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La economía española en 2017

En España se producirá un crecimiento sin cambio de modelo productivo. Crecimiento basado en el sector servicios de bajo valor añadido y en turismo barato que robamos a los países con conflictos armados

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El Gobierno estima que la economía española ha crecido un 3,2% en 2016 y prevé un crecimiento del 2,5% en 2017. El Banco de España coincide con estas previsiones. Con pequeños matices, la Unión Europea y el FMI también han llegado a estos mismos resultados y ambas vaticinan un crecimiento del 2,3% para el próximo año. A medio plazo, en el horizonte 2018, el Banco de España, la Unión Europea y el FMI son algo más pesimistas que el gobierno. Los primeros piensan que la economía española se situará en crecimientos del PIB cercanos al 2%, mientras el Gobierno lo cifra en el 2,4%. Nada fuera de lo normal. Pelillos a la mar. La credibilidad del gobierno siempre está condicionada por los matices electorales.

Conviene explicar que estas diferencias en decimales no tienen excesiva relevancia. Sobre todo, cuando se trata de previsiones a medio plazo que se revisan periódicamente. Los diferentes organismos se intercambian información y es normal que las estimaciones coincidan en sus líneas generales. En ocasiones acuerdan sus previsiones, incluso negocian las diferencias. Cuando aciertan, aciertan todos. Cuando fracasan, fracasan todos. Ya ocurrió en 2008. Son problemas del pensamiento único.

Muchas veces el efecto anuncio es más importante que las propias predicciones. Por eso es relevante analizar qué hay detrás de estas cifras. Como veremos, muchos temas de importancia y algunas discrepancias de fondo. Parece que el compromiso es lanzar mensajes positivos al ciudadano. No me gusta ser cenizo, pero me temo que voy a echar un pequeño jarro de agua fría.

Primero conviene preguntarse por las razones de esta desaceleración económica y sí es significativa. Lo que nos dicen estas previsiones es que va a ver un mantenimiento del crecimiento económico, aunque a un ritmo menor provocado por diferentes causas. Unas externas y otras internas.

Veamos qué va a pasar con la economía internacional. Las perspectivas de la economía mundial a medio plazo apuntan, según el Banco de España, a tasas de crecimiento modestas. Primer matiz, temo que la evolución de la economía externa sea algo peor que la estimada por el gobierno y el resto de organismos. El precio del petróleo crecerá muy probablemente -después de los recientes acuerdos de la OPEP- por encima de 60 $ (las hipótesis de los modelos macroeconómicos en los que se basan estas previsiones sitúan al precio del petróleo en el entorno de los 50$). La economía de EE.UU. no ejercerá de locomotora, Alemania y Francia, aún en periodo electoral, no están para tirar cohetes y su crecimiento se espera débil, sufriremos el impacto negativo del Brexit y tampoco los países que sostuvieron la actividad económica en el pasado, como China y otras economías emergentes, serán capaces de mantener el tipo. Lo mejor que se puede decir, en feliz expresión de The Economist, es que la economía internacional está al ralentí. La aportación del sector exterior al crecimiento del PIB en España será neutra o incluso negativa.

Se está sobrevalorando la aportación del consumo privado al crecimiento económico. La desaceleración del consumo se producirá antes de lo que piensa el gobierno

Si no es la economía externa la que va a tirar de la economía española, son los factores internos los que deben empujar de ésta. Según los organismos citados, el crecimiento de la economía española se fundamentará en el comportamiento del consumo de los hogares y la inversión privada. Siento no ser tan optimista. Observando la evolución de algunos indicadores de consumo -ventas del comercio al por menor de productos no alimentarios, nuevas operaciones de crédito a los hogares, matriculaciones de turismos - combinada con el previsible crecimiento del precio de las gasolinas, la impresión es que se está sobrevalorando la aportación del consumo privado al crecimiento económico. La desaceleración del consumo se producirá antes de lo que piensa el gobierno y el resto de servicios de estudios.

Según estas mismas instituciones, la Formación Bruta de Capital Fijo (FBCF), en otras palabras, la inversión privada empresarial, será otro de los componentes de la demanda sobre los que se sostendrá el crecimiento económico. El desendeudamiento de las empresas, las mejores condiciones de financiación y la recuperación de sus recursos propios explicarían esta alegría empresarial. De nuevo, no todos los indicadores confirman esta hipótesis. Las importaciones de bienes intermedios no energéticos y la cartera de pedidos de bienes de inversión, entre otros, no trasmiten un mensaje tan optimista. A mi juicio, un entorno de gran incertidumbre -el desmontaje de la arquitectura institucional de la UE, el impacto de las políticas de Trump, los tipos de interés al alza, el cambio tecnológico, la fragmentación de las cadenas de valoRES- alimenta un comportamiento más prudente de los inversores. Los augurios de los idus de marzo - los animal spirits keynesianos- no son favorables.

Aun en el caso de que se cumplieran las previsiones del gobierno no todo son buenas perspectivas. Con un crecimiento del 2,5% del PIB y un crecimiento del empleo del 2,4 o 2,3 %, esto significaría que la productividad crecerá alrededor de un 0,1 o 0,2%. Es decir, un crecimiento sin cambio de modelo productivo. Crecimiento basado en el sector servicios de bajo valor añadido y en turismo barato que robamos a los países con conflictos armados. El islote del País Vasco, con su apuesta por la industria avanzada, es la única región que se sale de este paradigma. Es evidente que un mercado de trabajo que soporta el doble de tasas de paro que sus homólogos europeos y con tasas de paro juvenil y de larga duración inasumibles económica y socialmente, es un mercado disfuncional que necesita reformarse.  Pero sigo creyendo que los problemas de fondo de la economía española no están en el mercado de trabajo sino en la economía productiva, en el patrón de crecimiento sectorial. Parece que nadie quiere coger este toro por los cuernos.

No se esperan tampoco cambios en la dirección de la política monetaria que, de todos modos, en ningún caso puede reconducir por si sola la dirección de la economía. Necesita del acompañamiento de la política fiscal. Las exigencias de la UE parecen, sin embargo, que nos dirigen a lo que eufemísticamente se llama consolidación presupuestaria, es decir ajustes, que seguramente redundará en un menor dinamismo de la actividad económica. Como parece difícil que con esta evolución económica se logré mantener la senda de los ingresos públicos, estaremos abocados a asistir a un incremento del IVA en algunos de sus epígrafes o a una nueva desviación del déficit respecto del objetivo fijado inicialmente, cifrado en el 3,1%. La propia UE vaticina que si siguen las cosas como las ha planificado el gobierno, este no cumplirá sus compromisos de déficit. La UE calcula, con más realismo que el gobierno, que el déficit público se situará en el 3,7%.

Nos están intentando dar gato por liebre. Por eso, el debate del presupuesto es una batalla política de envergadura. Frente a los del "no es no", soy de los que cree que hay margen para hacer una oposición útil. Solo hace falta un buen diagnóstico de la situación económica. No es una cuestión de más recursos, es una cuestión de prioridades y de mucha mejor gestión de lo público. Más recursos para sanidad y mejor gestionados, invertir en educación e I+D+i, transformar competitivamente nuestras empresas y no dejar abandonados a colectivos sociales vulnerables. La receta es fácil. Solo hace falta voluntad de cambiar las cosas.

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