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Otro vendrá que bueno te hará: ¿hacen las vacaciones bueno al colegio?

Imagen de archivo de niños en un aula.

Con el curso escolar termina(n)do esta semana, es probable que la mayoría de las familias tengan ya desde hace meses una planificación de las agendas de sus hijos en verano. Algunos optarán por los campamentos urbanos, otros por las colonias en la montaña o la costa, muchos recurrirán a la ayuda de los abuelos. Con una organización social compleja, en la que las vacaciones escolares estivales duran sustancialmente más que las de los padres y en la que no hay oferta pública suficiente para acoger la demanda, el parón veraniego nos ofrece la posibilidad de reflexionar, una vez más, sobre la desigualdad de oportunidades de los niños según su origen social y sobre las influencias que los entornos familiares tienen sobre su éxito escolar.

Existe una literatura (por ejemplo,  aquí o aquí) centrada específicamente en el análisis de en qué medida las competencias adquiridas a lo largo del curso escolar se desgastan durante las vacaciones de verano. El diseño más común en este enfoque consiste en la medición de los conocimientos/competencias de ciertas materias que tienen los alumnos al finalizar el curso escolar (justo antes de las vacaciones estivales) y compararlas con los que demuestran al regreso de las vacaciones. Es importante recordar que ambas mediciones, pre- y pos-, se realizan para la misma muestra de estudiantes. La literatura se ha centrado fundamentalmente en las competencias lectoras y matemáticas que, en términos generales, representan dos pilares básicos del aprendizaje en tanto que son materias instrumentales para la adquisición de conocimientos más complejos.

Aunque la mayor parte de las contribuciones se refieren al caso estadounidense, las conclusiones que se extraen son probablemente válidas también para nuestro contexto. El primer hallazgo de esta literatura es que en verano, en efecto, nuestros hijos adquieren estas dos competencias a un ritmo mucho más lento que durante el curso; en algunos casos incluso las "desaprenden".

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Votar limpiamente

Urna sobre las papeletas en un colegio electoral. EFE

La acción de ir a votar es más compleja de lo que primera vista parece porque conlleva dos tipos de desafíos: los logísticos y los políticos. Entre los primeros, se encuentran todos los asuntos relacionados con la mera organización de los comicios: desde la contratación para la impresión de las papeletas a garantizar que se abra el centro de votación el día concreto a la hora precisa, pasando por la coordinación de las fuerzas de seguridad.

Los retos políticos tampoco son menores: desde garantizar que se vota en libertad a controlar que las fronteras de las circunscripciones electorales no cambien de un día para otro; pasando por vigilar que los medios públicos de comunicación –el medio mayoritario que utilizan los ciudadanos para obtener la información electoral– sean equilibrados en su cobertura y que ningún partido o candidato compita con recursos indebidos.

Como se entiende, los problemas logísticos son conceptualmente diferentes a los políticos, si bien la línea que diferencia a unos de otros puede no estar completamente clara. En 2011, hubieron  59.876 mesas electorales en España. Si se piensa, puede suceder que alguna de ellas no funcione con total normalidad. Ahora bien, si, de repente, no se abren los colegios electorales de algún distrito en concreto de una zona de un país que apoya a la oposición, seguramente, estemos ante un problema de carácter más político que logístico.

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¿Por qué Podemos y Ciudadanos se vetan mutuamente?

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Albert Rivera, líder de Ciudadadanos, y Pablo Iglesias, líder de Podemos.

En el contexto de dos mociones de censura fallidas (la presentada por Podemos en la Comunidad de Madrid y la presentada por Unidos Podemos en el Congreso de los Diputados) y una que ni siquiera llegó a fraguarse (en la Región de Murcia) una pregunta se torna recurrente: ¿por qué Podemos y Ciudadanos se vetan mutuamente? De llegar a un acuerdo de mínimos sería posible que el Partido Socialista liderase una alternativa que al menos tendría como único mérito desbancar al Partido Popular del Gobierno. Un mérito significativo si se pone como contrapeso a la celebrada gobernabilidad los costes de consagrar el principio de impunidad y la pérdida de credibilidad de las instituciones políticas como consecuencia de los casos de corrupción que salpican al partido de Gobierno. Un partido que de manera insólita, en comparación con las democracias de nuestro entorno, sobrevive en el poder a pesar de la situación de excepcionalidad en cuanto a los escándalos de corrupción se refiere.

La pregunta es recurrente porque el veto mutuo entre Podemos y Ciudadanos ha sido, entre otras cosas, uno de los factores que imposibilitaron la investidura de Pedro Sánchez después del 20N y porque un gobierno a tres no hubiera sido una rara avis. De hecho, como lo describía Alberto Penadés en este mismo blog, este tipo de tripartitos –entre socialdemócratas, partidos de la izquierda radical y partidos liberales– han sido frecuentes en nuestra historia reciente y sobre todo han permitido a los partidos a la izquierda de la socialdemocracia acceder al poder.

La mayor parte de las explicaciones sobre la incompatibilidad entre Podemos y Ciudadanos han estado siempre planteadas en clave de competición política y sociología electoral. Por ejemplo, desde Piedras de papel yo mismo he argumentado sobre cómo la llegada de Ciudadanos arruinó la estrategia transversal de Podemos y le obligó a éste último a diferenciarse de la formación naranja devolviendo la competición a las coordenadas izquierda-derecha ( aquí); Pepe Fernández-Albertos nos explicó cómo la competición por el mismo electorado entre PSOE y Podemos incentivaba el desacuerdo para formar Gobierno tras los resultados del 20N ( aquí); y Sandra León nos ilustró con datos cómo a pesar de compartir un origen de indignación común, el discurrir de la competición política haría que Podemos y Ciudadanos se alejasen debido a las diferentes características socioeconómicas de sus electorados ( aquí).

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El imparable envejecimiento de los políticos locales: 1979-2015

Pedro Santisteve, Joan Ribó, Manuela Carmena y Ada Colau, en la plaza de San Pedro de El Vaticano

Las elecciones municipales de 2015 podrían interpretarse como un momento de reemplazo generacional en que asaltantes jóvenes unidos en partidos nuevos expulsan de muchos ayuntamientos a la vieja guardia de los partidos tradicionales. Una nueva generación, hasta ahora excluida de la política, se hizo con el poder (local). La irrupción de Podemos y Ciudadanos en muchos ayuntamientos, si bien a veces con líderes no precisamente jóvenes, podría narrarse en esta clave. Sin embargo, sabemos muy poco sobre los perfiles generacionales de los políticos. ¿Se está produciendo un rejuvenecimiento de la política en España al amparo del fin del bipartidismo?

Para examinar si se ha producido un rejuvenecimiento en la política local española, este artículo utiliza una base de datos sobre 543.544 regidores electos en los municipios españoles entre 1979 y 2015, que contiene información sobre el partido al que pertenecen, el cargo que tuvieron, su sexo y su edad. El primer gráfico muestra la edad media de todos los regidores electos para los que tenemos información desde 1979 hasta 2015. Además, muestra la edad media de los alcaldes y alcaldesas y desagrega también los datos sobre la edad de los regidores en función de si son hombres o mujeres.

Gráfico 1: Evolución de la edad media de los regidores electos

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¿Cosmopolitas por Corbyn? Unos apuntes para entender las elecciones británicas

El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, tras conocer su victoria en su circunscripción

A pesar de que en el momento de convocar las elecciones la práctica totalidad de los analistas y los sondeos anticipaban una victoria holgada de los conservadores de Theresa May y un descalabro de los laboristas liderados por Jeremy Corbyn, la sorprendente recuperación de estos últimos durante la campaña ha dado al traste con la mayoría absoluta conservadora en la Cámara de los Comunes. A continuación ofrecemos algunos apuntes para tratar de entender lo que ha ocurrido el jueves en el Reino Unido.

1. ¿Derrota de May, o victoria de Corbyn?

Es innegable que desde el punto de vista de la gobernabilidad, la estrategia de May ha fracasado estrepitosamente. El objetivo del adelanto electoral era sencillamente aprovecharse de la supuesta debilidad electoral de su rival para extender su gobierno en el tiempo y consolidar su posición de poder tanto hacia dentro (su partido y el Parlamento) como hacia fuera (de cara a las negociaciones con la UE). Tras el jueves, la Cámara de los Comunes será más hostil hacia May. Los conservadores ahora no dependen de sí mismos para legislar en Westminster, y es previsible que la decepción con los resultados dentro de su grupo parlamentario estimule el ruido de sables dentro de su partido. Visto así, May claramente ha perdido.

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La diversidad lingüística y las élites: preliminares

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Hoy me gustaría poner juntos algunos datos comparados que no siempre se ponen bajo el mismo árbol: cuál es la difusión de las lenguas de España y cuál es su distribución social. Estoy entretenido en esto por cómo se trata el asunto de la lengua en las encuestas de opinión pública, un asunto plomizo incluso para estas emisiones. Algunos datos provienen de los institutos de estadística de Cataluña, Galicia y el País Vasco, otros de las encuestas del CIS más recientes en estas Comunidades: las encuestas pre y post electorales para sus últimas elecciones autonómicas (los microdatos de Galicia y el País Vasco acaban de salir). Dejo el comentario sobre las fuentes para después del meollo.

La lengua y la clase social se sobreimponen en buena medida tanto en Cataluña como en Galicia, aunque con polaridades distintas: en Cataluña la élite es más catalanohablante que el resto, en Galicia es menos gallegohablante que la población.  En todo caso, la difusión de la lengua en Galicia es bastante mayor, por lo que la distibución es más uniforme en todos los grupos.  En el País Vasco, donde la difusión de la lengua autóctona es menor que en los otros casos, su distribución es, sin embargo, muy uniforme, por lo que la división de clase y la lingüística se entrecruzan más que se solapan.  Tengo la impresión de que, al menos en el debate público, se piensa en la lengua, y sus políticas, pensando en la distribución de hablantes cuando, posiblemente, habría que mirar, sobre todo, a la distribución de quienes podemos considerar élite.

Primera lengua. Datos del IGE 2013, Idescat 2013 y Eustat 2011.

Primera lengua. Datos del IGE 2013, Idescat 2013 y Eustat 2011.

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Unidad, unidad

Sánchez em Ferraz tras ganar las primarias del PSOE el domingo 21 de mayo.

"Unidad, unidad" coreaban el domingo 21 de mayo los militantes que asistieron en Ferraz al primer discurso de Pedro Sánchez tras ganar las elecciones a la Secretaría General. El mismo grito se oyó entre los asistentes al Congreso de Podemos en Vistalegre II el pasado mes de febrero. Los militantes entienden que la unidad del partido es un síntoma de fortaleza y por eso la invocan. Y en ambos casos lo hacen en contextos donde se ha dado voz a la militancia. En este post voy a desarrollar una reflexión sobre la relación entre la unidad en los partidos, la democracia interna y el dilema entre dar voz a la militancia y conseguir el apoyo de los votantes. Lo haré destacando que, en el escenario actual de fragmentación partidista, la unidad interna se convierte en una cualidad más necesaria para la supervivencia.

Cuando aumenta la capacidad de control de los afiliados en la formulación de políticas o en la selección de líderes, el debate interno se intensifica y ello puede hacer que la unidad de discurso se debilite. Las divisiones ideológicas generan incertidumbre entre los votantes sobre cuál será la dirección de las políticas que el partido va a desarrollar. La unidad (como la disciplina de voto) permite que los ciudadanos perciban con claridad la posición de las formaciones en distintas políticas. Como ya hemos comentado en otros posts, esta claridad es necesaria para el control democrático, es decir, para que los votantes puedan premiar o castigar a los partidos en las elecciones. Los votantes también pueden interpretar las divisiones como un síntoma de debilidad y penalizar al partido dividido en las urnas.

Los efectos electorales de la división interna puede amplificar el dilema entre votantes y militancia. El dilema consiste en que los partidos políticos tienen que atender a estos dos colectivos, pero la relación no siempre es armoniosa y a menudo conseguir el apoyo se convierte en estrategias incompatibles. Esto ocurre cuando las consideraciones electorales que conlleva atender a los votantes se convierten en una estrategia inconciliable con una mayor rendicion de cuentas dentro del partido, es decir, a la militancia.

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Elecciones en tiempos difíciles

En los últimos tiempos, las elecciones parecen llenas de sobresaltos. Algunas producen sorpresas, como el Brexit y Trump. Otras nos tienen en vilo sin que al final confirmen las sorpresas, como en Francia o en Países Bajos. Pero esa sensación de predictibilidad de las elecciones y la seguridad que teníamos sobre sus coordenadas parece que se ha difuminado.

Las explicaciones son múltiples, pero creo que muchas de ellas las podemos resumir en que algunos de los fundamentos que tradicionalmente teníamos como sólidos para analizar las elecciones se han erosionado. Simplificando mucho, el modelo típico de elecciones sería una combinación de voto ideológico/partidista y rendición de cuentas. Por un lado, una parte de los votantes (llamémosles fieles o partidistas) tendrían vínculos fuertes con los partidos políticos y votarían por ellos con una propensión muy alta (a lo máximo que llegarían es a desmovilizarse y abstenerse). Este grupo de electores sería muy importante porque aportaría estabilidad al escenario electoral. Esto permite a los partidos políticos tomar, en ocasiones, decisiones arriesgadas, porque saben que tienen un colchón electoral en caso de que las cosas no salgan bien.

Por otro lado, existiría un grupo de votantes sin afiliaciones partidistas (llamémosles oscilantes o, sencillamente, no partidistas) que suelen decidir las elecciones y que su comportamiento está motivado por la evaluación retrospectiva del gobierno. Estos votantes son fundamentales para incentivar a los gobiernos para conseguir buenos resultados económicos e incrementar el bienestar y, de ese modo, poder ser reelegidos.

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Pedro Sánchez, readmisión por despido improcedente

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Todas las encuestas fiables mostraban de forma inequívoca que los simpatizantes y  votantes socialistas preferían a Pedro Sánchez. Sin embargo, hasta la presentación de los avales, existía la firme convicción de que Susana Díaz era la gran favorita a ocupar la secretaría general del PSOE. Tras esta inconsistencia entre las preferencias y las expectativas de los votantes socialistas se encontraba el poder del 'aparato'. Se consideraba que el férreo control orgánico de Susana Díaz y las fervientes adhesiones de la práctica totalidad de los cuadros dirigentes, presentes y pasados, podrían llevar a la presidenta andaluza a ganar las primarias a pesar del sentir mayoritario de los simpatizantes socialistas.

La realidad ha resultado ser bien distinta. De hecho, la realidad  empezó a cambiar el día que los candidatos pusieron los avales encima la mesa. Susana Díaz buscaba una victoria incontestable en avales para generar un golpe de efecto que arrollara a sus contrincantes y sentenciara la competición. Cuando la realidad no dio la fotografía deseada, su estrategia empezó a hacer aguas. Desde ese momento, la campaña de Susana Díaz se encontraba desorientada, a la deriva, enquistada en un lema (“Susana gana elecciones”) que no sólo no se ajustaba a ninguna encuesta demoscópica seria, sino que tampoco podía justificarse tras frustrar las expectativas que habían generado con su deseado golpe de efecto en la fase de los avales.

En cambio, la campaña de Pedro Sánchez siguió la senda opuesta. Basada en líneas estrategicas simples y claras, la campaña de Pedro Sánchez entró en perfecta sintonía con los acontecimientos. Su discurso de corte populista gozaba de gran verisimilitud: las circunstancias que rodearon su forzada dimisión así como el hecho de que gran mayoría de los cuadros dirigentes y líderes históricos cerraran filas en torno a la candidatura de Susana Díaz eran el mejor aval para fometar ese relato populista de que Pedro Sánchez era el candidato de las bases que se enfrentaba a las élites del aparato.

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El clima social seis años después del 15M

Los manifestantes a su llegada a Sol en la celebración del sexto aniversario del 15-M.

Hace seis años miles de jóvenes, y no tan jóvenes, salieron a la calle en numerosas ciudades españolas al grito de "no nos representan" para demandar una nueva forma de hacer política y otra política económica (más social) para hacer frente a la crisis.

Al margen de partidos y sindicatos, y de forma espontánea, nacía el Movimiento de los Indignados. Y lo hacía como un innegable síntoma de la existencia de un profundo malestar en amplias capas de la sociedad española con la clase política y los partidos. Un malestar que había ido gestándose desde 2008, con el inicio de la crisis económica, y cuyo punto de inflexión vendría marcado por el comienzo de la aplicación de las políticas de austeridad en mayo de 2010 para eclosionar un año después, en mayo de 2011, en la antesala de unas elecciones autonómicas y locales.

Desde entonces el panorama político se ha transformado sustancialmente a lo largo de un proceso en el que el malestar social acabó por encontrar un cauce de representación política en nuevos partidos y opciones electorales que, desde hace dos años, han tratado de aglutinar el voto de los electores descontentos con los partidos tradicionales. Sin ser el objetivo del 15M, era inevitable que, ante una crisis de representación política, la movilización social diera paso a nuevas opciones políticas que respondieran a las nuevas demandas sociales.

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