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Rectificar o morir, el dilema de Ciudadanos

Inés Arrimadas comienza a corregir el rumbo de la nave, pero aún está por ver si será finalmente ella la nueva líder y si serán cambios cosméticos o profundos

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Inés Arrimadas. EFE

Tras tres semanas de luto, duelo, dimisiones completas y a medias y alguna autocrítica -pero solo interna y parcial-, el nuevo Ciudadanos postRivera ha empezado a girar de nuevo la nave, a corregir algo el rumbo. Lo ha hecho este lunes Inés Arrimadas, la dirigente mejor situada para ser la nueva líder de la formación naranja. Ha propuesto al PSOE fórmulas diferentes a la pactada con Unidas Podemos de un Gobierno de coalición entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Pese a la confusión de algunos aspectos de la propuesta (no se entiende si esa oferta de Arrimadas a Sánchez incluye los escaños del PP por iniciativa propia, de ella, o si lo hace porque así se lo ha encomendado oficiosamente Pablo Casado), lo cierto es que algo empieza a moverse en Ciudadanos. A Sánchez, por cierto, bien le viene la oferta de cara a sus negociaciones con ERC para que se abstengan. Si seguís pidiendo lo imposible, podrá decirles, tengo una alternativa a la derecha que os va a gustar poco o muy poco.
La debacle que le esperaba en las urnas el 10 de noviembre al Ciudadanos de Albert Rivera la vio venir todo el mundo -el resto de los partidos, los medios de comunicación, los institutos demoscópicos, los jefes del Ibex, dos tercios de los votantes naranjas de abril pasado...-, salvo el líder y su núcleo duro. Los errores desde mayo de 2018 (cuando la moción de censura exitosa de Sánchez a Mariano Rajoy, allí empezó casi todo) fueron tantos y tan graves que sorprende que ese sanedrín cargado de talento que acompañaba a Rivera no viera venir el batacazo ni siquiera cuando algunos otros dirigentes del partido, menos abducidos por el jefe, empezaron hace ya bastante tiempo a hacer mutis por el foro.
 
Los últimos meses de Rivera fueron extraños, según cuentan ahora algunas fuentes que los vivieron de cerca. Entre los días de junio en los que cerraba sus pactos autonómicos y municipales con el PP y los de julio en los que el reloj del primer intento de investidura de Pedro Sánchez ya empezaba a correr, el entonces líder de Ciudadanos dejó de coger el teléfono a mucha gente a la que hasta poco antes frecuentaba y mucho. Exsocios políticos, un banquero que le había financiado sus primeros años en la política catalana, periodistas cercanos... e incluso un conocido presentador de televisión que le había abierto muchas puertas madrileñas relevantes. Probablemente a ninguno de ellos cogia Rivera el teléfono porque sabía qué embajada le llevaban, y no quería escucharla. Que pactara con Sánchez un Gobierno de coalición y se pidiera no una sino "la" vicepresidencia. Por aquellas fechas, los 123 diputados del PSOE más los 57 de Ciudadanos sumaban 180, mayoría absoluta sobrada en el Congreso.
Ahora, para desgracia de Arrimadas, y probablemente también de Sánchez, la relevancia de Ciudadanos a nivel estatal es mínima, su futuro es una incógnita (hay pesimistas que le auguran si no vuelve a ser "un partido útil" una muerte lenta, al estilo de la de UPyD) y apenas refuerzan ninguna mayoría los escuálidos 10 escaños con que Ciudadanos cuenta en el Congreso de los Diputados que esta semana se constituye. Esta debilidad limita mucho las posibilidades de la presumible nueva líder naranja de recobrar su papel de bisagra, si es que realmente quiere hacerlo. 
Las dudas sobre hasta dónde llegarán los cambios en el nuevo Ciudadanos, sobre si serán cosméticos o profundos, surgen no sólo por los mensajes aún poco claros de Arrimadas y de algunos otros dirigentes supervivientes de la debacle sino también de hechos como el perfil continuista de la mayoría de los miembros de la gestora que ahora dirige la formación o como la poca transparencia que se está dando al debate interno. De algunos detalles de esto último, el debate interno, la opinión pública se ha enterado de manera fragmentaria por grabaciones de intervenciones en la reunión del Consejo General del partido del sábado pasado, en Madrid. Algunas de ellas desataron sonoras broncas. Entre ellas, una de Francisco Igea, vicepresidente del Gobierno de Castilla y León y en su día opuesto a la línea de alianzas marcada por Rivera (él era partidario de pactar en su tierra con el PSOE, que ganó las autonómicas). En su intervención, Igea dijo que el cónclave le producía "bochorno", lo que desató dos réplicas en las que dos dirigentes catalanes, Paco Sierra y Carlos Carrizosa, le acusaron de querer romper el partido.
Igea, vicepresidente castellanoleonés, es uno de los cuatro más altos cargos institucionales con que cuenta ahora Ciudadanos. Los otros tres son otros tantos vicepresidentes autonómicos: Juan Marín, en Andalucía; Isabel Franco, en la Región de Murcia; e Ignacio Aguado, en la Comunidad de Madrid. Este último es quizás el de mayor visibilidad política a efectos estatales, por encima del dirigente andaluz, motivo por el que algunos dirigentes que no ven con buenos ojos una candidatura única, la de Inés Arrimadas, están debatiendo si animar al madrileño a que se presente al proceso de elección del nuevo líder. Consultado el aludido, recomienda no hacer caso a esos animadores.

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