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Nos conviene votar en las próximas elecciones europeas

No es cierto que ya no quede dinero para sufragar el Estado del bienestar. La verdad es que el dinero se ha visto progresivamente mal repartido, concentrado en aquellos que no necesitan al Estado del bienestar.

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La Unión Europea no ha aplicado durante los últimos seis años de Gran Recesión ninguna política contracíclica eficaz frente de al aumento de las desigualdades, el grado brutal de desempleo y los recortes de los servicios básicos. Hoy el 20 % de los europeos más ricos ganan cinco veces más que el 20 % más pobre y la desproporción se acentúa. Sin embargo las desigualdades son superiores en Estados Unidos y más aun en la segunda potencia china, en comparación con los estándares europeos. Las instituciones europeas se han mostrado inoperantes ante los efectos de la crisis e incapaces de atemperar la política impuesta por los intereses de Alemania, su socio más extenso, más poblado y más exportador. Según los últimos sondeos, solo el 21 % de los ciudadanos del os 28 países miembros mantienen la confianza en las instituciones de la Unión Europea, frente al 57 % de hace diez años. En 2007 un 68 % de los europeos manifestaban tener una imagen positiva de la existencia de la Unión Europea, actualmente esta proporción se ha reducido al 46 %.

Se acercan las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo y en los países miembros suenan las alarmas sobre el bajo índice de participación y la subida prevista de partidos antieuropeos o euroescépticos. La abstención en España fue del 56 % en las últimas europeas del 2009 y en Cataluña del 62 % (aquí ganó de lejos el PSC con 701.000 votos, seguido por CiU con 439.000, el PP con 342.000, ERC con 180.000 e IVC-EUiA con 119.000). Ante la política de las instituciones europeas, la reacción de los ciudadanos de darle al espalda en las urnas o emitir un voto de castigo a través de los partidos eurofóbicos resulta más que comprensible, aunque poco recomendable por su efecto boomerang.

Después de los millones de muertos de la Primera y la  Segunda Guerras Mundiales, disputadas primordialmente en Europa en tan solo treinta años, el capitalismo y la democracia llegaron en Occidente a un pacto tácito de reconstrucción, tras larguísimas luchas de los trabajadores. Acordaba la paz social a cambio del Estado del bienestar como forma de cohabitar, adaptarse, producir y consumir. Las clases dominantes ofrecían empleo y prosperidad a las demás, a cambio de conservar la parte del león de los beneficios. El pastel se repartía mejor, la asimetría social se reducía un poco.

Los acuerdos dieron pie a una nueva organización de las instituciones que hiciese posible la paz y el desarrollo. Por eso la vieja Europa representa hoy apenas el 7 % de la población mundial, pero el 25 % del PIB y el 50 % del gasto social en el mundo. La globalización ha roto aquel pacto, ha vuelto a imponer la avaricia, la falta de escrúpulos de unos cuantos y una nueva precariedad de los derechos colectivos, a cambio de la promesa poco creíble de volver a ser competitivos en un futuro dinamismo económico recuperado. No es cierto que ya no quede dinero para sufragar el Estado del bienestar. La verdad es que el dinero se ha visto progresivamente mal repartido, concentrado en aquellos que no necesitan al Estado del bienestar. El modelo europeo se ha visto plenamente afectado, pero aun concentra el 50 % del gasto social del mundo.

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