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Espectros del Este

Cesar Rendueles habla con Iván de la Nuez de la nostalgia del bloque soviético, el tema central de su último y excelente ensayo El comunista manifiesto

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Ivan de la Nuez

Ivan de la Nuez

A finales de los años ochenta, dos sexagenarios viajaron por primera vez a la RDA en un viaje organizado por una asociación cultural vinculada al Partido Comunista. Volvieron maravillados, claro. Es más, pasaron una jornada en Berlín Occidental que les dejó convencidos de que el capitalismo tenía los días contados. La RFA era Babilonia rediviva, una sentina de consumismo, delincuencia, drogadicción, desigualdad, prostitución y, en general, alienación evidentemente insostenible.

Pocos meses después la RDA se desmoronaba. Una de las más curiosas, y en cierto sentido entrañables, elegías que se publicaron entonces fue un artículo del novelista Pablo Sorozábal titulado Elogio sentimental del tanque ruso. Sorozabal loaba el papel del bloque soviético como dique de contención frente al imperialismo capitalista y se lamentaba de no disponer de unas armas nucleares que regalar a Fidel Castro para que las empleara en beneficio de la paz mundial. Fue seguramente el canto del cisne del leninismo político, y el inicio del leninismo estético.

Ninguna planificación estatal ha alcanzado nunca el nivel de centralización y burocratización de las grandes empresas multinacionales

La herencia soviética se resiste a desvanecerse. Es más: según Iván de la Nuez ( El comunista manifiesto, Galaxia Gutenberg 2013) es masiva, pero se expresa básicamente en términos culturales. El Eastern ha desplazado al Western: "El Eastern es la fascinación de la cultura occidental por la vida y la cultura que tuvo lugar bajo el comunismo", me explica De la Nuez. "Un cúmulo creciente de obras, exposiciones, películas, ferias, descubrimientos deportivos, reediciones de lo producido o prohibido allí... El Eastern, como el Western, no se entiende sin la conquista del espacio: sin esa invasión con las recetas de la nueva vida capitalista hacia allá, pero también con la inundación del Este hacia aquí, con su correspondiente intersección de nuestro estilo de vida. En ese sentido, el Eastern funciona como un completamiento de Europa, que ya no es concebible sin esa otra parte que permanecía oculta, beligerante y prohibida del otro lado del Muro. Cuando hablo del Eastern también remito a una fantasía occidental que proyecta allí las frustraciones de los personajes de aquí".

Ostalgia: imágenes del bloque inventado

En los años ochenta, el filósofo Fredric Jameson explicaba que nuestra comprensión de la burocracia y el autoritarismo soviéticos había sido elaborada a través de la experiencia del capitalismo. Ninguna planificación estatal ha alcanzado nunca el nivel de centralización y burocratización de las grandes empresas multinacionales. Cuando nos imaginamos la vida en la Rusia soviética, tendemos a proyectar sobre un país el estilo de gestión laboral de McDonald's donde todo, absolutamente todo, está programado. Tras la caída del Muro las cosas se han vuelto más opacas.

Según Iván de la Nuez, "mientras el capitalismo posterior a 1989 nos vendía que estaba enterrando el comunismo para siempre, en realidad se estaba apropiando de buena parte de sus activos culturales, o del plutonio o del autoritarismo, dicho sea de paso. Y eso ya no sólo implica una 'victoria', sino un proceso colonial que demuestra que el comunismo tenía elementos útiles, necesarios y rentables para este sistema que lo negaba desde este lado del Telón de Acero. Esa caída 'hacia acá' no es ajena a la des-democratización que estamos viviendo. El comunista manifiesto, pese a su título, no es un libro sobre el comunismo, sino sobre el capitalismo contemporáneo y su lógica de consumo cultural, envuelta en un estalinismo de mercado al que le da lo mismo vender coches usando a Ho Chi Min que teléfonos móviles usando al Che Guevara, o poner el rostro de Marx en una tarjeta de crédito".

El comunista manifiesto mantiene un diálogo extraño con Limónov (Anagrama, 2013), la extraordinaria biografía novelada que Emmanuel Carrère dedica al escritor ruso Eduard Limónov. Es un libro hipnótico que logra quintaesenciar en una historia personal las enormes contradicciones que han generado las ruinas del proyecto soviético. A veces el libro de Carrère recuerda un poco a una novela picaresca con una vertiente política explícita, tal vez al clásico de Iliá Ehrenburg Julio Jurenito (Capitán Swing, 2013). En su juventud Limónov participó en los círculos de la disidencia cultural moscovita, pero terminó emigrando a Nueva York, donde se convirtió en una especie de Bukowski eslavo. Allí escribió novelas autobiográficas que pasaron desapercibidas en Estados Unidos pero que, siguiendo un patrón bien conocido por Jim Thompson o Chester Himes, triunfaron en Francia.

Del Partido Comunista al 'Personal Computer'

En los años noventa Limónov se decidió a implicarse políticamente de un modo peculiar: primero se alistó en las milicias serbias y después regresó a Rusia donde fundó el Partido Nacional Bolchevique. En apariencia, una pieza más del puzzle ultranacionalista ruso, pero que Carrère analiza como algo mucho más sutil, complejo y contradictorio: un extraño cóctel de movimiento contracultural, club de la lucha, añoranza de los viejos buenos tiempos del autoritarismo... y defensa de la libertad de expresión y los derechos humanos.

En uno de sus libros de memorias, Un escritor en la revolución, Ehrenburg recuerda los primeros años de la revolución rusa no como el estruendo marcial de la razón en marcha sino como una época desordenada y desconcertante, llena de claroscuros. Algo así plantea Limónov. La experiencia soviética fue, por encima de todo, un caos casi siempre irracional pero preferible a la inautenticidad consumista.

Parece casi una caricatura de lo que Iván de la Nuez llama Ostalgia: "El Eastern incluye un subgénero estético, la Ostalgia, que en principio implica nostalgia por el comunismo, pero pronto se nos presenta como muchas otras cosas: como una reacción ludita frente a la tecnología en ese tránsito entre el PC (Partido Comunista) y el PC (Personal Computer), como una evidencia del "miedo a la libertad" del que hablaba Fromm, como el malestar de la cultura poscomunista, con esa disidencia doble: frente a ese momento en el que los camaradas se convierten en clientes y la nomenklatura en oligarquía, frente al comunismo anterior y el capitalismo posterior por parte de gente que quedó jodida y atrapada entre dos mundos".

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