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Lío plurinacional

Algunos socialistas, como  navarros catalanes se sienten cómodos con la “España plurinacional”. Otros muchos, incluyendo a destacados barones, ven con recelos la apuesta de Pedro Sánchez en el pasado congreso del PSOE por la plurinacionalidad. Los socialistas andaluces temen que la plurinacionalidad derive en una distinción entre “ españoles de primera y de segunda”. La posibilidad de un Estado plurinacional también divide a los  expertos y algunos  advierten de los riesgos de ambigüedad que conlleva el concepto de plurinacionalidad.

¿Por qué pues se ha metido el PSOE de Sánchez en este lío plurinacional? Sin duda, puede ser un error más de los muchos que ha cometido el PSOE en tiempos recientes.

A primera vista, sacar la plurinacionalidad de la chistera política parece una mala estrategia precisamente en momentos de fuerte tensión como este. Cuando el debate sobre la cuestión territorial se ha polarizado tanto, colocarse en una posición intermedia entre quienes defienden la constitución a capa y espalda y quienes pretenden la secesión de un territorio es como meterse en tierra de nadie en pleno fuego cruzado. Lo lógico es resguardarse en la trinchera.

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La Teoría de la Elección Social tras el referéndum del Brexit

En los últimos tiempos han tenido lugar plebiscitos como los de Crimea, el Brexit o Colombia, y asistimos a la presencia sonora en el debate político de propuestas para celebrar referéndums de secesión (por ejemplo en Cataluña o en la parte serbia de Bosnia-Herzegovina) o para salir del euro o de la UE. Las dudas y dilemas que plantean estos mecanismos de decisión sugieren a mi juicio la imperiosa necesidad de divulgar algunos análisis académicos sobre la agregación colectiva de preferencias inspirados en la Teoría de la Elección Social. Estos análisis están hasta cierto punto resumidos en la nueva edición expandida del libro clásico del Premio Nobel de economía Amartya Sen.

La lectura de las reflexiones actualizadas de Sen y su relación con el instrumento referendario, así como la experiencia histórica reciente, subrayan la utilidad de algunos de los mensajes fundamentales de la Teoría de la Elección Social para afrontar los debates y la toma de decisiones que rodean a la cuestión catalana, por citar sólo la que nos resulta más cercana de entre las de naturaleza similar.

Reglas de votación. Distintas reglas de votación pueden dar lugar a distintos resultados para unas mismas preferencias. Las reglas de votación más conocidas y estudiadas son la regla de la pluralidad (la más usada, quizás por su claridad) consistente en que cada votante diga cuál es su (única) opción preferida, con independencia del ránking con que ordenaría el resto de alternativas, y vence la opción que tiene más votos. En una variante de la regla de pluralidad, pasan a una segunda vuelta las dos opciones con más votos,y todos los votantes vuelven a votar sobre ellas. En otra variante, se producen rondas de votación y en cada ronda queda eliminada la alternativa con menos votos. En la regla de la mayoría con comparación por pares, los votantes votan de dos en dos alternativas y vence aquella (si es que existe, y sólo está garantizada su existencia cuando limitamos el tipo de preferencias que pueden tener los votantes) que derrota a todas las otras opciones en estas votaciones por pares: esta alternativa es el “ganador de Condorcet”. En el recuento de Borda, cada votante puntúa de más a menos votos todas las alternativas existentes, y vence la que tiene más puntos.

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¡Claro que sí, guapi!

Una gran parte de la sociología se ha dedicado a explicar, con mayor o menor éxito, los procesos por los que se produce la desigualdad social. Este campo de investigación se conoce como ‘estratificación social’.

Aunque sea simplificador, podríamos decir que hay dos grandes corrientes en el estudio de los procesos que generan desigualdad social. La perspectiva más tradicional, y también la más restrictiva, considera que estas desigualdades tienen bases estrictamente materiales que emergen, sobre todo, de la renta, la riqueza y la ocupación. Sobre este mínimo compartido se han identificado otros recursos socialmente relevantes como la educación formal y el capital cultural, un concepto difuso aunque extraordinariamente importante en el estudio de la desigualdad, que hace referencia al patrón de consumo cultural que se corresponde con el estándar más elevado.

En los últimos 15 años el foco de atención se ha puesto en otros aspectos menos conocidos, y más difíciles de tratar empíricamente, que de forma muy general se denominan “no cognitivos”. Por ser sintético, se podría decir que se trata de todas aquellas características individuales que determinan la posición social y que no se encuentran relacionadas de forma directa con lo citado anteriormente, las competencias, habilidades, conocimientos o aptitudes de los individuos. Este campo de investigación, que aún cuenta con una escasa tradición en España, ha demostrado que existen diferencias relevantes entre individuos de distinto origen social en aspectos tales como la perseverancia, la capacidad de organización, la impulsividad, la disciplina, la creatividad, la sociabilidad o la constancia, entre muchos otros. En este artículo exploraremos una de estas características: la confianza en uno mismo.

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¿En qué medida son felices los españoles?

Foto: HypnoArt

¿Se considera usted una persona feliz? Si tuviera que cuantificar su nivel de felicidad utilizando una escala de 0 a 10, en la que 0 significa "completamente infeliz" y 10, "completamente feliz", ¿qué valor elegiría? ¿Cree que su nivel de felicidad es superior a la media? ¿Qué es lo que le hace feliz?

Es posible que nunca le hayan formulado abiertamente estas cuestiones o, incluso, usted mismo no se las haya planteado. O quizás piense que antes de responder, primero habría que precisar con claridad qué es la felicidad. Un término que, según dos de las tres acepciones que encontramos en el diccionario de la Real Academia Española, se puede definir como "un estado de grata satisfacción espiritual y física" o "ausencia de inconvenientes o tropiezos". Ahora bien, ¿qué entendemos por satisfacción espiritual y ausencia de inconvenientes? La propia definición de felicidad es indicativa de las dificultades que entraña su medición.

En todo caso, el interés por conocer el nivel de felicidad de las sociedades ha aumentado a medida que, en los últimos años, se ha puesto (más) en cuestión que los indicadores económicos, como el Producto Interior Bruto (PIB), sirvan por sí solos para medir el bienestar social. ¿Cómo medir la prosperidad?; ¿crecimiento económico frente a calidad de vida?; ¿riqueza versus felicidad de las naciones? El debate no es nuevo. El país pionero en el intento de crear un nuevo indicador fue Bután, donde en los años 70 se acuñó el concepto de Felicidad Interior Bruta (FIB).

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La España pro-referéndum catalán

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“Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”.

Esta fue la promesa estrella que José Luis Rodríguez Zapatero se reservó para el mitin de clausura de la campaña electoral del PSC de las autonómicas catalanas de 2003. Con el fin de dar último impulso a la candidatura de Pascual Maragall, Zapatero se animó a extender un cheque en blanco a los socialistas catalanes para que pudieran reformar a su antojo el modelo territorial de nuestro país.

Puede que Zapatero creyera que la lealtad de partido se impondría y que Maragall acabaría planteando un Estatuto dócil y asumible para el conjunto del PSOE. O puede que simplemente se tratara de un farol, de una promesa tan atractiva para una mayoría de catalanes como poco costosa para quien la ofrecía, pues entonces el CIS situaba al PSOE a casi ocho puntos por detrás del PP. Las promesas parecían asumibles cuando lo que se esperaba era que el responsable de negociar con Maragall fuera Rajoy, y no Zapatero.

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La dimensión política del rechazo a la globalización

La reciente controversia por la ratificación del CETA en el Congreso de los Diputados ha vuelto a poner en el centro del debate la cuestión del apoyo ciudadano a la internacionalización económica y la sostenibilidad democrática del proceso de globalización. No discutiré aquí sobre las virtudes y defectos del CETA o de la nueva generación de acuerdos comerciales, ni sobre si son la mejor forma de contener a los críticos o por el contrario de alimentarlos. Hablaré de un problema que creo que antecede a todos estos debates, el de qué subyace al creciente escepticismo ciudadano hacia la globalización.

La mayor parte de los análisis sobre por qué la internacionalización económica es hoy contestada cargan el peso de la culpa en sus efectos distributivos. Aunque la apertura económica expanda la economía en su conjunto, los economistas saben muy bien que no todos los individuos experimentan con el comercio las mismas consecuencias. Habrá grupos ganadores (de acuerdo a uno de los principales modelos, los dueños de aquellos factores de producción que sean más abundantes en el país que en resto del mundo), y grupos perdedores (los dueños de factores relativamente escasos). Para los economistas, no es ninguna sorpresa por tanto que en los países más ricos, abundantes respecto al resto del mundo en mano de obra cualificada, y escasos respecto al resto del mundo en mano de obra no cualificada, la internacionalización económica beneficie a los primeros y perjudique a los segundos. 

Pero estas consecuencias distributivas no son exclusivas del momento actual. Estas teorías sobre ganadores y perdedores de la internacionalización no dejaron de cumplirse en las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el periodo glorioso en la que las sociedades europeas lograron combinar altas tasas de crecimiento, progresiva apertura económica, y poco o nulo cuestionamiento de las virtudes de la internacionalización. ¿Cómo se logró en aquella época silenciar a los perdedores de la globalización? De acuerdo a la explicación tradicional, la clave fue la existencia de políticas de compensación. Gracias a las altas tasas de crecimiento que proporcionaban recursos a los gobiernos con los que expandir las políticas sociales, y a que la mejor forma que encontraron algunos países de competir internacionalmente fue mediante la adopción de políticas públicas y arreglos institucionales (la inversión en educación, la concertación entre entre empresarios y sindicatos,...) con fuertes consecuencias igualitarias, la combinación entre liberalización comercial y Estado del bienestar logró garantizar el consenso en torno a la apertura durante este periodo.   

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Elogio de la sociología mundana

En La imaginación sociológica (1959), C. Wright Mills puso en circulación el término "Gran Teoría" para referirse al estilo de sociología en el que predomina la organización formal de los conceptos y sus interpretaciones sobre la comprensión o explicación del mundo. Una de las cualidades por las que puede conocerse, y son muchas, es que no resiste el resumen; su hinchazón verbal y conceptual deja un residuo seco de poco valor cuando se evaporan los alcoholes de las cábalas y figuraciones que desfilan por los textos. Las maravillosas "traducciones" que hacía el propio Mills, como demostración, resumiendo algunas densas páginas de Talcott Parsons, el gran teórico del momento, dejaban patente que su contenido era algunas veces informativo, unas pocas veces absurdo y, muchas más, trivial.

Lo que atrae, me parece a mí, de la sociología teórica, hasta la más grandilocuente y verbosa, no es el postestructuralismo, el postmodernismo, la teoría crítica o lo que quiera que diferencie una cosa de otra, sino su contenido oracular. La sociología autodenominada teórica, tanto la buena como la mala, suele presentar guías para atar cabos, agrupar intuiciones sobre cosas que suceden y nos suceden, y a veces da con el bosquejo de algún proceso que no tenemos ciencia suficiente para entender cabalmente. Como hizo Weber con la sociedad burocrática, por poner un ejemplo clásico. Otros son, y perdonen si aviento un prejuicio, mucho menos iluminadores, como la idea de "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman, que en mi poco ponderada opinión es como si fuera una broma.

Al fallecer Bauman, ya que la he tomado con él, la prensa y docenas de blogs intentaron recoger "frases de Bauman que no olvidarás". Lean, por ejemplo, estas. Pensando en sentencias como "las redes sociales son una trampa" o "lo que se consume, lo que se compra, son solo sedantes morales para tranquilizar tus escrúpulos éticos" puede que concluyan conmigo dos cosas: que la prosa del sabio de Leeds no resiste la síntesis, pues recorrerán, yo no sé si el antólogo se da cuenta, una simpleza tras otra, de forma que ni Mills habría logrado transmitir, usando sus propias palabras; y verificarán, además, que el público demanda iluminaciones porque, si no, páginas como la vinculada no se entienden.

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Las inmigrantes no tendrán los hijos que nosotras tampoco tenemos

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España es uno de los países con la tasa de fecundidad más baja del mundo, en torno a 1,3 hijos por mujer desde 2011, y llevamos ya por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer) casi tres décadas. Durante el boom económico, muchos pensaron que la inmigración arreglaría un poco este desastre; ahora, con la calma que da la distancia, podemos examinar si realmente fue así y en qué medida. Y más importante, podemos reflexionar sobre cómo se anuncia la contribución futura de la inmigración al rejuvenecimiento de la población española.

Hemos juntado los datos de la Encuesta de Fecundidad y Valores realizada por el CIS en 2006 y la de la Encuesta Nacional de Inmigrantes de 2007, para reconstruir las trayectorias reproductivas completas de las mujeres autóctonas e inmigrantes que residían en España antes de la crisis, y así poder compararlas para determinar hasta qué punto se ha producido o no cierta convergencia en su comportamiento, o no.

El objetivo es examinar para quién se produce la transición al primer hijo, al segundo y, en su caso, al tercero, y a qué edad tienen lugar dichas transiciones. Analizando cada transición por separado pretendemos comparar no sólo los niveles de fecundidad entre diferentes grupos de mujeres inmigrantes en España con los de las mujeres nacidas en España, sino también determinar si hay variaciones en el calendario vital de la maternidad de unas y otras. En definitiva, averiguar si unas tienen más hijos que otras, y si los tienen antes o después y, a ser posible, los motivos.

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Otro vendrá que bueno te hará: ¿hacen las vacaciones bueno al colegio?

Imagen de archivo de niños en un aula.

Con el curso escolar termina(n)do esta semana, es probable que la mayoría de las familias tengan ya desde hace meses una planificación de las agendas de sus hijos en verano. Algunos optarán por los campamentos urbanos, otros por las colonias en la montaña o la costa, muchos recurrirán a la ayuda de los abuelos. Con una organización social compleja, en la que las vacaciones escolares estivales duran sustancialmente más que las de los padres y en la que no hay oferta pública suficiente para acoger la demanda, el parón veraniego nos ofrece la posibilidad de reflexionar, una vez más, sobre la desigualdad de oportunidades de los niños según su origen social y sobre las influencias que los entornos familiares tienen sobre su éxito escolar.

Existe una literatura (por ejemplo,  aquí o aquí) centrada específicamente en el análisis de en qué medida las competencias adquiridas a lo largo del curso escolar se desgastan durante las vacaciones de verano. El diseño más común en este enfoque consiste en la medición de los conocimientos/competencias de ciertas materias que tienen los alumnos al finalizar el curso escolar (justo antes de las vacaciones estivales) y compararlas con los que demuestran al regreso de las vacaciones. Es importante recordar que ambas mediciones, pre- y pos-, se realizan para la misma muestra de estudiantes. La literatura se ha centrado fundamentalmente en las competencias lectoras y matemáticas que, en términos generales, representan dos pilares básicos del aprendizaje en tanto que son materias instrumentales para la adquisición de conocimientos más complejos.

Aunque la mayor parte de las contribuciones se refieren al caso estadounidense, las conclusiones que se extraen son probablemente válidas también para nuestro contexto. El primer hallazgo de esta literatura es que en verano, en efecto, nuestros hijos adquieren estas dos competencias a un ritmo mucho más lento que durante el curso; en algunos casos incluso las "desaprenden".

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Votar limpiamente

Urna sobre las papeletas en un colegio electoral. EFE

La acción de ir a votar es más compleja de lo que primera vista parece porque conlleva dos tipos de desafíos: los logísticos y los políticos. Entre los primeros, se encuentran todos los asuntos relacionados con la mera organización de los comicios: desde la contratación para la impresión de las papeletas a garantizar que se abra el centro de votación el día concreto a la hora precisa, pasando por la coordinación de las fuerzas de seguridad.

Los retos políticos tampoco son menores: desde garantizar que se vota en libertad a controlar que las fronteras de las circunscripciones electorales no cambien de un día para otro; pasando por vigilar que los medios públicos de comunicación –el medio mayoritario que utilizan los ciudadanos para obtener la información electoral– sean equilibrados en su cobertura y que ningún partido o candidato compita con recursos indebidos.

Como se entiende, los problemas logísticos son conceptualmente diferentes a los políticos, si bien la línea que diferencia a unos de otros puede no estar completamente clara. En 2011, hubieron  59.876 mesas electorales en España. Si se piensa, puede suceder que alguna de ellas no funcione con total normalidad. Ahora bien, si, de repente, no se abren los colegios electorales de algún distrito en concreto de una zona de un país que apoya a la oposición, seguramente, estemos ante un problema de carácter más político que logístico.

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