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Andalucía 4D: Frente al odio, esperanza

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José Fiscal destaca que el estado de Doñana es "aceptable" y remarca las medidas que se realizan para su conservación

Flamencos sobrevolando Doñana. Foto: Héctor Garrido

Hoy, después de saber el resultado de las elecciones autonómicas andaluzas hay mucha gente en shock. Y para salir de ese estado es necesario contar con claves de interpretación que a nuestro entender no se están dando. Es momento de pararse a reflexionar, tanto la sociedad civil, organizada o no organizada, como las organizaciones políticas, para entender bien el mensaje de las urnas y dar una respuesta adecuada. Andalucía ha servido de prueba piloto de la campaña que prepara el populismo ultraconservador y xenófobo en Europa, de la mano del asesor de Donald Trump, Steve Bannon, que ha diseñado la campaña y el discurso de VOX, y que cuenta con recursos necesarios y el relato propicio, para asaltar el parlamento europeo constituyendo un poderoso grupo parlamentario.

En Andalucía se da la circunstancia de que hemos tenido 40 años de un gobierno incapaz de reducir la desigualdad y la pobreza, que amenaza al 46% de la población, situación fronteriza, cultura cortijera y caciquil persistente. Estamos a la cola de una Europa que ha impuesto la precariedad laboral y el miedo al futuro, sin voluntad de emprender una agenda social que dé respuesta a las demandas sociales.  Este es el caldo de cultivo favorable al populismo ultraconservador y xenófobo que ha llevado a la presidencia a Trump, canalizando la justa indignación de aquellos dejados en la cuneta por el «sistema establecido». Saben que hay una base social propicia en todo el mundo y encuentran sus votantes en los barrios olvidados, en los municipios fronterizos, allí donde el paro o la emigración es el único horizonte y allí dónde son más visibles los nuevos chivos expiatorios, las personas migrantes.

Pero hay un elemento aún más determinante de esta ofensiva y que pasa aún más desapercibido. La amenaza de colapso económico por falta de recursos energéticos y materiales, la pugna por el espacio vital de Estados Unidos y de Europa, por lograr asegurarse, usando todos los medios disponibles, incluida la guerra, el abastecimiento de unos yacimientos menguantes de petróleo y gas, de minerales raros imprescindibles para mantener la sociedad de la información y que están en el corazón de África, por asegurarse el suministro de fosfatos para la agricultura, etc. Y para ese escenario es muy funcional, como lo fue en los años 30, el auge de ideologías autoritarias capaces de generar sentimiento de unidad en torno a símbolos patrios y señalando a unos enemigos que nos invaden y amenazan nuestra cultura cristiana con sus mezquitas y sus velos. El discurso del odio, autodestructor, es funcional para un capitalismo que ha superado los límites del planeta y que es incapaz de emprender la vía de la cooperación y la fraternidad para asegurar un buen vivir universal dentro de los límites planetarios.

Pero no podemos resignarnos. Frente a la política del odio, solo se puede contraponer la esperanza bien fundamentada en que otro mundo es posible si estamos dispuestos a pararnos a pensar y cambiar nuestra forma de actuar partiendo de una premisa sencilla sobre la que cimentar un amplio consenso social: no tenemos planeta B y ni la vía del sálvese quien pueda, ni la del odio que lleva a la guerra por los recursos son la solución. Para ello es necesario volver a poner en el centro los mejores valores humanísticos tanto religiosos como laicos que ha construido la humanidad, unir la voz de los científicos hijos de la ilustración con la de los líderes éticos del mundo.

El odio no se apaga ni con más odio ni con más fuerza. Pero el amor y la bondad son radicales y revolucionarios. Esto lo comprendieron muy bien los primeros cristianos que opusieron a la brutalidad de Roma el amor. Y los revolucionarios franceses cuando proclamaron la fraternidad como una de las divisas del mundo nuevo que querían alumbrar. Aunque la burguesía se apropió de la libertad a secas. Y el socialismo olvidó la fraternidad. Esta última, la fraternidad, es la bandera a levantar y reivindicar. Donde todas las personas caben sin exclusión y todas las aportaciones suman. No hay barrera más dura de atravesar, a pesar de su aparente fragilidad que la del amor y la fraternidad.

Ésta es la semilla que hay que plantar y hacer germinar en esta sociedad nuestra desesperanzada. Una semilla que ha de ser regada con la ilusión. Porque sin ilusión y sin esperanza la democracia se marchita, como estamos viendo en estos tiempos de los Trump, Le Pen Salvini, Bosonaro. Es necesario que hablemos sin tapujos de lo que está ocurriendo social y ambientalmente, a la vez que transmitimos ilusión y esperanza. Si. Hemos de repetir este mensaje una y otra vez.

En estos tiempos en que parece que puede soplar, otra vez, el huracán de la historia, ni el humanismo ni la solidaridad quizás sean suficientes. Quizás sean necesarias invocaciones más poderosas. Y no hay nada más poderoso que el amor, que políticamente se traduce como fraternidad. Esta forma de política no impide ni la contundencia de la palabra, ni la acción civil no violenta de la sociedad, ante los retos climáticos y ecológicos que tenemos que afrontar y la inoperancia y dejadez de los políticos actuales, que han corrompido y pervertido el noble arte de la política y con su actitud están comprometiendo la supervivencia de muchas personas. Por ello hemos de (re)construir la situación desde todos los ámbitos.

Para ello tenemos que volver a ordenar nuestra escala de valores y repensar cómo nos movemos, alimentamos, producimos y consumimos nuestra energía y todos los bienes necesarios para asegurarnos un buen vivir en equilibrio con la naturaleza. La buena noticia es que Andalucía tiene una gran riqueza agrícola, sol y viento de sobra, una rica tradición rural con valiosos saberes ancestrales junto con universidades con grupos e institutos de investigación punteros. Es posible vivir mejor consumiendo menos energía y menos recursos. Sólo necesitamos activarnos en torno un proyecto común de esperanza. Desde lo pequeño, desde lo cotidiano. Desde lo hermoso. Tenemos que desplazar las cosas medio palmo. Medio palmo de profundidad para que todo sea diferente. Eso es una revolución. Esa es nuestra tarea hoy.

Esteban de Manuel-Coportavoz de Equo Sevilla

Francisco Soler-Coportavoz de Equo Andalucía 

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