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Iglesias y Rivera: cambio y corto

Albert Rivera y Pablo Iglesias, a los que enfrenté en una tertulia hace dos años, se han curtido en la tele y se nota

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Iglesias y Rivera debaten sobre quién sería más eficaz contra la desigualdad y quién gestionaría mejor la economía

Iglesias y Rivera debaten sobre quién sería más eficaz contra la desigualdad y quién gestionaría mejor la economía

Me preguntan por el debate entre Albert Rivera y Pablo Iglesias y respondo que ganó el cambio. La gente busca referencias frescas. La generación del 50% de paro juvenil, que creció viendo a Roldán en calzoncillos y ve ahora a Rato en bañador transparente, quiere que esto dé un vuelco. No es verdad que la política no interesa y menos a los jóvenes. El éxito de audiencia del programa de Évole lo demuestra y el tirón de dos líderes menores de 40 años pone de manifiesto que hay esperanza en las caras nuevas. Aviso, eso sí: una cosa es predicar y otra dar trigo. Se pueden hacer buenas participaciones televisivas y malos gobiernos, pero ya es muy sano democráticamente que haya interés por sus propuestas y que se atrevan a debatirlas.

Debates así son también un éxito del periodismo. Albert Rivera y Pablo Iglesias, a los que enfrenté en una tertulia hace dos años, se han curtido en la tele y se nota. Los dos se expresan como nadie, comunican, pero también controlan determinadas técnicas que pueden descolocar al rival. Rivera puso complicado a Iglesias hilar cómodo cualquier argumentación. Ante esas interrupciones y, dada su experiencia, “Coleta Morada” debería saber que eso puede ocurrir, pero pareció menos interesado esta vez en sacar el hacha de guerra y optó por el perfil de político sosegado con pipa de la paz. Hay quien dice que parecía que se la había fumado toda él solo y otros comentan que fue Albert el que hizo más el indio porque no le dejaba hablar. Cada uno que cuente la batalla como quiera, lo cierto es que el seguimiento masivo que tienen los dos desmonta a quienes trataron de reducirlos a un coletas asustaviejas que va a imponer el comunismo o a un naranjito guapete que da miedo por ser catalán. En aquellos tiempos del Mundial 82 los dos eran tan enanos que no estaban ni para ver los dibujos animados. Ambos nacieron con Franco ya muerto, vieron Los Mundos de Yuppie y también descubrieron que, por desgracia, a quien miente no le crece la nariz, por mucho que lo diga el cuento. También es verdad que esto puede servir para ellos mismos. Vistos los precedentes, es posible que de lo prometido no cumplan ni la mitad, pero es necesario que se digan a la cara, sin imposiciones, ni plasmas, lo que harían con la casta, las puertas giratorias, la precariedad, las desigualdades, los corruptos, la sanidad o la educación. Con sus palabras y silencios se les puede juzgar.

En definitiva, no es que los tiempos estén cambiando, es que han cambiado ya. Creo que Albert Rivera, Pablo Iglesias y los políticos de la nueva generación son hijos de un tiempo que exige una renovación ya. El que quiera seguir viéndolo con tics postfranquistas, allá él. Dicho sea sin perder el respeto al pasado, del que siempre se aprende. El año que nació Rivera, allá por 1979, publicaba su primer disco en Barcelona L a Banda Trapera del Río, que cantaba contra las “cloacas” y rogaba “ padre nuestro, que estás en el gobierno, santificado sea tu dinero”. Pablo Iglesias nació en 1978. Entonces, un grupo de Vallecas, Asfalto, publicaba también su primer LP, con un tema mítico que recomiendo, Días de Escuela: “Y ahora tú qué pensarás, si cuanto más me oprimían, más amé la libertad. Es a ti a quien canto hoy, enseña a tu hijo a amar la libertad”. Aún estamos aprendiendo.

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