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Pussy Riot: las orgías punk siempre salen caras

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La solidaridad con las Pussy Riot en Europa y EEUU ha sido amplia y calurosa. Condenar a una pena de prisión por un acto de protesta política es algo que la gente imagina que debe de ocurrir con frecuencia en la Rusia de Putin. También es posible suponer que los creyentes rusos encuentren imposible de aceptar la burla de la jerarquía religiosa o de una catedral. ¿Qué ocurre con el resto de la población, al menos en las grandes ciudades y entre las clases medias tan similares a las de Europa Occidental?

Aparentemente, sería un grave error pensar que la condena ha sido recibida con rechazo. No es raro cuando se ha llevado a cabo un acto político con la intención de provocar una reacción en un grupo de gente anestesiado por el poder. Pocos provocadores, eso sí, gozan del apoyo de la opinión pública.

Algunos miembros de Pussy Riot ya saben lo que es realizar  una actuación realmente singular (eso que se llama una 'performance'). En abril de 2008, indignados por uno de esos relevos pactados en el poder protagonizados por Putin y Medvedev, los seguidores de un grupo llamado Voina entraron al Museo de Biología de Moscú, se quitaron la ropa y comenzaron a mantener relaciones sexuales. "Follar por Medvedev" era el eslogan de la protesta. No sabemos hasta qué punto llegó cada uno de los coitos --las pastillas de Viagra depositadas sobre una mesa hacían las veces de 'atrezzo'--, porque a los diez minutos la seguridad del museo les obligó a ponerse los pantalones y salir del edificio. 

Radicales, desinhibidos, agresivos, descarados... si todas esas palabras definen de alguna manera a Voina y Pussy Riot, no es esa la única similitud. Una de las chicas que participó en el show --la que está embarazada-- no es otra que Nadezhda Tolokonnikova, una de las tres Pussy Riot condenadas a dos años hace una semana, la que llevaba la camiseta azul con la inscripción en español 'No pasarán'.

Imaginemos una actuación así en el Museo del Prado o en el Louvre y la reacción que se produciría.

Simon Jenkins se sorprendía hace unos días en The Guardian de la hipocresía de Occidente al condenar el juicio de las Pussy Riot, y no porque esté de acuerdo, que no lo está, con el veredicto. Hace un año, los tribunales británicos condenaron a penas de prisión a jóvenes por robos menores que habían tenido lugar durante los disturbios de agosto de 2011. Nicolas Robinson, de 23 años y sin antecedentes criminales, fue condenado a seis meses de cárcel por robar una caja de botellines de agua que valía 3,5 libras (4,4 euros). En realidad, no se pudo llevar el botín. La tiró cuando vio a la policía, salió corriendo y fue detenido.

Como en otros muchos casos, la pena no fue suspendida. Robinson ingresó en prisión para cumplirla. El delito podía ser mínimo, pero el momento en que se produjo hizo que los tribunales impusieran las máximas penas posibles. Se trataba de enviar un mensaje, como no paraban de recordar los políticos, para impedir que se repitiera esa ola de destrucción y violencia.

Los gobiernos son adictos a la idea de enviar mensajes con las sentencias de los tribunales.

"Si una banda de rock invadiera la abadía de Westminster e insultara gravemente a una minoría religiosa o étnica ante el altar, todos sabemos que los ministros reclamarían un 'castigo ejemplar' y los jueces obrarían en consecuencia", escribe Jenkins.

El periodista da otro ejemplo, el de Charlie Gilmour --hijo de David Gilmour, de Pink Floyd--, que, completamente borracho y colocado, se colgó de una de las banderas presentes en el Cenotafio de Londres (el monumento que recuerda a los soldados muertos en las dos guerras mundiales). Además, lanzó un bidón de basura sobre el coche de los escoltas del príncipe Carlos que fue atacado durante las manifestaciones estudiantiles contra el aumento de las matrículas. La prensa tabloide cargó contra este ejemplo de vandalismo durante una protesta política y Gilmour fue condenado a 16 meses de prisión.

Cuanta más repercusión tenga un acto de protesta, más fácil es que la reacción de policías, jueces y políticos sea desmesurada. La orgía colectiva del museo tuvo una repercusión cercana a cero en la prensa de Moscú. La provocación no surtió efecto. De hecho, la revista The eXile intentó publicar el tema con algunas fotografías pero no hubo manera de encontrar una imprenta que quisiera tirar la revista. Las empresas no necesitaban recibir una llamada amenazante de la policía. Ni locos se iban a atrever a imprimir algo así especialmente en mitad de un relevo en la cúpula del poder en Moscú.

Y no es que The eXile no hubiera publicado antes contenidos provocadores o sátiras descarnadas de las autoridades. En una ocasión, su portada presentó a un Putin semidesnudo penetrando por detrás a Bill Clinton. Un poco como cierta portada que apareció en una revista española de humor.

Como ha ocurrido ahora con el nuevo relevo --esta vez en sentido contrario: de Medvedev a Putin--, estos son los momentos más peligrosos en Rusia. Aunque la policía no haga nada, alguien se ocupará de tomar la matrícula de los más osados.

En julio, el grupo  Faith No More, que ha actuado varias veces en Moscú y ha apoyado el mundo punk local, se hizo acompañar en el escenario por varias Pussy Riot, que mostraron su solidaridad con las compañeras encarceladas. La respuesta del público no fue la que esperaban. Billy Gould, el bajo de FNM, contó a un periodista que quedó perplejo ante la hostilidad del público: "Daba algo de miedo, pero no esperaba algunas de las reacciones de la gente. Recibí muchos comentarios, la mayoría de hombres, en plan por qué FNM se rebaja a este nivel deplorable de discurso político".

Y eso que el público de Faith No More no estaba formado precisamente por popes rusos y ex agentes del KGB.

El marido de Tolokonnikova, Pyotr Verzilov, está orgulloso de lo que ella ha hecho. "Continuaremos con la lucha, no importa cuál sea el veredicto", dijo antes de que se conociera la sentencia. Ambos participaron en las acciones de Voina, grupo que fundaron junto a otros artistas en 2007. Lo de echar un polvo en un museo puede sonar un poco extremo, pero las influencias de Voina apuntan bastante alto: "Para mí, estaban sobre todo en los filósofos clásicos del posmodernismo, como  Jacques Derrida, mientras que para Nadezhda estaban más en el feminismo radical de  Judith Butler".

Suena a cultura muy elevada, inevitablemente alejada de las prioridades del ruso medio. Su mensaje político es más contundente. "Este país, el pueblo ruso, está atrapado en la Edad Media", sostiene Verzilov. Van a tener que pelear muy duro para despertar a sus compatriotas, incluso aunque lo hagan con toda la ropa puesta.

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