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Todos queremos ser el Racing

Es agotador el marketing alrededor del Racing. Si el 25% de cántabros en riesgo de exclusión tuvieran la mitad de apoyo, nuestra sociedad pasaría a primera división.

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Hace tiempo que pienso que tenemos los valores trastocados. No soy muy original con esta afirmación, pero de vez en cuando está bien recordarlo. Confundimos ser con tener, amor con posesión, sexo con gimnasia, gimnasia con competición y emprender con autoemplearse. Un lío, vamos. Pero en el juego de la confusión, el tiberio toma proporciones apocalípticas si confundimos fútbol con sociedad.

Esta semana anduve conteniendo las arcadas. Mi precaria salud social no aguanta una campaña mediática más a favor de un Racing que necesita transfusiones de sangre (y de pasta) cada dos semanas. Conste que no tengo nada en contra ni a favor del Racing (ni del Betis, ni del Alcoyano, ni del Boldklub de la muy danesa Ciudad de Lyngby), pero creo que hay un embrollo con los valores que no nos hace bien.

En una sociedad saludable, los medios de comunicación habrían iniciado una campaña masiva el pasado febrero cuando nos enteramos de que un 25,3% de la población cántabra se encuentra en riesgo de exclusión o de pobreza. Es decir, después de liderar la triste clasificación en esta triste estadística, igual 150.000 ciudadanos merecerían más esfuerzo que once deportistas sobre una cancha (por muy sentidos que sean los colores de la tierruca que sudan cada domingo).

A las campañas mediáticas se suman sin dudarlo todos los políticos, incluidos algunos de la izquierda sesuda, que igual nos piden un kilo de arroz para la Cocina Económica (cuando derrochan millones de euros en obras prescindibles y en campañas políticas mentirosas) como nos solicitan que pongamos un millón de pavos en efectivo para salvar al Racing de no sé qué quema... Es evidente que, para ellos, tiene más "valor" lo primero que lo segundo. De hecho, en la campaña electoral que recién nos tortura de forma oficial he oído hablar de corrupción, de ecología, de barrios culturales, de empleo, de Altamira... Los 150.000 cántabros que están realmente jodidos (y perdonen la rima) no han merecido mucho tiempo en el mercado clientelar del voto.

Es probable que todo sea compatible. Que pudiéramos hablar de los temas sustanciales de la sociedad y del agotador y omnipresente fútbol, pero déjenme pensar que no es casual este derroche de emoción racinguista y el lánguido esfuerzo por rescatar a las personas de un descenso casi seguro si pierden la partida de la dignidad. En mi paranoia cotidiana, déjenme que sospeche de la épica futbolera en tiempos de desmovilización social; que me niegue a caer en la emoción adormecedora de la Champions League (así, en inglés); que no me ponga la bandana rojigualda cada vez que Rafa Nadal intente ganar más millones; que no salga con pancarta a apoyar la huelga de los futbolistas que no quieren pagar impuestos; que pase de ir al banco a entregar parte de mi exiguo no salario para que el sentimiento racinguista siga latiendo; que no me crea que cuando un niño le pregunte a su padre qué es rendirse cuando la policía ejecute el desahucio de su casa el progenitor lo calme diciéndole: "No lo sé, hijo, somos racinguistas".

Quizá haya que animar a las familias en riesgo de exclusión o a las que ya están excluidas, a los inmigrantes que sobreviven al tránsito de la muerte hacia Europa, a las mujeres que son golpeadas noche sí y día también o a los parados de larga duración y corta esperanza que se pongan una camiseta del Racing y salgan a la Plaza del Ayuntamiento de Santander a pedir solidaridad y pasta... aunque viendo este enredo de valores es posible que reciban disculpas y un kilo de macarrones de marca blanca. Cielos...

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