Las heridas, cuanto más graves, mejor hay que cerrarlas
El eco de las tragedias dura años. ¿Cómo desprenderse del recuerdo de la sonrisa de una hija, del gesto de cariño de un abuelo, de la complicidad generosa de un marido, de una esposa, arrebatados por un brutal accidente? Las buenas gentes eligen en no pocas ocasiones olvidar tanto sufrimiento con el paso de los años, demasiadas angustias que les han machacado el corazón, quizá porque les duele más vivir con el rencor que liberarse con el olvido. Pero otros hombres y mujeres, herido el cerebro por el dolor, por supuesto, pero aún más por la injusticia, optan por desdeñar el rencor y en ocasiones llegar hasta el perdón, aunque no siempre se logre tal punto de beatitud, pero nunca por olvidar porque los culpables, o así lo creen ellos, no deben quedar impunes.
Cree el Ojo que el gobierno de Pedro Sánchez es consciente de la enormidad de Adamuz, 46 muertos por ahora, y por eso, como única salida para que ese dolor no permanezca indeleble en la sociedad herida, tiene la obligación moral y política de atender como es debido la dignidad que reconoce a las víctimas para explicarles, más pronto que tarde, aceptando por supuesto los tiempos obvios que se lleva una investigación absolutamente garantista, si aquel accidente pudo evitarse y si ello fue así, quiénes fueron los responsables. Y que paguen su desafuero. Con la dimisión, con el despido, con una dura sanción, con la cárcel. Lo que la justicia decida. Es difícil, pero a los muertos, cómo duele esa palabra, hay que enterrarlos bien, con decencia y sin asquerosas mentiras. Porque una tragedia colectiva de este calibre, como las protagonizadas por el PP, mal gestionada, medio tapada por la indignidad de sus responsables, gentes mezquinas que quieren escurrir el bulto, que lucen, groseras y desahogadas como si con ellos no fuera la tragedia, aguántese usted el zarpazo de perder a un niño de tres años o a un anciano de 85, que a mí se me da una higa, que aquí sigo, tan campante, me tomo un vermú o me zampo una paella. Esos, precisamente esos, no pueden quedar impunes.
Para qué irnos a la guerra civil, que hoy algunos personajes tan reaccionarios como chulescos intentan vendernos aquel drama como un acontecimiento en el que perdimos todos. Sinvergüenzas. Perdieron los que murieron en uno y otro bando, claro, pero también los fusilados en las tapias por mera y sangrienta venganza, los recluidos en miserables campos de concentración, los exiliados, echados fuera del país o sometidos dentro, los encarcelados, los reprimidos, las izquierdas, las mujeres, los pobres, los homosexuales. Y ganaron los ricos, los militares, los fascistas, los curas.
Pero decíamos de no llegarnos hasta mediados del siglo pasado y mejor quedarnos con el último lustro y quizá, un año más. La pandemia del año 20, por ejemplo, y cómo la Comunidad de Madrid -¿hablamos de Isabel Díaz Ayuso?, claro, ella era la responsable- dejó morir ahogándose a 7.291 ancianos en las camas-celda de sus residencias. Las pruebas, entre ellas los últimos documentos que hemos conocidos del doctor Mur, ese tipo escurridizo que se esconde por las esquinas como un vulgar delincuente, así lo atestiguan, sumándose a las ya muy gruesas carpetas que se amontonan en las mesas de los juzgados madrileños. Pero es que, además, la reina del vermú, la polímata Isabel Díaz Ayuso se permite el lujo de llamar “plataforma de frustrados” a los hijos y nietas de los fallecidos. Hasta el último de sus días va a perseguirla como un amenazante fantasma, esa falta de empatía, esa ausencia de humanidad, amén de esa responsabilidad política nunca reconocida. ¿Duerme bien en su ático de Chamberí comprado con las comisiones de las mascarillas, signo y señal de aquel COVID demoledor que segó la vida de los ancianos ahogados en sus residencias sin recibir la más mínima ayuda?
¿Qué me dicen de la DANA y Carlos Mazón? Jamás se ha visto cosa igual, que mientras los habitantes de una comunidad autónoma sucumbían a los ríos de agua tumultuosa y barro asesino, su presidente, el político elegido por ellos, se distraía con un menú gurmé en agradable compañía, mientras todos los inútiles que él había nombrado se debatían como pollos sin cabeza sin tomar ninguna decisión que sirviera para paliar aquel horror. Y, por supuesto, a nadie se le ocurrió ir a aquel ya famoso restaurante a zarandear al presidente Mazón y decirle: Eh, despierta, vago redomado, y ponte a trabajar que tus vecinos se mueren. No se pierdan a su jefe de filas, el inane Alberto Núñez Feijóo, pero mentiroso y chulesco ayer en el Congreso, entendiéndose con el pasmado aquel día terrible con wasaps intrascendentes, incapaz de ver -también él- la tragedia que tenía ante sus ojos.
Así es como actúa el PP ante las tragedias que ellos mismos causan. Reaccionan mal, por soberbios y mala gente. Claro que nadie culpa a Aznar por los atentados del 11-M, pero sí por su reacción posterior, negando la evidencia del terrorismo islamista al tiempo que su partido menospreciaba, insultos incluidos, a los/las representantes de las víctimas. La avería del Prestige no la produjo Álvarez-Cascos soplete en mano, pero la inutilidad de todos los ministros del PP sí causó el gran chapapote, en un intento vano de quitarse el muerto de encima, especialidad de la casa. ¿Yak-42? Problemas en la contratación de aquel viejo cacharro, por supuesto, pero sobre todo por la inhumanidad con sus militares, a los que tanto quieren y tanto respetan, metiéndolos en sacos como restos de animales salvajes, un brazo de uno por aquí, una pierna de otro por acullá, engañando a sus familiares en su misma cara. ¡Qué piadosos, qué humanos, qué compasivos, qué buenos cristianos son los ministros del Opus Dei como aquel Federico Trillo! De Madrid y Valencia ya hemos hablado.
¿Algo más en este apartado? Pues sí. La tenida de unos gamberros en el Senado ante la comparecencia de Óscar Puente, vociferando como los hooligans de las barras argentinas del River o el Boca, espuma por la boca de los señoritingos encorbatados y trajeadas señoritas representantes del PP, lástima de dinero tirado a la basura en tanto colegio de curas y de monjas, para llegar a adultos y comportarse como iletrados patanes. Y dejen al Ojo una última llamada de atención sobre el dizque moderado y educado Juan Manuel Moreno Bonilla, ejemplar ya conocido entre los conmilitones del PP que se caracteriza por la amplia sonrisa al tiempo que te pisa el juanete, un consumado experto en propinar pellizcos de monja. El gesto de saltarse el protocolo en el funeral de Huelva, rompiendo los acuerdos previos y dejando con el trasero al aire a los ministros socialistas es la maniobra de un tipo sin escrúpulos que, además, pone cara de bueno tras la barrabasada y dice: ¡Uy, no me había dado cuenta! Mentira cochina. El currículo universitario del presidente andaluz es brevísimo, pero nos da muchas pistas sobre su actuación en ese acto: Graduado en Protocolo y Organización de Eventos y Máster Oficial en Dirección de Protocolo, Producción, Organización y Diseño de Eventos. ¿Gesto inocente, dicen? Váyase usted por ahí, malandrín…
Óscar Puente sabía todo eso cuando se hizo cargo, al minuto, de la responsabilidad del choque de Adamuz. Al pie del cañón y con una brega hora tras hora que pudieron ver todos los ciudadanos. No, claro que no hay comparación posible con los antecedentes que les hemos señalado, Madrid y Valencia como últimos mojones. Es evidente que todavía tiene que dar más información, más detalles, pero solo desde la indignidad de la oposición, PP y Vox, se le puede achacar falta de información y al tiempo exceso de información. Puente y Sánchez son dos políticos correosos y con vista larga. El Ojo les deja a ustedes considerar si en la ecuación de volcarse en el trabajo ha entrado el componente del dolor auténtico por las víctimas o si se trata, simplemente, de un ejercicio de cálculo político, a mí no me pillan con el carrito de los helados, nosotros a dar la cara desde el primer minuto que una tragedia de este tipo, mal gestionada, y ahí tenían delante los ejemplos citados, se lleva por delante años de buen gobierno.
Tanto da, se dice el Ojo, que los políticos, como los peluqueros o los futbolistas solo pueden presumir de sus acciones por el resultado obtenido. Corte de pelo fetén, golazo de chilena. No hay más. Y por ahora, digan lo que digan oscuros senadores, bocachanclas profesionales como Tellado y similares, o plumillas de a tanto el insulto, Puente y Sánchez -comparecencia en el Congreso anunciada pero todavía pendiente- se están batiendo el cobre para evitar cometer los errores que se han visto meridianamente claros en otros desastres, transparencia informativa y poner la jeta en las primeras posiciones de la asunción de responsabilidades.
Nunca, jamás, los afectados por la tragedia olvidarán los nombres recitados en Huelva. No es esa la responsabilidad de un ministro, de un presidente, de un gobierno. Se trata de convencerles de que se les apoya, se respeta su dolor, en ningún momento se les desprecia o insulta, se les cuenta la verdad y, sí, por supuesto, llegado el caso de demostrarse acciones negligentes, se asumen las responsabilidades que correspondan en el escalón preciso.
Adenda. Liam Conejo Ramos tiene cinco años y es ecuatoriano. Cuando se quita su gorro azul de lana con orejas blancas, Azumarill de Pokémon, se le ve una mirada franca y divertida. El juez de Texas Fred Biery, a donde Liam y su padre Adrián fueron deportados desde Minnesota tras su detención, ha ordenado su puesta en libertad porque su caso “tiene su génesis en la búsqueda mal concebida e incompetentemente implementada por el gobierno de cuotas diarias de deportación, aparentemente incluso si requiere traumatizar a los niños”. Recordamos también a Renee Good y Alex Pretti, como ha hecho el gran Bruce Springsteen, asesinados vilmente con tiros a bocajarro por esos agentes nazis mandados por Trump, ocultos tras pasamontañas y armados hasta los dientes.
Muchos norteamericanos se preguntan hasta cuándo esta brutalidad, hasta cuándo ese desprecio por sus compatriotas y por el orden mundial.
Lo que no sabemos es cuántos son los que ya están hartos, si un millón o cincuenta. Pero estamos seguros de que cada vez son más.
Sobre este blog
El Ojo izquierdo nació en El País en 2010 y prolongó su vida durante diez años en la cadena SER, con vivienda propia en el Programa Hoy por Hoy, primero con Carles Francino, después con Pepa Bueno y finalmente con Àngels Barceló.
Ahora se instala con comodidad en elDiario.es, donde es de esperar que se mantenga incólume la aviesa mirada de su autor, José María Izquierdo.
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