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¿Una Catalunya en Comú o un Ahora Podemos?

Para que todo eso suceda, algunas cosas se tendrán que mover en Podemos en un momento histórico que nos exige osadías, para generar un amplio espacio social y político diverso que reúna lo mejor de las fuerzas que se comprometen con la ruptura, que desean un cambio en Cataluña

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Forcades reta a Ubasart (Podemos) a probar que ella no puede liderar una coalición el 27S

Teresa Forcades y Rafa Mayoral (Podemos). / Efe

Los resultados de las candidaturas ciudadanas de confluencia el 24M en ciudades como Barcelona y Madrid han desencadenado un fervor repentino por el frentepopulismo. Todas las miradas están puestas ahora sobre Cataluña por ser el lugar donde se tienen que celebrar las próximas elecciones dentro de tan sólo cuatro meses, y que constituirán el primer experimento a escala supramunicipal.

En Cataluña varias son las voces en pro de la creación de un En Comú autonómico. La referencia, indudablemente, es Barcelona en Comú y no sólo por sus buenos resultados electorales sino porque su metodología de agregación y de articulación de espacios participativos hace pensar que no sólo con caras conocidas –por muy legítimas que estas sean– se ganan unas elecciones.

Quizás no sea a Carmena a quien haya que atribuir en exclusiva la victoria de Ahora Madrid, sino también –quizás sobre todo– a la complejidad de la propuesta: un espacio político denso donde se dan cita lo mejor de los movimientos salidos del 15M y sus metodologías abiertas, los espacios de participación de programa, las asambleas de barrio. Es decir, el cuerpo social capaz de investir de alma y músculo una proyecto que se pretende ciudadano y de ruptura. Basta ver en qué barrios o secciones censales se ha dado el mayor índice de voto que se corresponden casi como un calco, con aquellos territorios donde más tejido social hay, más centros sociales, más asambleas de barrio: Malasaña, Lavapiés, Arganzuela, Orcasitas, Vallecas, etc.

En los dos casos podemos decir que se ha producido un perfecto encaje entre personas creíbles capaces de servir de faro y movilizar ilusión, con una estructura bien aceitada, una base sólida sobre la que aupar a esas candidatas. En otros casos, donde los resultados ha sido también excelentes como en las Mareas gallegas, los candidatos ni si quiera eran tan conocidos, pero la metodología también dio resultado. Es decir, la fama importa, pero no tanto. Recordemos también a los que piden en Catalunya un candidato “de consenso”, que Carmena fue una propuesta de Podemos no consensuada, sino encumbrada mediante primarias y cuya personalidad y trabajo hizo el resto en la campaña. Los candidatos también se hacen. En este sentido, Albano Dante Fachín –el cabeza de lista de Podemos salido de sus recientes primarias– un periodista ciudadano conocido por su activismo en defensa de la sanidad pública y azote de la corrupción, parece un excelente candidato.

Pero más allá de los nombres, una propuesta electoral que se piense rupturista, hija de estos tiempos de oportunidad que han alumbrado las revueltas quincemayistas tiene que ir algo más allá de ser sólo una opción electoral. Como lo es BComú y Ahora Madrid. Por una cuestión puramente material: la organización por abajo empuja las transformaciones por arriba, y las anquilosadas e inmovilistas dinámicas de los viejos partidos sólo se llevan más allá con organización social, articulada y viva.

Entonces, ¿cómo podría ser esa Catalunya En Comú? Si se toma como ejemplo Barcelona En Comú hay que tener en cuenta que se concibió desde la necesidad de crecer –ejes temáticos, asambleas de barrio, apoyos sociales de todo tipo formales e informales–, desde la necesidad de generar una estructura sólida y potente que fuese capaz de supeditar las lógicas propias de los partidos a la de un común concebido como “fuerza ciudadana”. Es decir, el modelo fue inverso, aunque paralelo, al de Madrid: en Barcelona se contaba con Ada y se generó un movimiento bajo su ala para acompañarla. En la capital, la organización creó a su cabeza visible que supo acompañar bien a la nueva “fuerza ciudadana”. Es decir, a la gente que no había tenido acceso a las instituciones hasta ahora, muchos de ellos provenientes de movimientos sociales con experiencia de calle capaces de agregar muchas y frescas energías de todas partes, capaces de democratizar por abajo abriendo espacios reales de participación, trabajando en asambleas con metodologías aprendidas en los mismos movimientos. Algo que sin duda puede hacer una Ada Colau o un Ahora Madrid, pero no un partido al uso ni los profesionales de la política porque no tienen las herramientas, pero también por esa misma crisis de legitimidad que la política institucional lleva arrastrando desde hace años y que ha ido alejando progresivamente a los políticos de la ciudadanía. Una crisis que eclosionó en el 15M. ¡No nos representan!, gritábamos. Y llegó Podemos y mucha gente lo proclamó como la vuelta a la representación sin saber leer lo que significaban los círculos y la apelación a participar que enunciaba un partido que no era exactamente un partido. Y llegaron las candidaturas ciudadanas y sí, estaban Ada y Carmena, pero también mucho 15M detrás, mucha movilización social.

Pero volvamos a Catalunya en Comú, ¿cómo enfrentar la dificultad de pasar de la escala municipal a la autonómica en un país de la extensión y complejidad de Catalunya? ¿Hay tiempo de hacer otra organización ciudadana y participada nueva donde los partidos se supediten a otras lógicas superadoras de viejas inercias? Es poco probable que eso suceda, pero también es poco probable que un pacto de despachos del que salga una lista cerrada resulte creíble y agregador. Un pacto de ese tipo no conseguiría juntar a las fuerzas de ruptura y sin duda obtendría unos pobres resultados electorales.

Pero tenemos una herramienta que puede servir como espacio aglutinador, que puede ayudar a dinamizar espacios de participación porque es lo que sabe hacer. Esta herramienta es Podemos, el actor que mejor puede interpretar el papel de espacio impulsor de este lugar común de las fuerzas de ruptura en Cataluña –tanto partidos como movimientos y luchas–, con la energía de la renovación, de gente que no viene de la política institucional y capaz de resultar creíble e ilusionar a diversos estratos sociales –el partido del nuevo precariado, de las clases medias en descomposición, del nuevo cinturón rojo–. Un Ahora Podemos que sin duda se vería beneficiado de un proceso de confluencia de ese tipo, que al abrir espacios nuevos de participación y aglutinar mayor diversidad en su seno sería más abierto y diverso. Pongamos como ejemplo, el caso de que algunas asambleas ya existentes del Procés Constituent quisiesen integrarse con su propia autonomía dentro de los mecanismos de participación de Podemos.

Para que todo eso suceda, algunas cosas se tendrán que mover en Podemos en un momento histórico que nos exige osadías. Experimentos que habiliten las condiciones para generar un amplio espacio social y político diverso que reúna lo mejor de las fuerzas que se comprometen con la ruptura, que desean un cambio en Cataluña. Unidad no como unidad de siglas y aparatos sino de experiencias, militancias y movimientos. Quizás no existen todas las respuestas prácticas todavía ante este enorme reto, pero hay que tener claras las preguntas para empezar a responderlas mientras andamos.

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