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OPINIÓN | 'Trumpsplaining', por Antón Losada

Sostiene Rufián

15 de febrero de 2026 20:56 h

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Gabriel Rufián está haciendo las preguntas correctas. Y mira que sorprende a algunos por ser un representante de un partido independentista y republicano: tiene mérito; en condiciones más normales que las actuales, deberían haberse hecho esas preguntas los representantes de la izquierda nacional desde hace mucho, desde que se pudo comprobar, no solo el auge de la extrema derecha sino el declive más que evidente de la izquierda, pero, muy singularmente, de la izquierda que resta y venía a sumar y parecía haber ilusionado a tanta gente con ocasión de las elecciones de la presente legislatura.

Pero no. Cosa que no deja de maravillar, habida cuenta que la citada izquierda coaligada en coalición o galimatías indescifrable nació de un proceso que llamaban de escucha; al parecer se les ha olvidado durante su estancia en el Gobierno tan recomendable práctica. En esa sordera conviene incluir a la otra parte del Gobierno, el PSOE, que en su momento pensó que una izquierda domada era más útil que otra revoltosa. Lo cierto es que la sordera de unos y de otros ha perfilado a la baja las expectativas de la ciudadanía, produce desánimo, defección, desafección y su manifestación más dañina, la desmovilización y la abstención.

Al final, en plena legislatura, reconociendo la ofensiva por tierra, mar, aire, en la tinta, en las ondas, las sotanas y togas, inclemencias y corrupción, además de ciertos resultados electorales territoriales, pues toca, otra vez, escuchar, parece, y unirse, también parece, después de tanta soberbia y procesos disolventes. El temor atenaza siempre, se teme que vengan los otros; es natural, pero lo inquietante es tanto temor a los propios. Porque creo que toda escucha debe estar presidida por la autocrítica, la humildad y la inteligencia de irse si es que como dicen es para mejorar. Lo contrario sería otra vez lo de siempre: gatopardismo cuqui y fulanismo.

Habrá que tener algo de paciencia, sin embargo, la izquierda y sus elevados debates resultan fascinantes; también sus 'performances', pero concedamos el tiempo necesario para ver alguna luz

Quiero insistir en que la interpelación de Rufián es la correcta pero las respuestas empiezan a ser decepcionantes. Sobre todo si se juega de mentira. No me refiero a la respuesta de los partidos progresistas periféricos, ellos no están reparados del fracaso, me refiero a las respuestas de los directamente interpelados, a los que desde 31 escaños apenas las encuestas atribuyen una decena. Sin tener en cuenta el fracaso tras fracaso autonómico, con la piadosa experiencia de Extremadura que hay quien se empeña en ignorar, en particular en Andalucía. Y contando con carteras ministeriales. Situar el problema ya en los liderazgos en el primer párrafo del primer folio es otra mentira e irresponsabilidad más, es “coser desde arriba”; es mentira porque no es eso, es quién se sitúa en posiciones de salida, con escaño, en el temido invierno y miseria electoral. Ese miedo, como el caballo, tumba al jinete, incluso antes de un leve trote.

Habrá que tener algo de paciencia, sin embargo, la izquierda y sus elevados debates, resultan fascinantes; también sus performances, pero concedamos el tiempo necesario para ver alguna luz y también, por qué no, a ver si se produce algún que otro apagón. De momento, da la impresión de que se trata más de política espectáculo, con algún interés mediático, de audiencias y de seducción cuqui de moqueta y plató, y sesudos debates cruzados de la milicia tuitera y tertuliana.

Algunas minorías no tienen otra intención que seguir practicando el minifundismo: no querer crecer es también otra de las patologías frecuentes en este lado de la izquierda bonsái

La realidad es que la izquierda no convencional nunca ha sido muy mayoritaria, absténganse los ilusos, la amplitud es una idea sólo trazadora; de hecho, la mera posibilidad de serlo suele activar el subsuelo del Estado en una democracia aún cruda, pero sí cabe ilusionarse con una minoría sensata, influyente y realista. Sin embargo, ocurre que algunas minorías –ser minoritario, como la arruga, es bello– hoy son tan solo pymes y en algunos casos incluso cooperativas familiares de primer grado (obsérvese el caso andaluz). Y todos ellos sin otra intención que seguir practicando el minifundismo. No querer crecer es también otra de las patologías frecuentes en este lado de la izquierda bonsái.

En fin, que sentado el debate, cabe esperar respuestas correctas al llamado de Rufián, el mejor diputado de la coalición gubernamental y parlamentaria, no me olvido de Aitor Esteban pero el empeño de Rufián no es el mismo. Un militante independentista que cree que la izquierda flojea y no podrá resistir el empuje de la derecha tirada al monte que se anda estos meses enganchada en unas primarias territoriales buscando primacía de cara a las generales. Rufián sabe, espero que ERC, que lo que vendría tampoco sería bueno para Cataluña.

No me olvido de la otra izquierda, azotada por problemas comunes indudables, que debería reflexionar sobre una nueva cultura de coalición, no la teutona de su Dios plateado, desde el respeto y no desde el temor, porque para temor ya va bien despachada con su desleal milicia inorgánica, de la que convendría esperar que, al menos, sea verdad que vote en blanco, aunque no parece.