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La victoria del fajín

Quienes al unísono mantenemos la esperanza laica en un estado aconfesional tendríamos que preguntarnos qué hacen los militares que representan a todo el Estado escoltando eternamente a una sola de las religiones que habita entre nosotros

Aznar acude a ver una procesión denunciada por llevar la Virgen un fajín de Franco

EFE

Ocurra lo que ocurra el 28 de abril, la historia la está ganando la caverna. En ocho años, la España de la indignación ha dado paso a la que pone en duda el aumento del salario mínimo interprofesional, el cambio climático, el no de las violaciones y la violencia de género. Gane quien gane en las próximas elecciones generales, en los bares ya ha ganado el tute del imaginario aquellos que aplauden que se destinen más millones de euros de los que ya se brindaba a las procesiones y se racanee los presupuestos para la búsqueda de los cristos enterrados en las cunetas.

Afortunada y remotamente lejos de la locura homicida de los yihadistas, ¿quién no sintió alivio cuando supimos que a Notre Dame de París no la habían quemado los muyaidines? Cuando predicamos democráticamente en contra de los estados teocráticos, olvidamos a menudo que el nuestro mantiene restos arqueológicos del nacional-catolicismo. Pero, esa es su victoria, a nadie parece importarle ya semejantes minucias y vamos todos con flores a María en lugar de, y yo el primero, por la senda de la Constitución.

El fajín de Franco en una cofradía sevillana, ante la atenta mirada de Juan Antonio Zoido y José María Aznar, es la fotografía antípoda del balcón de Ferraz el 28 de octubre de 1982, disputándose Alfonso Guerra y Felipe González el clavel de una utopía que no hicieron posible. El Valle de los Caídos, Queipo en la Macarena, siguen siendo los símbolos de esa doble victoria en la que los herederos de los vencedores del 39 siguen venciendo a los herederos de los vencidos.

El santuario de la Caridad del Cobre en Cuba admite, al mismo tiempo, rogativas de los revolucionarios de Fidel Castro y de los disidentes contra el castrismo. La Caridad del Baratillo sólo luce regalos del caudillo. Las tradiciones, aunque sean de antesdeayer, siempre quedarán por encima del sentido común.

En los tweets hay quien defiende la presencia del fajín del tiranísimo en la imagen de la Virgen, no porque fuera un dictador sino porque era un militar de alta graduación: aquellos que no creemos en otra fe que en la de la supervivencia, no tendríamos por qué inmiscuirnos en las cuestiones de la Semana Santa, salvo para embobarnos a la hora de contemplar la belleza del arte paseando por las calles ante la mirada del pueblo y no sólo de los prebostes. Sin embargo, quienes al unísono mantenemos la esperanza laica en un estado aconfesional tendríamos que preguntarnos qué hacen los militares que representan a todo el Estado escoltando eternamente a una sola de las religiones que habita entre nosotros, qué pintan los candidatos sacando pecho o cantables ante la penitencia de quienes no lucen su rostro sino que humildemente lo ocultan.

Hay más, claro. Los bienes inmatriculados a favor de la Iglesia, la antigua Mezquita de Córdoba enmascarada bajo la palabra Catedral y Pedro Sánchez satanizado, hasta el punto de que cualquier día le ponen un sambenito a su fotografía de Mad Men Haz Que Pase y lo queman en un auto de fe en prime time.

Si no pudimos deslindar la religión del Estado en las constituciones liberales del XIX, difícilmente podremos afrontar estas cuestiones tan sutiles o confiar tan sólo en que Coque Malla o los Veteranos de la Legión impidan que su himno lo monopolice Vox en sus mítines.

En el país del paro galopante, de las brechas salariales, del coste de la crisis, andamos hablando de la necesidad de llevar armas, mientras un niño de once años muere en Coín cuando jugaba con una escopeta. España se rompe pero ya lo está haciendo tiempo atrás en los suburbios del estado del bienestar, en los horizontes lejanos de la ley de la dependencia, en el pan nuestro de cada día que no nos roban los nadie sino los todo. Esa es su victoria: que le tengamos más miedo a las víctimas que a los verdugos. Y que, entre la parafernalia de las banderas, los carteles de toros y el pánico a los distintos, sean capaces de quitarnos lo soñado.

Lo peor de todo es que hemos perdido la razón. Y ellos no la tienen. Malos tiempos para creer en algo, esa procesión de fe, esperanza y caridad que ya ni siquiera va por dentro.

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