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Los divorcios no son para el verano

La congoja que se vive estos días en el mundo del corazón por la ruptura de Brad Pitt y Angelina Jolie –la pareja mundialmente conocida como ‘Brangelina’– a muchos no nos pilla desprevenidos. Y no por conocer al detalle los intríngulis de la vida amorosa de la súper pareja Hollywoodense, sino por las estadísticas que regularmente nos recuerdan el aumento de divorcios y separaciones a la vuelta de las vacaciones. Tanto es así que, en septiembre, la gestión de las rupturas matrimoniales se han convertido en un poderoso gancho de los bufetes de abogados.

Las estadísticas las produce el  Consejo General del Poder Judicial y casi siempre nos quedamos con el mismo dato: pasado el verano aumenta el número de divorcios, separaciones y nulidades matrimoniales. El gráfico 1 da soporte a dicha afirmación mostrando el crecimiento medio de rupturas por trimestre entre 2002 y 2015. Vemos que, en general, durante el último trimestre del año se incrementa un 40% el número de parejas que disuelven su relación en comparación con el trimestre anterior.

 

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Échale la culpa a la testosterona

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Una de las grandes cuestiones que articula los debates en ciencias sociales consiste en determinar hasta qué punto son la carga genética o los procesos biológicos, en comparación con influencias del entorno, los que determinan los comportamientos humanos ( nature vs. nurture). Entre algunos científicos sociales la alusión a factores como los genes en ocasiones genera escepticismo, cuando no directamente suspicacia, como demuestra, por ejemplo, la acalorada reacción que generó la publicación de The Bell Curve en los años noventa y la controversia que suscitaron sus supuestos, conclusiones e implicaciones en términos de la reproducción de las desigualdades sociales.

En esta entrada abordo un tema también controvertido que se encuentra bajo el paraguas de este gran debate. En concreto, las actitudes, preferencias y comportamientos "típica" (o estereotípica)mente masculinos o femeninos que se manifiestan en la edad adulta en cuestiones tan relevantes como la elección de estudios, la distinta representación en tipos de ocupaciones, la intensidad de la participación laboral o la dedicación a los cuidados de los hombres y las mujeres. Por supuesto el debate general consiste en determinar si son sus características innatas, o bien las oportunidades y restricciones que impone el entorno, las que en mayor medida influyen en estos comportamientos. Sin embargo, demostrar empíricamente el peso de estas dos familias de factores es una tarea muy compleja, entre otras cosas porque ambos tipos de influencias comienzan en la primera infancia y habitualmente no se dispone de datos adecuados que permitan medirlas con precisión y diferenciarlas de manera clara. ¿Existe realmente una preferencia prácticamente innata por distintos colores o tipos de juguetes según el sexo del individuo o se trata de diferencias socialmente inducidas? ¿Es cierto que las niñas son mejores que los niños en materias relacionadas con el lenguaje y los niños destacan en cálculo y habilidad espacial independientemente del refuerzo en uno u otro ámbito que hagan las familias y las escuelas?

Veamos en primer lugar cuándo comienzan a apreciarse preferencias y comportamientos diferenciados según el sexo. La literatura especializada suele encontrar, por ejemplo, que no existen diferencias entre niños y niñas en sus preferencias por colores (rosa/azul) antes de los dos años. A partir de ese momento, en cambio, las diferencias son significativas y se intensifican con la edad ( aquí), de modo que los gustos van divergiendo cada vez más entre los niños y las niñas a medida que crecen. Otro resultado revelador de este trabajo consiste en que las preferencias intertemporales de los niños y niñas son más volubles que las del grupo de sus padres y madres, que muestran preferencias por colores mucho más estables. Las preferencias por juguetes típicamente "de niños" y "de niñas" parecen manifestarse antes, en torno al año de edad, y cerca de los tres años se observa segregación en los compañeros de juegos preferidos (niños con niños, niñas con niñas), un fenómeno éste último que, además, parece ser bastante universal (una revisión aquí). También es ya marcada en torno a esa edad una diferencia en los tipos de juegos que practican niñas y niños y la diferencia se acrecienta a lo largo de la infancia, con las niñas intensificando sus preferencias por actividades estereotipadas en mayor medida que los niños ( aquí).

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¿A quién preocupa el cambio tecnológico?

Como apuntaba en un post anterior, las nuevas tecnologías aumentan la demanda y los salarios de los trabajadores cognitivos, pero a la vez destruyen empleos rutinarios típicos de las clases medias y medias-bajas (por ejemplo cuando las fábricas instalan robots). El resultado es una mayor desigualdad salarial. A pesar de la importancia de este fenómeno, el debate público sobre los riesgos del cambio tecnológico es escaso o inexistente. Por ahora sabemos muy poco sobre la opinión pública hacia este tema.

Este post explota una encuesta online (con cuotas de edad, sexo, educación y provincia) realizada recientemente en Cataluña y ofrece datos sobre cuestiones básicas: ¿Hablan los trabajadores sobre cómo afectará el cambio tecnológico a su profesión? ¿A quién le preocupa perder su trabajo? Seguidamente el post explora qué piensa la opinión pública sobre cómo afrontar estos riesgos: ¿Existe apoyo a medidas para compensar a los trabajadores afectados? ¿Y es distinta la reacción según si el desempleo se debe a las nuevas tecnologías o a otras causas?

El primer gráfico muestra el porcentaje de personas activas (que tienen o buscan empleo) que han hablado bastantes o muchas veces sobre cómo las nuevas tecnologías afectarán a su profesión con compañeros de trabajo u otras personas. Desagregando los datos en nueve grupos ocupacionales, vemos que quien más habla sobre este tema son los más cualificados y en particular los técnicos superiores, un grupo que incluye a científicos, ingenieros, médicos o profesores. Destacan también los trabajadores cualificados del sector industrial (que también incluye a la construcción y la minería), quizás porque los procesos de transformación industrial han sido más visibles en este sector.

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Y si hay terceras elecciones, ¿cómo sería la participación?

El otro día, Ignacio Jurado habló de los costes para Ciudadanos de su pacto con el PP. En entradas posteriores trataremos otros partidos. Pero, algo fundamental a tener en cuenta si se produjeran las terceras elecciones en nuestro país en menos de un año –algo realmente insólito-serían dos preguntas fundamentales relacionadas con la participación: ¿cuál sería la tasa de participación? y, más importante todavía, ¿quién iría a votar? Y En esta entrada voy a tratar estas dos preguntas. Spoiler: no voy a dar una cifra concreta, pero sí apuntar qué indicadores podemos mirar en caso de que se celebren unas terceras elecciones.

La participación es importante porque para muchos es una forma en la que el sistema democrático se legitima. Visto de otra forma, aquellos países con elecciones con mayor participación parecen tener mejor salud democrática que aquellos con baja participación. Cuando la participación es baja, lo asociamos con apatía ciudadana. Pensemos en las elecciones al Parlamento Europeo y la desconexión entre Bruselas y los ciudadanos.

Todavía no sabemos si se celebrarán las terceras elecciones. Si así fuera, según Metroscopia para El País, la participación sería del 63%. Puede ser, pero esa estimación se hace a día de hoy. Si las elecciones se celebran en diciembre, cabe pensar que los ciudadanos volverían a ‘tensionarse’ ante la campaña electoral. Me he remitido a la siguiente pregunta que hace el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en sus estudios pre-electorales: “ Como Ud. seguramente sabe, el próximo [FECHA] se celebrarán elecciones generales, es decir, al Parlamento español. ¿Piensa Ud. ir a votar en estas elecciones?” (**). La tabla presenta los resultados de la encuesta desde 1996. En la última línea también he introducido la tasa de participación (excluyendo los CERA).

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¿Tiene coste para Ciudadanos el acuerdo con el PP?

El nuevo curso político se ha iniciado con la investidura fallida de Rajoy y con el creciente runrún de terceras elecciones. En este contexto se han publicado algunos sondeos electorales que, excepto por una ligera subida del PP, parecen mostrar que el escenario político se mantiene bastante estable.

En este post me gustaría centrarme en las perspectivas electorales de Ciudadanos (y en sucesivos posts iremos analizando al resto de partidos). Obviamente, aún queda mucho para que el horizonte de unas terceras elecciones sea definitivo. Solo cuando estas se confirmen se fijarán los relatos sobre lo realizado por cada partido y se activarán las llamadas al voto útil, tanto en la izquierda como en la derecha. Además, tras la experiencia de junio, aún no sabemos si las encuestas han conseguido corregir los probables sesgos que tenían en la recogida de sus datos.

No obstante, el pronóstico electoral de Ciudadanos tiene interés porque está por ver cómo digerirán sus votantes el acuerdo de su partido con el PP, tras haber dicho repetidamente que no apoyaría un gobierno de Rajoy. A pesar de los pronósticos negativos por aceptar pactar con un PP imputado, las encuestas no parecen indicar que la apuesta de Rivera le conlleve un importante daño electoral.

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Los peligros ocultos de la concentración social y espacial de los hijos de los inmigrantes

En un post anterior hablé sobre la necesidad de desmitificar la idea de que la concentración de inmigrantes en escuelas tiene un impacto negativo sobre el rendimiento. La práctica totalidad de este efecto se debe al hecho de que familias con niveles similares de renta envían a sus hijos a los mismos centros. Dicho de otro modo, el problema para el rendimiento es la concentración de la desventaja y no tanto la segregación espacial de las familias inmigrantes.

Pero esta afirmación no debe entenderse como una invitación a despreocuparse por las consecuencias de la segregación espacial de las familias inmigrantes. En el año 2011 Amparo González y yo mismo hicimos una encuesta a más de dos mil hijos de españoles y latinoamericanos escolarizados en educación secondaria en la ciudad de Madrid. El cuestionario incluyó, entre otras cosas, una bateria de preguntas que permiten construir un indicador de lo que podríamos llamar “bienestar mental” (frecuencia con la que se tiene problemas para dormir, tomar decisiones, concentrarse, resolver sus propios problemas y la sensación de vivir ‘bajo presión’). La brecha entre los hijos de latinoamericanos y autóctonos en esta medida de bienestar subjetivo es del 7% (ver Figura 1).

 

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Expectativas e incertidumbre ante unas hipotéticas elecciones

Aunque no se diga explícitamente, como tras el 20D, la especulación sobre los posibles resultados de unas hipotéticas nuevas elecciones vuelve a informar los cálculos de los actores políticos ante la formación de gobierno. Nadie quiere elecciones, pero el hecho es que para evitarlas varios partidos han de ponerse de acuerdo en algo: y como ese “algo” no es el mismo para todas las fuerzas políticas, y hay soluciones que los partidos prefieren evitar antes de ir a las urnas, a día de hoy no es del todo descartable que acabemos yendo a votar en diciembre.

Así, el Partido Popular prefiere unas terceras elecciones a descabalgar a su líder o ceder la presidencia del gobierno a otro partido. El PSOE prefiere unas terceras elecciones a apoyar una investidura de Rajoy. Ciudadanos prefiere unas terceras elecciones a un gobierno en el que esté Unidos Podemos y sus aliados, o que goce con las simpatías de los soberanistas catalanes. Y Unidos Podemos prefiere unas nuevas elecciones a un gobierno en el que esté el Partido Popular o Ciudadanos (hay quien especula sobre esto último, pero eso parecen indicar sus declaraciones a día de hoy).

La cuestión no es por tanto quién desea forzar unas nuevas elecciones (todos tienen una alternativa que las evita), sino si son capaces de ponerse de acuerdo en cuál es esa alternativa, dado que cada partido tiene su opción preferida.

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¿En qué momento del ciclo político estamos?

Pedro Sánchez durante su réplica a Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados

Finalizado agosto comienza de nuevo el curso político con un gobierno que lleva en funciones más de 300 días y con la percepción de que la política española se halla en un peligroso callejón sin salida por la incapacidad de las fuerzas políticas no ya para formar gobierno, sino para permitir la formación de uno. Ocho meses después de la celebración de las primeras elecciones generales que iban a suponer el inicio de una nueva era política, todas las expectativas de cambio han quedado diluidas sin que la repetición de los comicios se revele como el antídoto para despejar el camino hacia la formación de un nuevo gobierno. Así, entre las primeras elecciones generales de diciembre y las segundas de junio, lo único que parece haber cambiado es el protagonista (Mariano Rajoy en lugar de Pedro Sánchez como candidato a la investidura), ya que el guion, el elenco y la escenografía siguen siendo las mismas con Ciudadanos en el mismo papel de “flamante actor secundario” (aunque en esta segunda parte haya cambiado de pareja de baile).

En este tiempo de infructuosa búsqueda de gobierno, la excepcionalidad lo ha impregnado todo hasta el punto de que no parece que la actualidad política se haya visto interrumpida este verano, ni ahora comience un nuevo curso político que está marcado, además, por la crónica de otra (anunciada) investidura fallida. Sánchez fracasó a principios de marzo en su intento de obtener la confianza del Congreso para ser investido Presidente del gobierno y ahora Rajoy, salvo sorpresa de última hora, también lo hará.

La incógnita es si Rajoy u otro candidato volverá a intentarlo o si, por el contrario, la cuenta atrás de los dos meses para “encontrar” un Presidente del gobierno antes de ir a unos terceros comicios, se agotará sin que se celebre una nueva sesión de investidura (con o sin éxito). Una incógnita que ahora se espera que los resultados de los comicios vascos y gallegos del 25 de septiembre puedan contribuir a resolver, bien sea para allanar o bien sea para dar por descartadas, pero en todo caso aclarando, las opciones (viables) de gobernabilidad a nivel nacional. De este modo, tras la escenificación del bloqueo político con la fallida investidura de Rajoy, la política española volverá a quedar en suspenso prácticamente un mes, hasta la noche del 25 de septiembre en la que los partidos pondrán a prueba y calibrarán sus estrategias de cara a la formación del gobierno nacional.

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Economía colaborativa. Datos comparados

Ya estamos inmersos en los meses de vacaciones, y los que tienen la suerte de tomarse unos días para descansar fuera de casa lo más probable es que en algún momento interactúen con plataformas de economía colaborativa.

 Cada vez es más frecuente acudir a un mercado de viviendas para alquilar o intercambiar pisos con un desconocido, viajar en un coche compartido, coordinar la compra de billetes de tren con tarifas más baratas u organizar paseos turísticos con locales dispuestos a enseñarnos las maravillas de sus pueblos o ciudades. Aunque lo cierto es que durante el resto del año también hacemos uso de estas plataformas. Lo hacemos cuando consultamos Wikipedia, o cuando la gente decide compartir oficina, buscar financiación para proyectos, encontrar aparcamiento, hacer un curso online, o comprar alimentos. Y lo haremos aún con mayor frecuencia en el futuro, en ámbitos como el de la salud –como usuarios de hospitales que comparten equipamiento sanitario– o de las administraciones públicas.

 La “economía colaborativa” es un forma de referirnos a varios tipos de modos de producción y consumo entre individuos de una comunidad con o sin fines de lucro fundamentalmente a través de las nuevas tecnologías de información y de estructuras menos jerárquicas que las presentes en los modelos de negocio tradicional. Su crecimiento en los últimos años es incontestable. Según datos del portal www.web-strategist.com publicados en el  informe del la CNMC en marzo de este año, la inversión mundial anual en plataformas de economía colaborativa se habría multiplicado por siete solo entre 2013 y 2015, pasando de cerca de 1800 millones de dólares a cerca de 13000 millones de dólares (Ver Gráfico 1).

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La política del 'zasca'

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Hace pocas semanas me invitaron a una tertulia televisiva en “prime time” para analizar las elecciones generales. La tertulia estaba compuesta por expertos de distintos campos y estuvo marcada por la cortesía, el respeto y la discrepancia constructiva. En ningún momento se elevó la voz, no se interrumpió, no hubo aspavientos, se respetaron turnos y, lo más importante, las réplicas se produjeron tras una escucha activa. Poco rato después, en ese mismo programa, me encontré en medio de otra tertulia con un tono diametralmente opuesto. En esta segunda tertulia imperó la arrogancia, la interrupción como norma y el placer de discrepar por discrepar, incluso antes de saber los argumentos del contertulio.

Ambas tertulias se produjeron en prime time, en el mismo programa y en la misma cadena, pero su tono fue radicalmente opuesto. Tal contraste entre estos dos debates me hizo recordar las recientes investigaciones de la politóloga de la Universidad de Pensilvania, Diana Mutz, sobre esta cuestión. En su libro “In-Your-Face Politics”  (que déjenme que traduzca con cierta libertad como la política del “zasca”), Mutz intenta estudiar qué efectos tienen los debates broncos y de dudosos modales sobre la opinión pública. Para ello, grabó dos debates políticos con actores que fingían ser dos candidatos al Congreso norteamericano por un distrito de Indiana. Los dos debates eran exactamente iguales en el contenido, pero uno con un tono cordial y civilizado y el otro con un tono “zasca” (gritos, interrupciones, aspavientos, … y con planos más cerrados de los tertulianos). Posteriormente, pidió a un grupo de personas que vieran el debate “civilizado” y a otro grupo de personas el debate “zasca” con el fin de comparar qué efectos distintos tenía en cada uno de los grupos.  Con este experimento, Mutz pudo corroborar empíricamente algunas de las intuiciones que tenemos sobre los efectos de este tipo de debates de bajos modales.

En primer lugar, sus experimentos mostraron que la política del “zasca” consigue activar emocionalmente a la audiencia. Los debates airados y groseros consiguen atraer la atención y poner en estado de alerta a quien lo está viendo. Al provocar una mayor excitación y atención de la audiencia, este tipo de formato también ayuda a que la gente recuerde con mayor facilidad las posiciones políticas que cada contertulio defiende. Así, el tono bronco en las tertulias parece ser la mejor estrategia para atraer la atención y hacer que el mensaje penetre más fácilmente entre la audiencia.

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