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Canguro: una historia de amor-odio

El documental 'Kangaroo: a Love-Hate Story' aborda en profundidad la desconocida y cruel industria del canguro en Australia

El canguro, de icono nacional australiano a calzado habitual europeo bajo la complicidad de marcas como Nike, Converse, Versace, Reebook, New Balance, Gucci o Lidl, entre otras

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Un activista con un canguro rescatado en la organización Wild2Free

Un activista con un canguro rescatado en la organización Wild2Free Wild2Free

El pasado 7 de junio se estrenó en Barcelona el documental australiano Kangaroo: a Love-Hate Story. La proyección se celebró en la Facultad de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra en el marco del ciclo de cine del CAE (Centre for Animal Ethics). El documental, en primicia en el Estado español, contó con la presencia del co-director Mick McIntyre.

Además de lo revelador del filme, se destaca la diversidad de voces que confluyen en un mismo proyecto audiovisual, perspectivas emanantes de puntos equidistantes del debate propuesto por los directores, que buscan escuchar la mayor cantidad de opiniones. Así es como entra a foco gente de la industria de la lana, investigadores internacionales e independientes, zoólogos, ecólogos, activistas conservacionistas, animalistas, cazadores y excazadores de canguros, banqueros, políticos, granjeros, responsables de un santuario de canguros e incluso filósofos como Peter Singer, que se encuentran a cientos de kilómetros de esta situación.

Kangaroo: a Love-Hate Story  nos traslada a la oculta y dolorosa realidad que viven los canguros en Australia, donde a estos marsupiales se le atribuyen consideraciones contradictorias entre sí. Positivamente, son vistos como animales sagrados, especialmente por parte de las poblaciones originarias del territorio. También son considerados internacionalmente como un símbolo identitario, un icono nacional australiano que está presente en los principales equipos deportivos nacionales, y son la imagen comercial de múltiples marcas y empresas del país.  Sin embargo, al salir del símbolo y del souvenir, nos damos cuenta de que los individuos de carne y hueso están constantemente amenazados por una doble interpretación de su existencia: ser categorizados como una plaga o un recurso.

Los canguros como una plaga

Fuera de Australia, cuando utilizamos la palabra 'plaga' suele hacer referencia a determinados insectos o roedores que afectan la cosecha o habitan en las ciudades compartiendo espacios con los animales humanos (algo considerado ilegítimo). No obstante, en el contexto australiano es común que sus noticieros anuncien con tono de alarma una plaga de canguros. Se promueve así la idea de que los canguros son una especie dañina, excesiva, peligrosa, sobrante. Este ambiguo y sugerente término, 'plaga', es utilizado como estrategia para promover la desconsideración moral de los individuos que forman parte de ese colectivo. Cuando un grupo es señalado como una plaga, haya o no pruebas que demuestren la supuesta peligrosidad o amenaza del mismo, el mensaje latente es que ese colectivo debe ser exterminado urgentemente, y que la urgencia es tal que ni los medios ni el fin deben ser cuestionados. Bajo el calificativo de 'plaga' se pierden entonces la individualidad y los derechos básicos de los canguros de vivir, no sufrir y ser libres. Paralelamente, asociaciones y grupos conservacionistas se alarman por esta clasificación mientras afirman que esta especie de mamíferos puede ya estar alcanzando cuotas cercanas a la extinción y resaltan que no existen cifras verídicas sobre las poblaciones de canguros en Australia en la actualidad. Además de la dificultad para cuantificar los canguros que existen (por el hecho de vivir en la naturaleza), los dispositivos de medición existentes no consideran múltiples variables como las hambrunas, los asesinatos comerciales de canguros ni la reducción en las tasas de reproducción, entre otros factores señalados en el documental.

Pero, ¿qué convierte a un 'animal inconquistable' en una plaga? En palabras de Max Dulumunmun Harrison, indígena yuin de la costa sur de Australia,  estos animales son los primeros australianos. La idea de que un animal originario sea considerado una plaga desenmascara las profundas concepciones coloniales y especistas de parte de la sociedad australiana.

Sin embargo, si ahondamos un poco más detrás del calificativo 'plaga', puede intuirse un interés mayor: el interés de la industria ganadera australiana. En un clima seco como el australiano, los ganaderos ven amenazado el alimento de las ovejas y vacas que explotan para la obtención de carne, leche, lana o cuero. Se produce así un conflicto entre los canguros y ciertos animales considerados de granja como las ovejas o las vacas, que compiten por el pastizal. Frente al alimento limitado, la industria ganadera promueve la idea de que los canguros dañan el medio y presiona a los gobiernos para que sus intereses económicos no se vean perjudicados. Entonces, los granjeros levantan vallas de 4 metros de altura para limitar el paso a los canguros, que frecuentemente mueren de hambre o sed al no poder acceder al pastizal. Además, los agricultores obtienen permisos del gobierno para matar hasta mil canguros como “mitigación de plagas”, licencias para que tiradores profesionales cacen en sus campos, permitiéndoles incluso acceder a propiedades vecinas.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo no tienen que recurrir a estas licencias de plagas porque existen grupos de tiradores comerciales ofreciendo asesinar gratuitamente a esos canguros problemáticos para la explotación ovina bajo la condición de poder “aprovechar el producto”, abriendo la veda para toda una industria de carne y piel de canguro.

Los canguros como un recurso

Los canguros son una especie muy diversa, su familia abarca alrededor de 70 variedades distintas. Estos marsupiales pueden recorren el árido territorio con sus saltos continuos, logrando abarcar 8 metros con un solo salto y recorrer 60 kilómetros en una hora. Y es en la oscuridad de la noche, bajo la clandestinidad de un negocio desconocido, cuando los canguros son disparados, cazados para convertir sus cuerpos en guantes, bolsos, botas de fútbol o para consumo de animales humanos y otros animales como perros o gatos.

La caza comercial, ultra redituable bajo el engaño de erradicar una plaga, puede rastrearse desde 1958, y muy a pesar de todas las controversias surgidas en torno a la crueldad y maltrato animal o las repercusiones que ha tenido su ingesta para la salud humana, ya que se ha encontrado salmonela y e-coli en estudios realizados por un laboratorio independiente, sigue siendo muy rentable debido a la exportación a países como Rusia, donde se destina el 70% de la carne de canguro para consumo humano, o China, un mercado con características muy propicias para la implantación de esta carne en su dieta. Mientras tanto en Europa los productos provenientes de canguros son legales y también llegan a nuestros centros comerciales a través de marcas como BMW, Nike, Converse, Versace, Reebok, New Balance, Gucci,  Lidl, Honda o Diadora, entre otras.

A pesar de lo sorprendente que puede parecernos ser cómplices de una violencia que ni siquiera conocíamos, la parte positiva que nos puede devolver la esperanza es que al no tratarse éste de un negocio basado en la domesticación y encierro de animales, si se elimina la importación de estos productos existen posibilidades reales de acabar con esta industria. Dicho mercado, no obstante, se esfuerza para mantener su beneficio económico y presiona a los gobiernos para no ser censurado y poder expandirse internacionalmente, bajo la complicidad de aquellos científicos que trabajan para ellos. Como contraparte, Kangaroo nos demuestra que cada día hay más personas comprometidas que impulsan un cambio para que los canguros australianos puedan vivir sus vidas con pleno respeto, dignidad y libertad.

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