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El carnaval ha muerto

Ahora los jueces, fiscales y policías van a decidir las ficciones que se pueden escribir y una liga del buen gusto determinará lo que está bien visto.

Aparte de la ignominia de encarcelar a dos titiriteros, lo más preocupante es que nos retrata como país inquisitorial que no admite la crítica y como sociedad poco formada que no entiende siquiera la diferencia entre ficción y realidad.

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El carnaval es esa época del año en el que las autoridades conceden al pueblo llano una bula momentánea para que les hagan befa y mofa bajo la protección de las máscaras. Ése es el sentido de estas fechas que nacieron como necesaria vía de escape antes del recogimiento de la Cuaresma. Por unos días, se le otorga al populacho la libertad para convertirse en bufones y reírse del rey y de lo más sagrado que durante el resto del tiempo está vedado. Pues bien, ese contrato social acaba de romperse en España con la detención de los dos titiriteros. Españoles, el carnaval ha muerto, hemos enterrado la sardina antes de tiempo.

La muerte es doble porque el guiñol también ha sido siempre una bufonada en la que la broma macabra, el esperpento y la cachiporra servían para decir lo que no se podía decir y dar los golpes que en la realidad no pueden darse. De ahí la expresión “no dejar títere con cabeza”. En el guiñol, no se salva nadie. El teatro de marionetas no son solo dragones, reyes y princesas sino también un retablo de los rincones más oscuros de una sociedad que admite la afrenta porque son unos muñecos los que lo dicen. Es una prerrogativa que sólo tienen los títeres, los sátiros y los cómicos.

Pero en España, y no es la primera vez, la policía, la fiscalía, o sea el gobierno, y un juez, han decidido ponerle fin al carnaval, al guiñol y la crítica con el aplauso de la prensa y sociedad más retrógradas y la dócil aceptación de una parte de las fuerzas progresistas que admiten el mantra falso de la apología del terrorismo que no está en la obra y repiten que el argumento era intolerable y horrible. Ahora los jueces, fiscales y policías van a decidir las ficciones que se pueden escribir y una liga del buen gusto determinará lo que está bien visto. Mi calendario dice 2016 pero creo que se equivoca en cientos de años.

Luego está la desmesurada alarma por la salud mental de los niños por la violencia de la obra, como si no estuvieran expuestos cada día a películas, videojuegos y telediarios mucho más violentos. Cuánta hipocresía. ¡Lo que está haciendo Europa con los refugiados, las imágenes de niños muertos en las playas, eso sí que les destroza la cabeza! Yo me crié viendo los títeres de La Bola de Cristal, cargados de dinamita política, y no voy por ahí ensalzando a terroristas. Aunque soy un poco radical, eso es cierto. Pero no se preocupen los padres, que hoy a la Bruja Avería no la dejarían hablar. El mal va ganando.

Y tanto. Además de que los titiriteros avisaron del contenido político y adulto de su espectáculo al ayuntamiento y al público, se me ocurren muchas formas de protestar contra la función antes que avisar a la policía, desde la queja al organizador, al abucheo o simplemente marcharse. La delación es propia de un estado policial. Siglos de represión católica, franquismo y mordazas, se acaban notando. Tenemos una larga tradición de censores e inquisidores. ¡Bravo, ya tenemos entre rejas a estos peligrosos titiriteros para que no vayan por ahí aterrorizando con sus manoplas parlanchinas y sus incendiarias pancartitas!

Aparte de la ignominia de encarcelar a dos titiriteros, lo más preocupante de este asunto es que nos retrata como país reaccionario, represor y censor y como sociedad poco formada que no entiende la diferencia entre ficción y realidad, no admite la sátira y no permite la libertad de expresión ni siquiera literaria. Los guiñoles somos nosotros en un retablo en el que nos damos sin parar con la cachiporra hasta descabezarnos.

Columnistas, políticos y representantes de víctimas, hacen el ridículo más espantoso justificando que se detenga a los autores de una obra de ficción. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Aún hay que explicar que no es real, que lo que dice un personaje ficticio no es necesariamente lo que piensa el autor? Un país en el que hay que explicar las perogrulladas, un país de Perogrullos, es un país atrasado, obvio, sin ironía, mostrenco. Hablemos de Barberá o Rato, que sí son reales. Pero a los que mueven los hilos, les interesa que miremos a las polichinelas, en lugar de buscar la mano que las mueve.

Cervantes, que era un visionario, ya nos veía venir y nos retrató hace cinco siglos en el Quijote. En el capítulo 22, el ingenioso hidalgo arremete contra el retablo de marionetas de un tal maese Pedro y las destroza porque confunde la ficción con la realidad. Don Quijote estaba loco pero incluso él acaba dándose cuenta de que se ha equivocado y acusa a los espíritus encantadores de haberle nublado el juicio. Finalmente indemniza al titiritero por el destrozo de sus títeres. Pues eso. Este país se ha vuelto loco y el encantamiento pergeñado por editorialistas y políticos le ha sorbido el seso a muchos, demasiados.

Pero a diferencia del Quijote, me temo que ninguno admitirá nunca haberse equivocado y ser víctima de un engaño. Ni mucho menos indemnizarán a los titiriteros por los destrozos.

Hoy a las 12h en www.carnecruda.es, con la ayuda de los compañeros de Hoja de Router, hablamos de otros espectáculos menos polémicos: deportes virtuales y robóticos.

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