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Otras Voces: Cásate con un minus

Parece que casarse con alguien que va en silla de ruedas te convierte en una persona solidaria, bondadosa y angelical. No; de un minus te enamoras y, como en todo enamoramiento, dejas de ver las cosas que no molan, incluida la silla.

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Begoña Oro ( @granduquesa) es escritora y estuvo casada con un retrón. Aquí nos cuenta que dar el sí quiero a alguien que va en silla de ruedas te lleva directamente al cielo. O eso piensan algunos

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Hace poco vi Muere otro día, la peli esa de James Bond rodada en Cádiz. Sí, hombre, tienen que saber cuál, ésa en la que sale Halle Berry del agua como si fuera una diosa (Venus, probablemente). Pues bien, en la película, el malo malísimo (norcoreano, con eso les digo todo) va a Cuba-Cádiz a una clínica especializada en cirugía genética (sic) y se hace una sustitución de ADN ( resic) para que dejen de perseguirlo.

“¡Ay, tontorrón!”, pensé yo para mí. “La de pasta, viajes y pinchazos que te habrías ahorrado con una operación mucho más sencilla. ¡Haberte casado con una minus!”. Mira, Zao, te lo digo por si sobrevives al trinchamiento con diamantes, tú te casas con una discapacitada o diverso funcional o como sea (yo siempre dije “minus”, como Calígula Minus, y me sonaba bien) y el MI5 se olvida de ti para siempre.

Es automático. Casarse con alguien que va en silla de ruedas te convierte en una persona solidaria, bondadosa y angelical. Puntúa más si lo has conocido así, porque si no, si tú tienes un marido normal y corriente y va y tiene un accidente y se queda en silla de ruedas, a eso, amigos, a eso le llaman resignación. Y ser resignado está bien, pero ser un ángel es otra categoría.

Además, puedes conseguir puntos que aportan brillo extra a la aureola de santidad si se cumplen requisitos como por ejemplo: a) no ser un callo malayo, b) haber dejado a un novio guapo y con posibles por el minus, c) que la pensión del minus sea exigua y que el sueldo del no-minus la supere, d) vivir en una casa con escaleras, etc.

Begoña Oro (¿o Marlene Dietrich?)

Begoña Oro (¿o Marlene Dietrich?)


El aura beatífica y la posibilidad de aparcar en las plazas reservadas van en un pack junto al minus. Dicen que hay mujeres que se casan por dinero o por estatus. El estatus que alcanzas junto a un minus es el mismo que lleva directo a la lista del segurata que custodia las puertas del cielo, aunque, no se engañen, nadie se casa con uno por eso, porque en ese pack van también incluidas no pocas miserias que me da pereza recordar. No; de un minus te enamoras, claro, y como en todo enamoramiento, dejas de ver las cosas que no molan, incluida la silla. La silla no mola. Que den por hecho que uno es extraordinariamente bueno mola, al menos una vez pasado el prestigio tonto y juvenil de ser malote.

Así que, minus del mundo, he ahí vuestro mercado potencial: ni enfermeras ni monjas ni trabajadores sociales. No. Mujeres que fueron pérfidas ávidas de expiación, hombres cansados de sus tatuajes, personas que necesitan por encima de todo la aprobación del mundo.

Sé lo que me digo. Durante más de diez años estuve casada con un minus y llevé a ojos del mundo una aureola luminosa plus. Me divorcié, y en esa decisión -quiero decirlo- la paraplejia no pesó ni un miligramo. Si encuentran en el juzgado de la plaza del Pilar de Zaragoza una aureola como la descrita, es mía. Soy un ángel caído, la viva encarnación del mal.

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