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¿Quién quiere una Gran Coalición?

Hasta hace muy pocos años el PSOE se encontraba en una posición ciertamente cómoda en la competición electoral. En un país mayoritariamente de izquierdas, el Partido Socialista conseguía imponer con relativa facilidad el relato del “voto útil” de la izquierda. En los tiempos en que el PSOE era la única alternativa real de gobierno al PP, los socialistas podían transmitir de forma creíble la necesidad de que los votantes progresistas fueran estratégicos y se coordinaran en torno a las siglas del PSOE.

Sin embargo, desde la ruptura del sistema de partidos en 2014 esta estrategia ha dejado progresivamente de ser eficaz. En cierto modo, durante la anterior campaña electoral de diciembre el PSOE siguió aferrándose a esa estrategia de “o nosotros o el PP”. A pesar de la quiebra del sistema bipartidista, el PSOE tuvo un escenario algo favorable para seguir persiguiendo estrategia. En esas elecciones no había duda de que el PSOE seguía liderando el espacio de la izquierda y durante la campaña electoral (cuando C's empezó a deshincharse) Pedro Sánchez era considerado como la única alternativa viable a una reelección de Mariano Rajoy. Entonces, Podemos sufría una crisis electoral que venía arrastrando desde enero de 2015 y sólo consiguió revertir esa tendencia tras los acuerdos con las confluencias firmados pocas semanas antes de la campaña electoral. Como Podemos partía de niveles bajos de apoyos, la mayoría de los votantes no creía probable que el PSOE pudiera perder su condición de principal partido en la oposición.

Sin embargo, la competición partidista en el 26J se presenta radicalmente distinta. El escenario que se abre tras el acuerdo entre IU y Podemos ha provocado que la estrategia socialista de polarizar las opciones en torno a PSOE vs PP carezca de toda eficacia. Las encuestas muestran que Unidos-Podemos se pueden situar con alta probabilidad como segunda fuerza en votos (y quizás, aunque menos probable, en escaños). Ante este panorama, no existen demasiados motivos para que los votantes progresistas vean al PSOE como punto de coordinación para ganar a la derecha. La vieja estrategia del voto "útil" al PSOE quedaría pues definitivamente obsoleta.

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El trabajo es la mejor política social (y otras fábulas fordistas)

Hace unas semanas, la consejera catalana de Trabajo, Asuntos Sociales y Familia, Dolors Bassa (proveniente de ERC), participó en un coloquio que llevaba por título "Las políticas sociales y de trabajo: un solo eje". Ya sé que no me debería sorprender tanto. La propia denominación de la consejería fue toda una declaración de intenciones y la misma consejera ya había dicho que cree que el trabajo es la mejor política social que podemos hacer. Aquello tan repetido, pero tan poco contrastado que es mejor dar la caña que no regalar el pescado. Es una consideración que me parece que implica al menos dos errores de diagnóstico y alguna asunción difícil considerar "de izquierdas".

El primer error de diagnóstico es que no podemos pretender que encontrar un trabajo sea por sí solo una manera eficaz de salir de la pobreza. En el año 2007, en el pico de la burbuja y del milagro español, el 11% de los ocupados era -a pesar de tener trabajo- pobre. Si los "working-poor" ya eran un problema que necesitaba respuestas entonces, imaginemos cómo debe ser tras nueve años de depresión económica. Otro ejemplo. La evaluación de la renta mínima de inserción que hizo el Instituto catalán de evaluación de políticas Ivàlua mostraba que sólo una cuarta parte de las salidas del programa eran debidas a la inserción laboral y, entre los hogares que habían salido porque habían encontrado un trabajo, la tasa de participación laboral durante los cuatro años siguientes a la salida del programa era de menos del 50%.

Pero hay un segundo error de diagnóstico: el empleo no puede ser la principal respuesta a las situaciones de pobreza y privación actuales porque el mercado laboral no es el de 2007. Tenemos un problema, y es que el aumento en la intensidad de los procesos de automatización hace que sea muy improbable que ni la industria, ni ningún otro sector conocido, sea capaz de crear puestos de trabajo de calidad y permita ocupar a muchas personas con bajas cualificaciones. Sí, es verdad que algunos estudios han augurado que la construcción, los servicios a las personas y las ventas podían ser sectores donde se podrían generar puestos de trabajo que podrían servir para emplear una parte importante de las personas paradas. Pero no parece que las administraciones estén invirtiendo ni generando empleo en estos sectores y puede que hayamos sobreestimado los potenciales de la reindustrialización. Como se explica en un interesante trabajo de la OCDE, "traer la producción deslocalizada a casa (reshoring) sólo crearía un número limitado de empleos, y cada vez más de alta cualificación”.

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El PSOE ante el 26J. Algunos datos

El PSOE llegará al 26J en un contexto diferente al del 20D. Tras pasar por la experiencia de una investidura fallida, los socialistas tendrán que reajustar su estrategia teniendo en cuenta lo sucedido en estos últimos cinco meses. Entre varias cuestiones a considerar destacan dos obvias y una que no lo es tanto. Primero, tendrá que evaluar cómo afrontar la competición política hacia su izquierda, ahora con un competidor más fuerte, más cohesionado y menos transversal que, esta vez sí, amenaza con relegarlo a un tercer puesto a nivel estatal. El famoso, por tan temido, sorpasso. En segundo lugar, el PSOE tendrá que evaluar cómo afrontar la competición hacia el centro y hacia la derecha, principalmente por haber transitado junto a Ciudadanos el camino para intentar alcanzar una mayoría en el Congreso de los Diputados.

Junto a estos cambios bastante evidentes existe otro que afecta no solo a los de Pedro Sánchez sino a todos los partidos: en esta nueva convocatoria todos –partidos y votantes– hemos dado un paso más (¿el último?) en el proceso de asumir que las preferencias políticas en España ya no se estructuran fundamentalmente de forma binaria, sino de una manera más compleja que, como es común en muchos otras democracias, se traduce en un sistema multipartidista. Un Parlamento fragmentado que muy probablemente –agarraos a la silla– producirá un Gobierno (¡o más de uno!) de coalición. Una especie desconocida en la reciente historia de nuestro país. Al menos a nivel estatal.

El PSOE además de llegar en un contexto algo diferente aterrizará en una campaña en donde sus dos grandes rivales tienen incentivos a hacerle el salto de la rana. Es decir, saltar por encima de él desde un extremo ideológico al otro, apelando, de polo a polo, a dos visiones del mundo a golpe de "relatos". Esto es, la estrategia de polarización. El PP probablemente coloque sus coordenadas de campaña en términos de orden o caos: España gobernada por ellos o por extremistas. Los de Iglesias, aprovechando la amenaza de sorpasso y siguiendo con su estrategia “populista” –en el sentido de politización y polarización de la sociedad para, como repite Errejón, “crear pueblo”– pondrán al PP como objetivo a batir e invitarán al PSOE a sumarse al cambio: Nosotros o Régimen del 78. Asimismo, por las mismas razones que motivan esta dinámica, al PSOE se le demandará una y mil veces que aclare con qué formaciones pactará en caso de ser necesario. Se lo demandará Iglesias, se lo demandará Rajoy y se lo demandará Rivera. Unos con intención de acusarle de estar aliado con la derecha y otros con intención de empujarlos hacia la izquierda radical.

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¿Cuánto cuestan las elecciones?

Desde que el pasado 26 de abril el rey Felipe VI comentara que, en caso de nuevas elecciones, la campaña debiera ser austera, en los últimos días hemos estado escuchando quejas de que nuestras elecciones son muy caras. El ministro de Justicia Rafael Catalá, además, aboga por hacer unas campañas más cortas “ para no atormentar a los ciudadanos con dos semanas de mítines”. Las elecciones de diciembre costaron, como bien nos contaba Carmen Moraga en el diario.es, 130 millones.

De esos 130 millones, 48 fueron a Correos (voto por correo y buzoneo o propaganda electoral); 12,8 a escrutinio y difusión de datos; 12,5 a logística. Los otros 55 millones son gastos para las administraciones públicas e incluyen el coste del despliegue de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que fue de 13 millones de euros.

A estos 130 millones de euros, hay que sumarles los gastos de los partidos. El techo de gasto es de 13,5 millones por partido. Siguiendo los datos que han proporcionado los partidos, nadie ha superado el tope: el PP gasto más que nadie (12,7 millones), seguido del PSOE (9), Ciudadanos (4), Podemos (2,9) y, por último, IU (2). Aproximadamente 31 millones de euros. Sumando el gasto de la logística de la elección al gasto de los partidos, el total ascendería a 160 millones de euros. Como en España gran parte de la financiación de los partidos es pública, es lógico asumir que gran parte del coste de las elecciones corren a cargo del erario público.

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Las consecuencias electorales de una coalición entre Podemos e IU

Nuestro sistema electoral penaliza a las formaciones con pocos votos y muy distribuidos por el territorio. El pasado 20-D, Izquierda Unida vio cómo el 80% de sus votos (734.000, los obtenidos fuera de Madrid), se quedaron sin lograr un solo escaño. De haberse sumado los votos de IU a la candidatura ideológicamente afín de Podemos, esta hipotética lista conjunta hubiese logrado 14 diputados más de los obtenidos por las dos candidaturas por separado. Pero es evidente que este es un análisis insuficiente para conocer cuáles son las previsibles consecuencias en términos de representación de una coalición electoral: la gente no vota igual cuando dos partidos van juntos que cuando van por separado.

Así, por un lado, habrá votantes de uno y otro partido que, movidos por el rechazo que les genera el nuevo aliado, decidirán dejar de votarlo. Por otro, no es descartable que haya también quien se sienta tentado de votar a la nueva coalición, aun sin votar a ninguno de sus miembros cuando presentan listas diferenciadas. Aunque este segundo efecto parezca a primera vista menos evidente, no conviene desdeñarlo: sin él, sería por ejemplo muy difícil de explicar el éxito de algunas confluencias en las elecciones municipales de hace un año.

En el caso de la lista conjunta entre Podemos e IU, ¿cuánto pesará cada uno de estos factores? Y más importante, ¿cómo se comparan estos efectos con los del premio "mecánico" que el sistema electoral otorga a las listas que concentran votos? Lo que propongo a continuación es sólo una especulación, aunque informada a partir de datos de encuesta. Usaré el barómetro de enero, el último para el cual están disponibles los microdatos, y la previsión electoral del recién publicado barómetro de abril.

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¿Hay un cisma entre burguesía y ‘clerecía' en Cataluña?

Gráfico 1. Clerecía. Distribución de partidarios de "Un Estado en el que se reconociese a las comunidades autónomas la posibilidad de convertirse en estados independientes" en Cataluña 2012-2015.

Empecé a escribir esto pensando que iba a ofrecer sustento empírico para la tesis sobre El cisma entre burguesía y “clerecía” que hace algunos meses defendieron en una tribuna  Benito Arruñada y mi compañero de blog y amigo  Víctor Lapuente. Me he dado cuenta de que los datos me llevan a rechazar una parte importante de su tesis, lo suficiente como para enredar un poco y someterlo a su juicio.

Llamamos clerecía a “quienes viven de crear, preservar y diseminar la cultura nacional. En la Cataluña de hoy, eso incluye a funcionarios, escritores, académicos y demás profesionales dedicados a una amplia serie de actividades, que abarca desde escribir poemas a diseñar balanzas fiscales, desde dar clases de bachillerato a presentar noticias o producir teleseries.” Esta caracterización es sugerente, aunque poco precisa, porque los “funcionarios” no necesariamente se identifican, sino de forma forzada, con la clerecía así definida. Pueden hacerlo, pero no por ser funcionarios, sino por su oficio dentro del sector público, como administradores de ideas, saberes, recreo, etc. (A pesar de ello, los tendremos en cuenta al final).

La tesis, o más bien hipótesis, tiene dos partes. La primera dice que “el estamento que más ha promovido el independentismo no ha sido la burguesía ni el proletariado radical, sino la clerecía”. La segunda es que su empresa de emancipación nacional “da pánico a la burguesía. Esta contraposición de intereses es esencial para entender el devenir de Cataluña.”

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El fracaso de la formación de gobierno en España y las reglas de investidura

España se dirige a una nueva convocatoria electoral tras el fracaso en la formación de gobierno. En todos los sistemas parlamentarios se convocan nuevas elecciones si las reglas para la formación de éste fallan en cumplir su función. Este hecho, sin embargo, es muy poco frecuente porque estas reglas han sido ideadas por los principales actores políticos del sistema de partidos y de acuerdo a lo que creen que puede resolver mejor los problemas típicos dado el contexto político del país. En España los actores, tras el cambio rápido en el sistema de partidos, no se han adaptado a las reglas de investidura, que han hecho sentir su peso de una forma especialmente clara. Es importante ahora explicar estas normas y por qué funcionan mejor o peor en el entorno de las democracias que conocemos.

Las reglas de formación de gobierno (reglas de investidura) se explican en función de tres factores interrelacionados: los traumas históricos del pasado inmediato cuando se produce un cambio de régimen, las reglas que funcionan para la destitución del gobierno, y el número de partidos que participan en el establecimiento de un nuevo orden normativo (constitucional y procedimental).

Así, las reglas para la formación de gobierno han funcionado aventajando sistemáticamente a los dos grandes partidos en España (PP y PSOE), permitiendo la formación de gobiernos tanto mayoritarios como minoritarios en el período democrático reciente, hasta que uno de los elementos indicados más arriba se ha modificado de forma sustancial: el caudal electoral del número de partidos con representación legislativa.

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Apuntes para el 26J

Al título de este post ya no hay que añadirle un “si hubiera elecciones”, la coletilla más frecuente en los análisis sobre el panorama político español desde hace varias semanas. Toda suerte de predicciones sobre el futuro político del país se completaba con dicho condicional y así los analistas se curaban en salud ante un posible acuerdo de gobierno de último minuto que finalmente se ha revelado imposible.  

Ante el inminente escenario electoral cabe preguntarse cuál es el estado de ánimo de la opinión pública, tarea a la que dedicaré este post a través del repaso de la evolución de la valoración de la situación política. Tres son los principales apuntes: que el periodo postelectoral se ha llevado por delante la incipiente reconciliación con la política; que el capital político de Podemos se refleja en un electorado crítico con la situación actual pero optimista con el futuro, lo que podría facilitar su movilización electoral; y que los votantes del PP son los que mejor resisten al pesimismo en el contexto actual, aunque son más negativos con la situación futura. Si a dicha imperturbabilidad se añade el posible efecto positivo de la convocatoria de elecciones en sus expectativas futuras, los votantes del PP habrán superado el periodo postelectoral en relativa buena forma por lo que a su entusiasmo con la situación política se refiere.

 

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¿Por qué es tan difícil pactar en España?

Ya que nuestros políticos (viejos o nuevos) se comportan como Caín y Abel, se me pasó por la cabeza que nuestros antepasados quizás habían cometido un pecado original. Por el cual fueron expulsados del paraíso y sus descendientes condenados a pelearse fratricidamente. Mientras, en otros países, la política es mucho más consensual. En manos de Abel y Abel. Y lo cierto es que, tras investigar un poco, sí he encontrado un relativo pecado original cometido por nuestros predecesores. Un pecado que explica parte (lo subrayo para remarcar que no lo explica todo) de nuestra forma tan ibérica de entender la política como confrontación, como un juego de suma cero y no de suma positiva. Hay otros factores, como  este que intenté desarrollar la semana pasada. Pero aquí me voy a centrar en el peso de la historia; un legado que no determina nuestro futuro, pero que nos influye y que, por ello, debemos tener en cuenta.

Irónicamente, nuestro pecado original tiene que ver con que nos rebelamos contra Dios. O, para ser más precisos, contra la Iglesia Católica. En el siglo XIX los españoles, como otros países fuertemente católicos, iniciamos lo que Stathis Kalyvas llama “ el ataque liberal contra la iglesia”. El objetivo de los liberales era arrebatar el control que la Iglesia ejercía sobre la educación, la familia y diversos asuntos sociales y dárselo al Estado. La respuesta fue la movilización de los más religiosos en partidos conservadores. Así, el anticlericalismo se convirtió en un pegamento fácil para unir a movimientos de izquierdas que, desde el anarquismo a las izquierdas republicanas, tenía más bien poco en común. Y, a su vez, el clericalismo sirvió para unir a las derechas más variopintas, de los carlistas del XIX a la CEDA.

Esta tensión Iglesia-Estado no se reprodujo en toda Europa. En algunos casos, hubo simbiosis entre el Estado y la Iglesia, como en los países nórdicos, donde las iglesias luteranas se convirtieron en brazos del Estado, que les delegó funciones educativas y sociales varias. Hasta hace cuatro días. Ahí, Iglesia y Estado no fueron competidores, sino cooperadores. Sin entrar en detalles, en Alemania, Holanda y otros países continentales, las tensiones Estado-Iglesia también fueron menores. En ellos tampoco cristalizó una fuerte división cultural entre partidarios y detractores de la Iglesia.

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El quimicefa de la crianza y la igualdad de oportunidades

En las últimas semanas miles de padres y madres habrán dedicado gran parte de su tiempo a solicitar una plaza en un centro escolar para sus hijos. Habrán recabado información sobre las características de los distintos centros, habrán valorado la cercanía a su domicilio, el ambiente escolar, el tipo de alumnado, los resultados académicos que se obtienen y habrán incluso desplegado estrategias bastante sofisticadas al ordenar sus preferencias. En un contexto en el que se tienen pocos hijos (y, en consecuencia, se invierte mucho más que en el pasado en la crianza de cada uno de ellos) y en el que existe una gran competición en el mercado laboral por los puestos cualificados, las familias son cada vez más conscientes de la importancia de la formación académica. Tratan de maximizar el éxito escolar y dotar a sus hijos de todas las oportunidades que sus recursos permitan para que este éxito se materialice en el futuro en una buena posición social. De hecho, en los últimos años se ha desarrollado enormemente algo que podríamos denominar “ciencia de la crianza”. Han proliferado los libros divulgativos ( 1, 2, 3, 4) que, basándose en evidencia científica más o menos refinada según los casos, tratan de enviar a los padres preocupados mensajes sencillos sobre qué pueden hacer para contribuir a que sus hijos logren objetivos tan variopintos como persistir en completar los deberes escolares o en la práctica de un instrumento, desarrollar resiliencia ante la presión social o tomar decisiones con autonomía.

El mensaje parece haber calado. Muchos padres y madres se han convertido en “científicos” expertos en educación y crianza: han leído sobre los beneficios de la estimulación temprana y de la lectura en voz alta a los niños, sobre los pros y contras de la crianza con apego y la lactancia, conocen la importancia de exponer a los niños a una segunda lengua en los primeros años de vida, los peligros de las grasas trans… El mercado, claro, ha reaccionado ofreciendo a las familias gran variedad de opciones para materializar estas inquietudes: cursos de apoyo a la lactancia, talleres de estimulación para bebés, escuelas con prácticas educativas innovadoras, academias con métodos alternativos para el aprendizaje de música o matemáticas…

La investigación en ciencias sociales confirma, sin embargo, que el “ kit científico” con el que cuentan distintos tipos de familias para afrontar la crianza depende crucialmente de sus recursos. Y lo hace analizando un buen número de indicadores. Los padres y madres con más formación y/o una posición socioeconómica más acomodada leen con más frecuencia a sus hijos, utilizan un lenguaje más variado y sofisticado y ofrecen juegos con más contenido pedagógico. Se sabe también que inscriben a sus hijos  en mayor medida en escuelas infantiles y pasan más horas a lo largo de la infancia  cuidando de ellos. Recientemente se ha documentado asimismo una importante y creciente brecha en la participación en actividades extraescolares, clases de refuerzo y campamentos de verano.

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sobre este blog

Piedras de Papel

Piedras de papel es un blog en el que un grupo de sociólogos y politólogos tratamos de dar una visión rigurosa sobre las cuestiones de actualidad. Nuestras herramientas son el análisis de datos, los hechos contrastados y los argumentos abiertos a la crítica.

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