjetividad del consultante. Tenemos que ayudar a los pacientes a preguntarse por su 'self', por su concepto de sí mismo. No se trata de su 'yo' como persona estática, sino de la relación con el otro. La psiquiatría está dimitiendo de su papel en cuanto a que se limita a ser una ‘psiquiatría de diagnóstico’: una simple etiquetación, con una atención al paciente de diez o quince minutos, un tratamiento farmacológico y 'vuelva usted dentro de tres meses' para repetir el proceso de regular la medicación. Es una fetichización de una relación grotesca, nefasta y patógena entre el profesional y el enfermo. Sin dedicar tiempo suficiente a los pacientes, la psiquiatría pierde su función real de ayudar al sujeto a interrogarse a sí mismo, por mucho que se enmascare con diagnósticos de manuales americanos ideados por personajes solemnes. Lo que tenemos que hacer es recuperar la práctica de recetar medicación solo a quien lo necesite y ofrecer terapia a quien lo precise. Platón hablaba ya de la preterición de la terapia sobre los lenitivos de esa época.

Además de sobre-diagnósticos, ¿hay entonces también sobre-medicación?

Sí, se hacen varios diagnósticos a la vez a un mismo paciente y, en general, la población está sobre-medicada. Más del 90% de los pacientes que nos llegan a las consultas privadas atendidos por los médicos de atención primaria ya están medicados con su ansiolítico o su antidepresivo. Muchas veces hay que plantearles a los pacientes que lo que les ocurre, un duelo o la vuelta al trabajo, son acontecimientos vitales que no necesitan ser etiquetados y medicados.

La psiquiatría ha pasado por muchos dramas en su historia: el internamiento, la camisa de fuerza, el electroshock, el abuso de medicación... Ahora, con el neo-cientifismo, los laboratorios están orientando a los profesionales a abusar de la poli-farmacia.

Javier Lacruz colecciona arte contemporáneo. Foto: Juan Manzanara

Javier Lacruz colecciona arte contemporáneo. Foto: Juan Manzanara

¿Esta sobre-medicación es un triunfo de la industria farmacéutica?

Sí y no. Sería injusto menospreciar la labor de las farmacéuticas, que están detrás del cambio que produce, por ejemplo, la aparición de los anti-psicóticos. De los primeros neurolépticos para tratar la psicosis a los actuales se ha evolucionado maravillosamente. Yo distingo entre la 'locura patológica' y la 'locura sana'. Los pacientes con locura patológica, con la farmacología actual, están contenidos, activos y trabajando.

Otra cosa es el abuso o la connivencia de cierta psiquiatría oficial con los laboratorios por intereses espurios y económicos, por supuesto.

¿Qué sería una 'locura sana'?

Es la locura de romper los formalismos con la realidad y recuperar al sujeto lúdico, el  ‘sujeto del juego’, un concepto que esbozó Donald Winnicott. La vida no es más que un juego de identidades (de padre, de pareja, de terapeuta...). No se trata tanto de jugar 'juegos reglados' sino del 'juego espontáneo'. La locura sana es la locura en la que participa la creatividad. El bebé, cuando nace, juega con la madre, con el pecho,... y juega a la vida de forma espontánea. Cuando somos adultos, nuestra obligación debería ser conservar el niño que llevamos dentro. Solemos entrar en una disciplina social que nos abotarga e impide la expresión lúcida de esa capacidad de jugar. El profesor Bollas habla incluso de los sujetos ‘normo-páticos’: es la patología de la normalidad, sujetos que son tan normales y tan reglados a la sociedad que no tienen lo que llamaba Winnicott 'el gesto espontáneo', la capacidad de jugar la vida con cierta espontaneidad.

La locura sana sería la capacidad de expresión, de romper ciertas reglas; es un homenaje a la vida, un espacio intermedio entre la realidad formal y la locura. Winnicott destaca que en ese espacio es donde está la creatividad y el arte.

La locura patológica, la locura de personas que tienen un diagnóstico psiquiátrico, ¿puede suponer también alguna ventaja?

La pregunta es interesantísima, no sé si la puedo responder con certeza. Diría que no. La creatividad está en todos los sujetos, independientemente de mayor o menor salud. Pero la locura patológica normalmente oblitera la capacidad creativa. Los artistas que hacían excesos de alcohol o de drogas como Henri Michaux o Francis Bacon nunca podrían llegar a pintar sus cuadros en una fase de ruptura con la realidad, en una ceguera de alcohol. Hay mucha mitología.

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