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Día del Trabajo: reflexiones sobre Bangladesh y consumo responsable

Bangladesh, segundo exportador textil del mundo después de China, no ha ratificado las principales convenciones de la Organización Internacional del Trabajo y se rige por las necesidades del mercado.

El abaratamiento de la mano de obra y su vinculación en el retroceso de los Derechos Humanos, va mucho más allá de los países donde se concentra la producción.

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Taller textil en Bangladesh. Foto: Icíar de la Peña / Ayuda en Acción

Taller textil en Bangladesh. Foto: Ayuda en Acción

A la hora de comprar un producto, estoy declarando que me gusta el producto. El equipo de marketing de la empresa ha logrado convencerme y me ha captado como cliente. Pero además estoy diciendo que comulgo con principios y valores que la empresa representa. No en vano empresas como Mango o el Corte Inglés se gastan millones en asociar un modo de vida a su marca. Por lo tanto al comprarles apruebo también las prácticas de producción. A partir de aquí es cuando empieza a gestarse la necesidad de consumir de forma responsable.

El Consumo Responsable es un discurso con el que todos estamos de acuerdo a priori. Entendemos que hay que comprar poco, pero bien, consumir lo que necesitamos y pagando precios justos por un producto de calidad. Pero es prácticamente imposible ser coherente con este discurso. Anuncios maravillosos se llevan por delante el sentido común del diminuto comprador que está escondido entre el ID y el EGO de cada uno de nosotros.

En ese estado catatónico de valores y prioridades contrapuestas nos apoltronamos como meros espectadores ante las tremendas consecuencias de la actual estructura laboral internacional. Lo de internacional va en serio porque realmente esto nos afecta a todos. Centrándonos, por ejemplo, en el abaratamiento de la mano de obra y su vinculación en el retroceso de los Derechos Humanos, su alcance va mucho más allá de los países donde se concentra la producción.

Los gobiernos de países como Bangladesh, se esmeran en dar respuestas a las necesidades de los mercados. Ofrecen amnistías fiscales a grandes empresas. Garantizan una mano de obra barata, abundante y dócil. Se esfuerzan en ignorar tratados internacionales de derechos laborales. Desarticulan la justicia para que obvie los abusos a los trabajadores. Invierten poco en educación favoreciendo que haya empleados no especializados, fáciles de sustituir. Minimizan los servicios públicos generando situaciones extremas y, como consecuencia, los trabajadores aceptan las peores condiciones de trabajo y contratos precarios.

De repente esta situación nos empieza a sonar un poco más familiar. Parece mentira que esto que ocurre tan lejos se parezca tanto a lo que ya estamos viendo por aquí. El abaratamiento de la mano de obra que estamos sufriendo en estos momentos en España, la enorme precariedad del empleo que se genera a través de sucesivas reformas laborales y la pérdida de derechos, es –siempre a escala– la misma historia que lleva ocurriendo en otros países desde hace décadas.

Y todo esto nos debería sonar no solo por lo que está ocurriendo ahora. El Día del Trabajador o de la Mujer Trabajadora conmemora barbaridades como la ocurrida en Bangladesh. Parece que mucho se ha avanzado en materia de derechos laborales desde nuestra óptica eurocentrista. Pero está claro que todavía estamos muy lejos de la universalización de derechos y la defensa de los derechos conseguidos. Y sin embargo seguimos buscando el producto más barato.

Un equipo de ActionAid Bangladesh llegó a la zona afectada momentos después de la tragedia. Foto: ActionAid

El edificio que se desplomó el pasado miércoles 24 en Bangladesh (Foto: Action Aid)


A la hora de salir a la calle a defender los derechos de los trabajadores españoles, las calles se inundan de mareas verdes, blancas o azules. Y eso está muy bien. No solamente apoyamos, sino que exigimos que se respeten los derechos de hombres y mujeres trabajadores de nuestro país. Pero nadie se escandaliza si uno de esos trabajadores lleva un jersey hecho por una niña pequeña en Bangladesh. Eso lo eliminamos automáticamente de nuestros ojos porque simplemente vemos un jersey barato.

Lo curioso es que tampoco nadie se escandaliza porque las empresas españolas se vayan a generar trabajo en otros países, dejando atrás a tantos desempleados aquí. El desmantelamiento de la industria en España ahora no pasa de unos minutos en un capítulo de Cuéntame.

En nuestro esquema mental excluimos otras muchas variantes importantes a la hora de decidir si algo es caro o barato. Obviamos el daño al planeta –que en el vocabulario empresarial se le conoce como “recurso natural”– gratuito, por cierto, y que a la postre acabamos pagando todos vía estado; obviamos también el coste político de tener un régimen democrático mundial que efectivamente responde a los intereses de unos pocos. Y mientras tanto esos pocos se enriquecen sin asumir ninguno de estos costes.

Si el consumidor quiere productos baratos, todos los esfuerzos de la empresa van a proporcionar productos baratos. Con todas sus consecuencias. El día que el consumidor prefiera productos producidos bajo criterios justos, ¿veremos a las empresas esmerarse por dar respuesta al consumidor? Probablemente sí


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