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Hijos, nietos y biznietos contra el fascismo

Felipe González recibe el premio Español Universal que concede la Fundación Independiente.

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Felipe González, en uno de esos numerosos saraos madrileños en los que se suelen dar premios entre ellos, rodeado de los habituales de estas cosas, ha dicho que prefiere ser hijo de la democracia que nieto de la Guerra Civil. Ha repudiado el rencor, dicen, acorde, se supone, con su reconocida condición nada rencorosa, simpatizante antes que militante. Ya prefirió públicamente, en su día, morir apuñalado en el metro de Nueva York; pero su preferencia no fue atendida, afortunadamente para todos aquellos que aún le reconocemos fragmentos de buen hacer y amamos la vida; ni ha muerto en una reyerta en el subsuelo de Nueva York, ni vive en una mísera dacha en los alrededores de Moscú, ni le ha tocado vivir los momentos difíciles en su también patria colombiana.

Sin embargo, es antinatural vivir al margen de la parentela. Nadie es primigenio, salvo Adán, no es honesto ni real, todos tenemos padres, hijos tal vez, hermanos, abuelos, tíos, primos, conciudadanos, vecinos, como los tuvo Viktor Klemperer, judío e hijo del Tercer Reich, a los que vio marchar a los campos de exterminio. Muchos de nuestros parientes y vecinos quisieron ser hijos de la democracia y pelearon por ello pero una cruel guerra civil, tras un golpe de Estado, seguido de una brutal represión, se lo impidieron y fueron condenados a ser hijos de la violencia, el golpe faccioso, la represión física pero también moral y económica. Considere mi crítica sin acritud, como usted decía, señor González.

Ser hijos de la democracia no es gratis, esa filiación moral, no estética, es una exigencia cotidiana. Los ciudadanos pueden disfrutar de la democracia porque precisamente han luchado por ella y han reconocido a los que pelearon, antes que nosotros, contra la dictadura, su persistencia y su simbolismo; es una exigencia moral robusta no olvidar a los que resistieron y dieron su vida por la libertad. Hasta hace muy poco y, aún hoy, muy olvidados y en esto, créame señor González, no podríamos prescindir de su mayoría absoluta.

Con algún que otro sobresalto, en Europa siempre estuvieron alerta frente a los peligros de los liberticidas. A diferencia de nosotros disfrutan de una merecida pero vigilante normalidad

Han sido muchas décadas de ausencia, obligada para la mayoría; mientras los demócratas europeos de derecha y de izquierda se fajaban contra el fascismo y el nazismo, nosotros no. Con algún que otro sobresalto, en Europa siempre estuvieron alerta frente a los peligros de los liberticidas. A diferencia de nosotros –qué duros están siendo estos interminables años de iniciación, de Preu democrático–, disfrutan de una merecida pero vigilante normalidad, eso, normalidad.

Mire usted, señor González, no se vaya, ¿ha visto cómo la Francia republicana, hija de la Revolución, rinde homenaje a los suyos? Josephine Baker es una hija activa de la democracia que militó en la resistencia frente al nazismo. Su ataúd, camino del Panteón, donde descansan los héroes de la patria, ha sido llevado por militares de la fuerza aérea, sin rencor, con orgullo, al son del himno de la resistencia republicana frente al nazismo. 

Angela Merkel ha dejado la cancillería de la República Federal Alemana. Una conservadora resistente a la extrema derecha, a la que no le ha temblado la mano frente al auge del nazismo, su penetración en las instituciones y su infiltración en el ejército alemán. Sus fuerzas armadas le han rendido homenaje, sin rencor, al ritmo de Nina Hagen, otra peleona por la libertad. Muy distinto, señor González, a su hoy querido Mariano Rajoy, compañero de bolos, al que podría haber despedido del Gobierno la Banda de la Guardia Real al compás de Maldito sea el dinero, de Miguel de Molina, que no murió en una dacha en las afueras de Moscú pero casi de las palizas de los falangistas y, por eso, descansa lejos de Andalucía en el exilio de un camposanto bonaerense. 

La filiación no es elegible, no depende de nosotros, por mucho que uno disfrute de un ethos crecido y de un microcosmos cortesano nutrido de agradaores. La fraternidad sí, cualquiera puede ser hermano en la lucha por la libertad, contra la tiranía, y no olvidar a los que lucharon en España por ser libres. Nunca nos perdonarían que los olvidemos. Sin acritud ni rencor, con orgullo, don Isidoro.

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