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La experiencia Volvo y la sorpresa electoral

  • La omnipresente disponibilidad de información puede llegar a dificultar nuestras decisiones, haciéndolas más vulnerables a los prejuicios y sesgos cognitivos.
  • Somos fácilmente influenciables por los testimonios de primera mano y la narración de experiencias individuales, y a menudo les damos prioridad aunque contradigan la evidencia factual o estadística.
  • Este efecto, ampliamente utilizado en la publicidad y las campañas electorales, puede ayudar a entender algunas de las grandes sorpresas de las últimas elecciones.
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La Ilusión de PPonzo, por Les

La Ilusión de PPonzo, por Les

La información es clave para nuestras vidas. La utilizamos continuamente para tomar decisiones importantes para nuestra alimentación, salud, trabajo, nuestra educación o la de nuestros hijos, o para elegir a nuestros representantes políticos. Sin embargo, la omnipresente disponibilidad de información puede llegar a dificultar esas decisiones, tal como explica Daniel Levitin en su reciente libro La Mente Organizada.

Para explicar este efecto, Levitin se refiere a lo que su profesor de psicología en Stanford, Amos Tversky, llamaba la experiencia Volvo ("the Volvo story"). Se refiere a la historia de un colega suyo que hizo una rigurosa búsqueda de información para decidir qué coche comprarse. En aquellos años, varios estudios publicados en revistas especializadas sugerían que Volvo tenía los modelos más fiables y robustos; y varias encuestas de satisfacción realizadas a miles de consumidores indicaban que los compradores de Volvo se contaban entre los más satisfechos por su decisión unos años después de realizar esa compra. La amplitud de ambos tipos de estudios era suficiente para eliminar la influencia de sesgos o anomalías individuales – como un vehículo concreto que fuera excepcionalmente bueno o malo. En pocas palabras, parecía el mejor criterio en que apoyar su decisión. Sin embargo, ese colega acabó comprando otro modelo, peor valorado en todos esos estudios. El motivo: su cuñado tuvo un Volvo y “estaba siempre en el taller”.

Desde un punto de vista lógico, la decisión no podía ser más irracional: la experiencia de su cuñado era tan solo un punto entre decenas de miles de buenas experiencias, una inusual excepción. Pero los humanos somos animales sociales, y eso nos hace fácilmente influenciables por los testimonios de primera mano y la narración de experiencias individuales. Esta forma de actuar es estadísticamente incorrecta y deberíamos cuidarnos de corregir este sesgo, pero la mayoría de nosotros no lo hacemos. Los publicista los saben, y por eso utilizan continuamente los testimonios de primera mano en los anuncios: “con esta dieta, perdí 30 kilos en un mes ¡y sin esfuerzo!”, “este yogur me hace estar estupenda por fuera y por dentro”… Como Levitin enfatiza, nuestro cerebro registra mucho mejor los relatos vívidos y sociales que los aburridos sumarios estadísticos.

Es este uno de varios sesgos cognitivos que nos hace cometer errores de razonamiento – similar al que reproducimos, con un toque humorístico, en nuestra ilustración. Como ocurre con esta ilusión visual, conocida como la ilusión de Ponzo, tendemos a tener ilusiones cognitivas,  y, por desgracia, nuestro cerebro las usa para “tomar atajos” en nuestras decisiones. Estos atajos son aún más frecuentes cuando nos enfrentamos a  la avalancha de datos característica de los tiempos modernos.

Todo esto viene al caso de una de las mayores sorpresas que la toma de decisiones colectiva ha deparado a este país. Nos referimos, claro está, al incremento en medio millón de votos del Partido Popular entre las elecciones del 20D y las del 26J. La multiplicación de casos de corrupción, mala gestión y abuso de poder durante toda la legislatura, sumada a los numerosos escándalos aflorados en los seis meses que transcurrieron entre ambas elecciones, no impidió un resultado que dio la vuelta a todas las encuestas publicadas durante la campaña electoral y sorprendió incluso a los propios líderes populares. Todo ello, a pesar de que la corrupción ya le ha costado a España más de 7.500 millones de euros y que los españoles la consideran el  segundo problema más importante del país (solo después del paro).

¿Reflejan estos resultados una súbita recuperación de la confianza en el PP  y, por extensión, en el gobierno actualmente en funciones? Aunque las encuestas tienen aún que proporcionar una evaluación científica de esta hipótesis, una inspección de las encendidas discusiones que han saturado los medios sociales sugieren que no. Los dos razonamientos más recurrentes que aportan los votantes, a menudo indignados por comentarios que critican su tolerancia a la corrupción, podrían expresarse así: (i) “todos los políticos son igual de corruptos, y si alguno no ha robado aún es solo porque no ha tenido la oportunidad” y (ii) “prefiero votar ladrones que votar radicales/terroristas”. Para justificar esas afirmaciones, algunos aportan noticias que describen supuestos casos de corrupción y abuso de poder de otros partidos y/o supuestos vínculos con  países y organizaciones terroristas de ideología pintorescamente variada ( Irán, Venezuela, ETA e ISIS) de uno de ellos.

Sin entrar a discutir siquiera la veracidad de esas noticias, parece que el resultado ha sido un claro ejemplo de “experiencia Volvo”. Aunque la estrategia de “y tú más” parecía agotada con la aparición de los nuevos partidos, bastaron unos cuantos casos, sin ratificar judicialmente pero exagerados adecuadamente por los medios afines, para ignorar la inapelable estadística de escándalos de corrupción y abuso de poder de los últimos años, que han implicado a prácticamente todos los gobiernos regionales, a varios ministros, a numerosos gobiernos municipales, a cargos del Partido Popular y a la propia estructura de financiación de éste. Y, de forma más sorprendente aún, ha bastado relacionar a un solo partido con los temas más ideológicos y emocionales del votante de derechas (el terrorismo y el comunismo, rebautizado ahora como chavismo) para que este decidiera no votar a ningún otro.

En lugar de atacar al votante conservador, asumiendo que ha actuado de mala fe, o de acusarle de ignorante, los militantes, simpatizantes y responsables de comunicación de los otros partidos harían mejor en reconocer el elemento de irracionalidad que preside siempre las decisiones de todos los electores. Agitar el miedo al inmigrante bastó para que, ignorando todos los argumentos económicos y sociales, los británicos votaran mayoritariamente el Brexit. Agitar el odio racial y el resentimiento contra las élites basta para que, ignorando lo que el resto del mundo considera sentido común, muchos americanos voten a Donald Trump. Y el supuesto efecto de la inmigración sobre la economía y el desempleo, aunque refutado por todas las estadísticas disponibles, ha aupado al gobierno a la  ultraderecha finlandesa y está en camino de hacer lo propio en Austria, Holanda y Francia.

Crear una cultura en la que los ciudadanos recurran a múltiples fuentes de información, sobre todo aquellas de ideologías contrastadas, y hagan un esfuerzo consciente por racionalizar sus decisiones es una tarea que requiere esfuerzos continuos y a largo plazo. Por desgracia, la mayoría de los grandes medios de comunicación están inmersos en la tarea contraria: hacer un periodismo cada vez más ideologizado, superficial y populista. Es cierto que la disponibilidad de información es mayor que nunca, sobre todo a través de los medios sociales. Pero, desbordados por esa avalancha de información, acabamos confiando más que nunca en un círculo limitado de medios y “gurús” de confianza – haciéndonos más vulnerables que nunca a la “experiencia Volvo”.

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