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Los incendios superan en solo nueve meses la barrera de las 100.000 hectáreas de monte arrasado

En los últimos diez años, únicamente en dos ocasiones, 2009 y 2012, se había quemado tanto en tan poco tiempo

El año está siendo seco y muy cálido, factores que multiplican el riesgo y ambos señalados como principales consecuencias del cambio climático en el sur de Europa

Reportaje especial: La próxima España negra

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Efectos del incendio en la Cruz de Tejeda. (ÁNGEL SARMIENTO)

Efectos del incendio en la Cruz de Tejeda /Ángel Sarmiento.

2017 acaba de quebrar una barrera simbólica de destrucción ambiental: los incendios forestales superaron el 17 de septiembre las 100.000 hectáreas de monte abrasado, según los datos del Ministerio de Medio Ambiente. Es la tercera vez en una década que el fuego arrasa en España esa cantidad a estas alturas de curso cuando aún quedan más de tres meses para completar el año.

Quemar más de mil millones de metros cuadrados en nueves meses refleja una temporada de incendios especialmente agresiva. De hecho, en los últimos diez años, solo en 2009 y en 2012, se había rebasado el umbral. La media de monte ardido a mediados de septiembre está en 77.800 hectáreas, un 28,5% por debajo. Las 100.000 hectáreas es una cifra de devastación muy alta: incluso contando los fuegos de los 12 meses de cada año.

La mezcla de calor y falta de lluvia (que ha extendido la sequía y multiplicado las zonas en alerta por escasez de agua) no han ayudado a frenar la secuencia de incendios que, hasta el momento, acumula más de 11.400 siniestros y 22 grandes incendios (escasos en número, pero de gran poder destructor).

El verano ha resultado técnicamente "muy cálido", según la Agencia Estatal de Meteorología. De hecho, ha llegado a ser "extremadamente cálido en amplias zonas de Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Madrid, Castilla y León y sur de Aragón", según su análisis. (la Tierra encadena 392 meses seguidos con temperaturas globales por encima de la media histórica).

La estación ha acumulado tres olas de calor: la de los días 13-21 de junio, la de los días 12-16 de julio, y la de los días 2-6 de agosto. Además, aunque la época estival ha resultado húmeda en su conjunto (llovió 79 mm de media, un poco por encima del promedio), el otoño, invierno y primavera fueron secos con, entre un 8 y un 23% menos de lluvia. La época de aportaciones hídricas se quedó corta.

Temperaturas más altas, olas de calor más frecuentes y agudas y sequía. Tres factores en la multiplicación de incendios de grandes dimensiones, a veces ingobernables. Y tres efectos constatados del calentamiento global y el cambio climático.

En esas circunstancias, entre el 1 de junio y el inicio de septiembre ardieron hasta 45.900 hectáreas. Quizá la imagen más icónica fue la del fuego propagándose desde Moguer (Huelva) hacia el Parque Nacional de Doñana arrasando a su paso 8.000 hectáreas del parque natural que rodea el coto. El incendio obligó a cortar carreteras, huir del centro de recuperación de linces El Acebuche y evacuar a más de 2.000 personas.  

Evacuaciones 

Con todo, el reguero de operaciones de evacuación ha sido constante. Los casos donde se tuvo que movilizar a los habitantes ante el riesgo salir ardiendo han ido de Andalucía a Galicía pasando por Castilla-La Mancha. En la Sierra Norte de Sevilla dos siniestros obligaron a evacuar a 500 vecinos este mes septiembre. Los incendios de Ávila y Zamora de agosto a más de 300 personas. Otro de los grandes incendios, el de la localidad albaceteña de Yeste, hizo que tuvieran que dejar su casas o campings más de 400.

De hecho, los incendios forestales que obligan a estas operaciones son cada vez más frecuentes, como reseñaba el Ministerio del Interior para explicar el aumento del número evacuados en su Memoria de 2014. En 2005 se registraron 50 incendios con evacuación. En 2014 llegaron a 65. Un año después a 73. Ese entorno urbano-forestal es causa de inicios de siniestro (por la actividad humana en zonas de monte) y detonante de operaciones de rescate al modificar las prioridades de los equipos extinción que tratan de proteger, en primer lugar la vida de las personas y en segundo los bienes materiales.

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