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Ahora, a por las generales

Esa derrota del PP va a estar marcada por la fuerza del cambio, que no puede sino crecer de aquí a entonces. Porque ese cambio es un proceso político en marcha y no se atisba nada en el horizonte que pueda pararlo bruscamente

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El viento del cambio sopla con fuerza en España y el PP se empieza a hundir definitivamente. Esos son los mensajes principales que han transmitido las urnas municipales y autonómicas. Ambos han sido mucho más contundentes de lo que sugerían al respecto las encuestas, que una vez más no han acertado. La dinámica de Podemos es mucho más consistente de lo que la mayoría de los analistas ha creído hasta este momento y el deterioro del PP es mucho más profundo. Incluso más de lo que los desastrosos resultados que ha obtenido en estos comicios pueden indicar.

El partido de Mariano Rajoy ha perdido la mayoría absoluta en todas las comunidades autónomas. Y muy probablemente también el poder en varias de las que hasta ahora gobernaba: la Comunidad de Madrid y la valenciana, Castilla-La Mancha, Extremadura, Aragón, y puede que hasta Baleares, pasarán a otras manos a poco que se imponga la lógica de los hechos. Más dura es aún la derrota de los populares en prácticamente todas las capitales de provincias y en las principales ciudades del país. En unas y otras, el PP ha perdido cerca del 30 % de los votos que obtuvo en las municipales y autonómicas de hace 4 años.

Para que ese batacazo se concrete en una formidable pérdida de poder de la derecha habrá que esperar a que haya acuerdos de gobierno entre las restantes fuerzas políticas y particularmente entre las que se consideran a sí mismas de izquierdas o lo son de hecho. Será un proceso difícil y seguramente más largo de lo que a primera vista podría parecer normal. Pero es impensable que no se termine produciendo.

El PP, por tanto, sale fuertemente tocado del envite y no parece que Ciudadanos vaya a sacarle las castañas del fuego, salvo en algunos territorios y ciudades. El partido de Albert Rivera ha obtenido unos resultados peores de los pronosticaban las encuestas, seguramente porque se ha montado demasiado sobre la marcha y muchos de sus candidatos, prácticamente cazados al vuelo, no han conseguido atraer a la gente en la medida esperada por sus dirigentes. Pero Ciudadanos tiene aún futuro y no parece razonable que vaya a enajenárselo prestando su apoyo, sin más, al PP allí donde éste lo necesite.

A falta de datos más completos, todo indica, por otra parte, que Ciudadanos no ha sido el único responsable de la pérdida de votos del PP. Que la sangría de votos que ha sufrido el partido de Mariano Rajoy excede claramente a los que ha obtenido el de Albert Rivera. ¿Adónde han ido los demás? Una parte de ellos, sin duda, a la abstención. Que si no ha crecido en el conjunto del electorado es seguramente porque abstencionistas del 2011 han votado esta vez. A Podemos. Y también al PSOE.

Se miren por donde se miren, los datos hablan de un fracaso rotundo del PP. Y, claro está, de Mariano Rajoy y de la dirección del partido. ¿Producirá ese desastre dimisiones y decisiones drásticas? Probablemente no. Porque para que haya un terremoto interno es preciso que haya una oposición interna. Y ésta no existe en el PP. Esperanza Aguirre podría haber tratado de encabezarla, pero también ella ha fracasado en Madrid y eso la neutraliza. Y las generales están demasiado cerca como para que un intento medianamente articulado prospere en un inmediato futuro. Sin que quepa descartar episodios de tensión interna de aquí a diciembre, habrá que esperar a que Mariano Rajoy pierda el poder en diciembre para que la revuelta cristalice. En todo caso este PP está acabado y su derrota en las generales es el escenario más probable tras lo ocurrido el 24 de mayo.

Esa derrota va a estar marcada por la fuerza del cambio, que no puede sino crecer de aquí a entonces. Porque ese cambio es un proceso político en marcha y no se atisba nada en el horizonte que pueda pararlo bruscamente. Podemos es el actor protagonista del mismo. Y el gran vencedor de las municipales y autonómicas, aunque solo se presentara en una limitada lista de circunscripciones. Pero no es el único. Aparte del sinnúmero de iniciativas locales o regionales que han acompañado, o no, su marcha, el PSOE debería ser una referencia para el proyecto de Podemos. No un ejemplo ni tampoco un aliado estratégico, pero sí un partido con el que debería de contar. Los pactos municipales y autonómicos que necesariamente habrán de producirse en las próximas semanas, deberían ser el terreno en el que la posibilidad de esa confluencia debería irse aclarando.

España no es Grecia, en donde Syriza creció hasta el protagonismo absoluto en la izquierda gracias a la desaparición política del Pasok. El PSOE ha vuelto a perder votos este 24 de mayo, particularmente en Cataluña, pero sigue estando ahí y con ganas de quedarse. En buena medida, porque Pedro Sánchez ha tenido la habilidad de cambiar de discurso, de sustituir el del orden y el establishment que hasta hace poco entonaba su partido por un lenguaje más próximo a los problemas de la gente. Pero de ahí a querer imponerse a Podemos, en virtud de pasadas glorias y de peso electoral relativo, media una gran distancia. El PSOE no debería caer en esa tentación. Porque las barbaridades de Zapatero y la corrupción socialista están aún demasiado cerca.

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