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Herminia Merino Arroyo: una vida entre dos países

Herminia Merino Arroyo.

Zhenya Popova Tikhonova

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Su historia comienza junto al mar de Valencia, en el barrio marinero del Cabanyal. Allí Herminia recordaba una primera infancia feliz. Contaba que su madre no la encontró guapa al verla por primera vez: “Parece que tenía pelos por todos los sitios, juntaba la cabeza con las cejas”. Después, añadía con picardía: “Pero luego, fui una niña muy guapa. Tengo fotos que lo atestiguan”. Su padre la llevaba en bicicleta al cine infantil y la dejaba allí una hora, confiado, mientras ella miraba aquellas películas con “el gato Periquito”, como decía su madre. Conservaba también el recuerdo de la escuela con las monjas y de haber aprendido a leer y escribir allí.

Entonces llegó la guerra. La familia tuvo que desplazarse a las afueras, al campo. Su madre estaba embarazada de su hermano Pepe, el segundo de los cinco hermanos, nacido en enero de 1938, en plena contienda. Herminia recordaba los bombardeos desde el cuerpo: los perros que aullaban antes de que nadie oyera los aviones, el refugio, el miedo de las madres, el mar ardiendo cuando bombardearon los depósitos de combustible de la Campsa. “A mí me dura aún lo de la guerra”, decía. Y lo explicaba con un gesto cotidiano: nunca se ponía de noche junto a una ventana iluminada.

La guerra terminó y sus vidas cambiaron: a su padre, guardia municipal, lo expulsaron del cuerpo por “desafecto al régimen”. Sin trabajo ni horizonte en Valencia, regresaron a Valderredible, al pueblo de origen. Herminia tenía nueve años cuando pisó por primera vez Bustillo del Monte. Allí empezaron de cero, con unas ovejas prestadas por los abuelos, unas tierras pobres, trigo, patatas, frío, trabajo y una dignidad sostenida a fuerza de no rendirse.

La posguerra fue el tiempo del hambre y de la astucia. Herminia ayudaba a su madre mientras su padre pasaba inviernos a kilómetros, en Bizkaia, para ganar algo de dinero. Recordaba entonces ir de noche al molino, cargando trigo propio como si fuera robado. Recordaba también aquel viaje en tren con harina trabajada por la familia, cuando los guardias requisaron los sacos. Ella tenía 16 años. Bajó al andén, esperó a que los agentes pasaran a otro vagón, cogió su saco y lo volvió a subir. “Yo salvé mi harina. Y de eso estoy orgullosa”, contaba. En ese gesto estaba ya una mujer pequeña ante la Historia.

Herminia fue a la escuela en Bustillo hasta los 14 años. Recordaba a doña Victoria, a don Simón, a don Anastasio. Recordaba la escuela como algo más que un aula: allí se reunía el Concejo, allí se organizaban los trabajos del pueblo, allí también cabían las comedias, los bailes, las palabras aprendidas de memoria. Todavía recitaba, décadas después, poesías aprendidas.

Esa memoria oral de Herminia no era solo recuerdo. Era archivo vivo. En su voz aparecían la guerra, el estraperlo, la escuela, las campanas, las mujeres hilando lana, los hombres y los trabajos del Concejo, los bailes, los miedos, la moral de una época, la pobreza y riqueza rural y también el orgullo de haber sabido hacer de todo. “¡Cómo ha cambiado la vida! Yo, claro, tengo una larga vida, pero de estar que no teníamos ni luz eléctrica ni agua, aquí en Bustillo, no había ni luz ni agua. Y ahora fíjese, hay internet en Bustillo”, decía, asombrada ante el tamaño del siglo que le había tocado vivir.

Como tantas mujeres de su generación, Herminia empezó pronto a trabajar en casa y fuera. A los 21 años marchó a Madrid a servir en una casa. Después llegó a Valencia, casi por azar, con la intención de ver las Fallas y regresar al pueblo. Pero una oportunidad en el sanatorio de la Malvarrosa (Valencia) se convirtió en cinco años de trabajo. Bajo la supervisión de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl estuvo en la cocina, después en la limpieza y en la atención como “chica de sala”.

En 1957, en pleno ciclo de emigración laboral española a Francia, Herminia marchó a París. No fue una aventura ni una postal de progreso, sino una de aquellas salidas que tantas mujeres hicieron con una maleta pequeña y una necesidad grande. En la Francia de posguerra, muchas españolas encontraron trabajo en el servicio doméstico, la limpieza, la portería o los cuidados: sectores feminizados, poco visibles —entonces como ahora—, pero imprescindibles para sostener la vida y la economía cotidiana.

A Herminia la contrataron como bonne à tout faire, literalmente chica para todo. Trabajó en casas vinculadas a una familia de comerciantes judíos y allí permaneció durante décadas, enlazando hogares, cuidados, rutinas y confianza hasta su jubilación. Pero nunca confundió servir con rebajarse. Sabía que el trabajo doméstico podía situar a una mujer en la parte baja de la escalera social, a veces incluso en la escalera de servicio, pero también sabía que la dignidad no la concede la clase social de quien contrata, sino la humanidad con que se mira a quien trabaja.

Herminia aprendió francés “aunque fuera mal”, se atrevió a responder, a negarse, a marcharse de casas donde no la trataban bien. Había en ella una ética clara: trabajar, sí; aceptar la humillación, no. París le gustaba. Le gustaba porque allí “había más libertad”. Más libertad de prensa, más libertad para las parejas, más libertad para las mujeres, aunque ella misma sabía bien que esa libertad también era incompleta.

Las migraciones suelen explicarse con categorías demasiado limpias: “migrantes económicos”, “migrantes profesionales”, “solicitantes de asilo”, “refugiados”, “turistas”. Pero las vidas no obedecen tan fácilmente a esos cajones.

La migración, escribió Abdelmalek Sayad, puede entenderse como una experiencia de doble ausencia: quien emigra queda separado del país que dejó, pero tampoco pertenece nunca del todo, de manera simple, al país que lo recibe. En Herminia, esa doble ausencia fue convirtiéndose también en una doble pertenencia. Bustillo siguió siendo raíz; París, vida levantada. El pueblo no desapareció bajo Francia, pero Francia tampoco fue un paréntesis.

Fue allí donde construyó su historia con José Gutiérrez Arroyo. Se conocían desde siempre. Habían ido de niños a Montes Claros, cada uno en un cesto a lomos de una caballería. Tras un tiempo de correspondencia, José le pidió relaciones. Herminia escribió a sus padres una frase que conservó con humor: “Queridos padres: tengo el honor de decirles que pronto seré su sobrina”. Eran primos, y aquel modo suyo de comunicarlo mezclaba pudor, gracia e independencia.

Se casaron en octubre de 1960 y se establecieron en Francia. Allí trabajó, amó, crió a sus hijos, compró una casa y envejeció. Allí pasó más de seis décadas. Su marido decía que no sabía cuándo se había dado cuenta de que la quería: era “de siempre”, recordaba Herminia entre risa y ternura.

En los últimos años, la enfermedad de José lo fue volviendo más dependiente. Herminia hablaba de su Alzheimer con el cansancio del día a día, ternura y crudeza. “Tengo que pelear con él noche y día”. Pero también intuía que, cada vez que ella se ausentaba y él la necesitaba cerca, en medio de la pérdida de memoria algo del amor permanecía: “No sé si es miedo de quedarse solo o es que el amor le queda todavía un poco allá”. Herminia lo cuidó con tenacidad hasta el final. Regresaron a Bustillo un tiempo y volvieron después a París, como tantas vidas migrantes: siempre entre aquí y allí, entre las raíces y la casa levantada lejos. José falleció meses antes que ella.

Desde entonces, la tristeza fue ocupando poco a poco un lugar en su vida. Era la tristeza de quien había compartido más de sesenta años con alguien. El duelo no avanza en línea recta. Y, en la vejez, cuando una pareja ha sido compañía, historia, rutina, memoria y presencia diaria, la pérdida no deja solo una ausencia: desordena también la forma de estar en el mundo.

Herminia murió en el país al que llegó joven para trabajar y donde, como decía, “allí se han quedado muchos recuerdos. Toda una vida”. En 2023, reflexionaba para Legado Cantabria: “Mi vida ha tenido altos y bajos, pero bien. Yo me conformo”. Y en ese conformarse había una sabiduría antigua: la de quien había visto arder el mar, había empezado de cero, había cruzado fronteras, había trabajado desde niña y había amado durante una vida entera.

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