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Dos cervezas y un orfidal

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En casa nunca fuimos de grandes conversaciones metafísicas: preferíamos hablar de política, baloncesto o ensaladillas rusas. Pero en cierta ocasión, tendría yo siete u ocho años, íbamos en el coche y mi padre me enfrentó a la primera gran decisión de mi vida. “Iker, tienes que elegir entre estudiar Religión o Ética”, me dijo. “En Religión te enseñan que puedes ir al infierno por toda la eternidad. En Ética, no”, añadió sin mayores detalles. Obviamente, siempre he preferido el sofá a la cámara de torturas de Satán y, ante semejante disyuntiva maniquea, elegí estudiar Ética. Siempre se lo agradeceré a mi padre. Pude masturbarme durante la adolescencia sin sentirme culpable.

El otro día me tocó a mí ser el padre.

Había dejado levemente entreabierta la ventana de la sala para que se ventilara la habitación mientras mis hijas jugaban allí y yo preparaba en la cocina la comida del día siguiente. Después de cortar los calabacines fui a echar un vistazo a las niñas (un hijo es como tener algo siempre al fuego, dice Xacobe Casas), y me las encontré asomadas a la ventana. Vivimos en un cuarto piso que da a las vías del tren y siempre apetece ver trenes pasar. Ane había acercado una silla y se había encaramado a la ventana que yo había abierto; June, con un espíritu emprendedor más acentuado, aprovechó el respaldo del cheslong para abrir por iniciativa propia la otra ventana. Ane tiene cinco años; June, tres.

No estaban en un peligro inminente (su altura no les da para reclinarse sobre la ventana), pero casi vomito sobre los dibujos que habían dejado olvidados en el suelo. Pegué tres zancadas y las agarré de la camiseta arrastrándolas hacia atrás mientras notaba como el estómago se me retorcía por dentro. Y, noqueado por el susto (“lo que podría haber pasado” es una frase pegada a un padre), empecé a echarles la bronca sin adaptar los contenidos a la audiencia de Clan. No hay que abrir las ventanas, les dije, porque es un peligro y os podéis hacer pupa, mucha pupa, tanta pupa que no te la pueden curar las ambulancias ni los hospitales, si te caes de aquí, se acabó, ya no hay nada, es como si aplastas una hormiga, adiós, y aita y ama se quedarán llorando para siempre.

Cuando llegó Amaia a casa, salí a despejarme. Me tomé dos cervezas y un orfidal, y me sentí algo mejor.

Son muy pequeñas y supongo que no comprendieron el trasfondo irreversible que acompañaba a la regañina, pero yo tampoco termino de entender lo absurdo de la existencia humana. En todo caso, se quedaron con lo fundamental de la copla: ventanas abiertas, caca.

Para ocasiones como esta, en las que tienes que hablar con tus hijas sobre los misterios de la condición humana, yo me había imaginado algo más divertido, como la escena de ‘Annie Hall’ en la que una madre lleva a su hijo al médico porque está deprimido.

-¿Por qué estás deprimido? -le pregunta el médico.

-Es por algo que ha leído -se adelanta la madre-. Díselo al doctor, hijo.

-El Universo se expande -suelta el crío.

-¿El Universo se expande? -repite el médico.

-Bueno, el Universo es todo y si se expande, algún día estallará y eso será el final de todo.

- ¡Que tiene que ver el Universo contigo! -le grita su madre-, Brooklyn está aquí y Brooklyn no se expande.

- Y no lo hará en millones de años. Por eso hay que intentar pasarlo bien mientras estemos aquí -apostilla el doctor.

Es un buen consejo.

Siempre es preferible un ateo a una persona religiosa porque, como dice el cómico, nunca verás a un ateo entrando en un restaurante con un cinturón de explosivos e inmolándose al grito de “¡Dios no existe!”.

Cuando uno es padre se cumplen todos los tópicos sobre lo que uno pensaba que era ser padre. Se vive cansado (lo de antes no era cansancio), terminas quitando mocos con la mano, eres feliz casi todo el rato y el cerebro guarda todas las desgracias de niños ajenos que aparecen en los telediarios de Tele 5. En plena eclosión de la vida, la muerte está más presente que nunca, la propia y la de los demás. Afortunadamente, hay tantos mensajes de whatsapp que responder que no da tiempo a ponerse demasiado existencialista. Pura supervivencia.

Cuando teníamos 18 años mi padre nos decía que éramos inmortales y, es verdad, recuerdo volver al barrio con una chica mayor que yo con la que me había estado morreando en un bar (entonces se decía morrear, suele recordar Jabois) y ella me contaba que a veces pensaba en la muerte y lloraba. Y yo no sabía qué responder porque éramos inmortales. Con el tiempo aprendes que no lo eres y dejas de fumar.

Siempre es preferible un ateo a una persona religiosa porque, como dice el cómico, nunca verás a un ateo entrando en un restaurante con un cinturón de explosivos e inmolándose al grito de “¡Dios no existe!”. Pero hay que reconocer que las personas con sentimientos religiosos -eligieron Religión y no Ética- cuentan con la ventaja de tener una explicación para la muerte. Están más reconfortadas o más resignadas. O algo pero algo al fin y al cabo. La gente religiosa abre los periódicos por las esquelas, mientras el resto preferimos distraer el destino leyendo las noticias. Tienen algo a lo que agarrarse. Yo, que todavía no he tomado una decisión definitiva sobre mis convicciones místicas, voy arreglándome con dos cervezas y un orfidal.

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