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La realidad del traductor literario: luces y sombras

El mundo editorial no pasa por su mejor momento y los traductores literarios tampoco se han librado de la precarización de la profesión

Plazos de entrega absurdos, tarifas bajas, disponibilidad constante, jornadas interminables delante del ordenador...

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El Ministerio ha denegado la ayuda a varias editoriales para digitalizar su fondo // Foto: Jorge Mejía Peralta (Flickr)

Traducciones// Foto: Jorge Mejía Peralta (Flickr)

Cuatro personas mantienen una conversación sobre la novela Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Tres de los participantes declaran que el libro les ha resultado muy aburrido y tedioso. Tanto, que ni han llegado a la última página. Sólo hay una voz discordante: uno de los conversantes comenta que le ha gustado mucho y añade que puede ser porque la traducción del clásico está firmada por Carmen Martín Gaite.

De dicha discusión se extrae una conclusión evidente: una buena o mala traducción influye en la opinión final sobre la obra (que se lo digan al pobre Flaubert). El libro se vende como un texto firmado por un autor, no como el resultado final de un trabajo en el que han participado un lector de manuscritos, un editor, un corrector y, precisamente, un traductor.

Los integrantes del gremio trabajan en la sombra. ¿Deberían de recibir más atención? La traductora literaria Julia Osuna, en  cuyo currículum pueden verse los títulos de más de 60 libros traducidos, opina que la figura del traductor debería tener más peso: “Como cualquier artista, y no por una cuestión de vanidad, sino porque el reconocimiento haría que las condiciones laborales fuesen mejores y, en consecuencia, la calidad de las traducciones también mejoraría”.

Javier Calvo es uno de los nombres más conocidos del sector, tanto por el tiempo que lleva ejerciendo como por el hecho de ser escritor. Como él mismo expone: “Cuando lo eres [escritor] te ofrecen más trabajo porque existe la idea, un poco errónea, de que si eres escritor puedes traducir mejor. No es que sea errónea, pero tampoco es que haya ninguna vinculación entre las dos cosas. Pero para un editor es un factor de prestigio tener a un escritor que haya publicado que le esté haciendo traducciones”.  

La descripción de las malas condiciones laborales es la habitual en las profesiones en las que el grueso de sus trabajadores es freelance: plazos de entrega absurdos, tarifas bajas, disponibilidad constante, jornadas interminables delante del ordenador. Lo que se conoce como trabajar a destajo: se cobra tanto según la cantidad de labores realizadas. Calvo añade un matiz a las quejas que quita protagonismo a su condición específica y la expande a la generalidad del sector del libro: “Paradójicamente la traducción, que hace años tenía fama de estar muy mal pagada, ha acabado estando mucho mejor pagada que otras cosas dentro del mundo editorial”.

Otro dato a tener en cuenta es que hacerse un hueco en el sector es complicado. Hace años estaba menos saturado, pero hoy en día, sin tener clientes ni experiencia es muy difícil entrar, al menos por lo que se deduce de las respuestas de ambos entrevistados. “No sigues el típico proceso de estudiar una carrera, hacer una oposición y colocarte de por vida. E incluso aunque entres en una editorial y tu trabajo sea bueno, siempre dependes de otra persona. Si se va el editor de mesa de la editorial, puede llegar otro que tenga a sus traductores de confianza y la relación puede acabarse de un día para otro”, comenta Julia.

Ambos coinciden en que para mantenerse dentro del sector la clave está en la constancia, el esfuerzo, la disponibilidad y la especialización en un género literario (ambos traducen esencialmente narrativa). Y en la calidad del trabajo entregado, por supuesto.

Desde la otra orilla: la editorial

Portada de El maestro y Margarita de la editorial Nevsky

Portada de El maestro y Margarita de la editorial Nevsky

El papel de la editorial en la subsistencia del traductor literario es clave. Lo normal es tener una cartera de clientes que van solicitando los servicios del traductor según sea el idioma de la obra original (Julia domina el inglés, el francés, el griego y el italiano mientras que Javier traduce del inglés al castellano e inversamente).

La  editorial Nevsky confirma esas opiniones: “Este es nuestro sexto año de andadura en la editorial, y lo cierto es que solemos colaborar con un número muy limitado de traductores externos de nuestra confianza, y con los que solemos repetir. Cuando buscamos a un nuevo traductor es simplemente por magníficas referencias de otros colegas, o porque hemos conocido su trabajo y queremos trabajar con ellos”. Añaden que “también hacemos pruebas de traducción, por supuesto, a gente que nos escribe”.

Nevsky ha publicado recientemente una nueva traducción de la obra El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov. “Estamos a punto de publicar la tercera edición de un libro del que ya existía una edición anterior, aunque no en nuestra versión. Por una parte, el libro no había sido vuelto a traducir en varias décadas, y para nosotros es un clásico importante, de referencia, que creíamos se merecía una nueva versión. Por otro, la edición de la cual partimos, de Marietta Chudakova, nunca había visto la luz en nuestro país, y se considera la versión canónica de la novela”, explican. La traducción de esta nueva edición ha corrido a cargo de Marta Rebón, traductora de ruso al castellano y catalán.

El caso de Nevsky es curioso porque reúne las dos caras de la misma realidad: además de editores también realizan trabajos de traducción. Y aún con esa doble perspectiva mencionada antes, la conclusión es la misma: “Nosotros traducimos en inglés, sobre todo para el Reino Unido y allí las cifras son distintas que en nuestro país, incluso si partimos de los mínimos que reconoce como justo el gremio de traductores. Pero, por otro lado, allí no suelen concederse royalties, así que eso lo hacemos mejor aquí. Digamos que para vivir de esto hay que traducir a destajo”.

El próximo libro de Javier Calvo será precisamente (y es pura coincidencia con su aparición en este artículo) sobre el mundo de la traducción. Lo entregará a Seix Barral en un par de meses y será: “Un ensayo no divulgativo, sino más literario, pero sí con una vocación de intentar interesar al público general de la literatura”.

“Hablar sobre la importancia cultural del traductor visualizandolo históricamente", es el objetivo principal de la obra. "De los problemas que tiene la traducción hoy en día, su realidad en el contexto internacional: quién traduce y cómo, las diferencias entre un país y otro, qué hacen los traductores y cómo trabajan con los editores. También cómo está cambiando el mundo de la traducción, que es muchísimo. El 90% de la traducción que se hace hoy en día es de Internet, hecha por fans que traducen todo por la patilla. Qué implica eso para la traducción literaria de la vieja escuela. Qué es lo que vale la pena conservar de eso y luchar por que no desaparezca”. En teoría y si todo va bien, como expone el autor, se publicará a finales de este año o principios del que viene.

Los eslabones más frágiles de la cadena

En relación con el último aspecto del libro, el futuro, las previsiones no parecen ser muy halagüeñas para los integrantes del gremio. Ni siquiera la subvención, ese concepto cuya mención alegra las perspectivas, repercute en la remuneración del traductor. Como explican desde una editorial que prefiere no ser mencionada, el pago por el trabajo del traductor se pacta a la hora de firmar el contrato. En el caso de las subvenciones españolas, la editorial especifica cuáles han sido los gastos que ha supuesto la edición, incluida la traducción del texto. Para Javier Calvo, estas ayudas “sólo sirven para recortar el coste de la editorial”.

Osuna tiene una opinión firme sobre las posibilidades del gremio y se atreve a señalar una realidad que podría llegar a modificarse: “Las editoriales medianas y pequeñas cuyos catálogos están formados en gran medida de traducciones tienen pocos ingresos y, como siempre, los eslabones más frágiles de la cadena y donde primero se recorta es en los colaboradores externos: traductores, correctores, maquetadores, etc. Cuando casi el 60% del coste del libro se lo llevan los distribuidores, tienen poco margen donde recortar. En ese sentido creo que este tipo de editoriales deberían plantearse un cambio de dinámicas frente a la tiranía de los distribuidores, unirse de algún modo para evitar la precariedad, de la que ellos mismos sufren en su trabajo, porque, evidentemente, tampoco ellos se hacen ricos. Pero tendrían que ver más claro quién se está llevando gran parte del pastel, abocándolos a precarizar a sus trabajadores, mal que les pese”.

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