Que gane er Beti fuera y el Barça en casa
Tengo simpatía y una suerte de solidaridad tribal con Gabriel Rufián, al fin y al cabo compartimos ideas periféricas y, además, ambos somos hijos de andaluces. Esto último, su origen, produce rechazo en su Cataluña natal; los que se creen puros, de variados espectros políticos, no le acaban de dar la ciudadanía plena —simbólica se entiende—, lo cual me hace aún más solidario y próximo.
Rufián continúa con sus preguntas e inquietudes mientras sólo obtiene respuestas pobres, repetidas y convalecientes de errores pasados, muchas de ellas con un trasfondo mobiliario que habla de urgencias y temores; salvar los muebles no puede ser un objetivo, y menos si el mueble evoca a uno muy concreto: el sillón curul, parlamentario o gubernamental.
Los aludidos, en pleno reseteo, dicen que están unidos a bocinazo limpio televisado en los tablaos de Madrid, aunque ya los creíamos unidos. Fieles al pasado, se anuncia alguna que otra nueva incorporación de una pyme política más; unidos sin que esa unidad sugiera fortaleza ni asegure el reenganche de los descolgados.
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