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La paz era esto

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Resulta que la paz era esto: que ETA deje de amenazar, coaccionar, amedrentar y asesinar. Cuanto antes lo asumamos, mejor. ¿Tantos años de dolor y sufrimiento para esto? Pues sí. Sólo en el ámbito de la fe el sufrimiento tiene un sentido, y este puede ser inteligible, y hasta positivo. En el ámbito de la historia, el sufrimiento es simplemente eso: sufrimiento. Casi siempre innecesario, y por lo mismo radicalmente injusto. Eso es lo que ha sido la historia de ETA: un juego de lágrimas. Malkoz malko.

Hace ya tiempo que vengo reivindicando el valor de la paz, así, sin adjetivos. De esa paz humilde que consiste en la ausencia de violencia organizada ejercida contra la vida y la integridad física de las personas. Esa paz que, desde Galtung , el pacifismo crítico siempre ha ninguneado, considerándola poca cosa. Lo mismo ha hecho, por cierto, el constitucionalismo cítrico: ¿buscar la paz? ¡qué ordinariez! Ya se sabe: “necesaria, pero no suficiente”, frase típica de quienes, teniendo garantizadas sus necesidades, se permiten el lujo de minusvalorarlas. Porque se dan por supuestas. Como el respirar, vamos: necesario pero no suficiente. Como el comer. Como el votar, el leer, el vivir en un régimen de derechos y libertades… cosas necesarias (en un sentido banal) pero radicalmente insuficientes (y por ello, prácticamente despreciables).

No acabamos de asumir que la paz era esto: que ETA diga que abandona definitivamente la violencia, y que lo cumpla. Y como no lo asumimos, y como es tan difícil de asumir, en los próximos tiempos seguiremos intentando que la paz que ahora ya tenemos se parezca lo más posible a la paz en la que soñábamos cuando carecíamos de ella. Buen negocio para todas esas comisiones de expertos en resolver conflictos, particularmente cuando estos ya no existen.

Desde que el 20 de octubre de 2011 ETA anunciara el cese definitivo de su actividad violenta ha quedado oficialmente abierto el concurso de ideas para que parezca que, en lo esencial, nada ha cambiado, que desde entonces vivimos un simulacro de paz, una paz potrosa, miserable,radicalmente insuficiente, casi indeseable. Y así, estos días unos expertos internacionales han venido a garantizarnos el “éxito” de Sudáfrica y de Irlanda del Norte: ¡pues qué miedo! Expertos que se añaden a no sé cuántas más comisiones de expertos, internacionales o no, empeñados en lograr que por fin vivamos en paz dado que, por lo visto, aún no lo estamos. Hemos visto también estos días “extraordinarias” fotos de familia, justificadas por el deseo de “consolidar el proceso de paz”. Por cierto: si un proceso se consolida, ¿no queda detenido?

Y como no acabamos de asumir que la paz era esto, esta ausencia de violencia terrorista, cada día descubrimos alguna forma de convertir la actual situación de paz en insoportable.  Que los asesinos hagan públicamente revisión crítica de su pasado, porque si no es así…. Que quienes han sido condenados por delitos de terrorismo no puedan, una vez cumplida la pena, ser candidatos en las elecciones municipales, ya que de lo contrario...  La cuestión es elevar cada vez más la exigencia con el objetivo de quitar todo valor al hecho incuestionable de que hoy, por primera vez en tantos años, la violencia y la política han dejado de caminar juntas.

Albert Camus (siempre es el año de Camus) escribió: “Un mundo donde se legitima el homicidio y donde la vida humana se considera  una futilidad. Este es el primer problema político de hoy. Y antes de seguir adelante es necesario tomar posiciones con respecto a este problema. Previamente a toda realización es preciso formular, hoy, dos preguntas: « Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted que lo maten o lo violenten? Sí o no, directa o indirectamente, ¿quiere usted matar o violentar? » . Todos los que contesten no a estas dos preguntas quedan automáticamente embarcados en una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema”. Hoy, por primera vez en muchas décadas, antes incluso de que ETA surgiera, en Euskadi hemos respondido que no a ambas preguntas. ¿Una nadería?

Así que la paz es esto. Cuanto antes lo asumamos, mejor para todos. Pero habrá algo más, ¿no? ¡Por supuesto! Está la memoria del sufrimiento, está la justicia debida a las víctimas, está la reinserción de quienes han cumplido sus penas, está la construcción de una patria amable, cívica y plural…

Por cierto, ni la injusticia, ni la violencia, ni la indecencia se reducen a los estrechos límites del llamado conflicto vasco; nisiquiera a los de este nuestro pequeño país: están la xenofobia, la violencia contra las mujeres, las personas desplazadas por la guerra en Siria, la austeridad que mata al recortar servicios básicos; está la Europa negra que viene, está el Auschwitz global de la muerte fría por hambre… Que nadie se preocupe o se agobie por esta paz humilde que hoy disfrutamos en Euskadi:nuestras ansias de justicia no tienen por qué atemperarse ni detenerse. Hay mucho por hacer. Sólo hace falta que comisionistas y mediadores, movilizadores y facilitadores, pacifistas positivos y tejedores de acuerdos, después de valorar lo que ya tienen, miren un poquito más allá de sus narices.


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