Limpiadoras de hospital, el inicio de la cadena que frena al coronavirus: “Somos esenciales y por fin se nos reconoce”
Son el inicio de la 'cadena de montaje' que hace que todo lo demás funcione en los hospitales. Procuran que todo esté impoluto para recibir a los pacientes, y tienen sobre sus hombros la carga de poder evitar parte de los contagios. Hablamos de las limpiadoras y de la gran responsabilidad que han tenido que asumir en esta crisis sanitaria en la que cada rincón del hospital podía ser susceptible de tener el virus.
Precisamente por su importancia en esta crisis, el sindicato Comisiones Obreras denunció hace unos días que cinco limpiadoras ya habían dado positivo en coronavirus. Y es que la delegada de CCOO en la empresa adjudicataria de la limpieza en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, Carmen Ortega, tachó de “injusto” que no se hubiesen realizado más pruebas a las trabajadoras del sector y que, por lo tanto, no se reconociese su contacto diario con los enfermos de la COVID-19.
Hablamos con cuatro de ellas para que cuenten cómo han afrontado la crisis del coronavirus desde la parte menos visible pero imprescindible en los hospitales: la de la limpieza.
M.J., la veterana “de alto riesgo”
Después de 44 años trabajando en Valdecilla, M.J. se propuso voluntaria para apoyar a las limpiadoras que atendían al coronavirus los fines de semana “para hacer un poco de fuerza”. Esto ocurrió al inicio de la pandemia, y durante esos días, M.J. reconoce haberse vuelto un poco “tarumba” al pensar en la responsabilidad que conllevaba su trabajo.
En su caso, confiesa haber trabajado únicamente con una bata de tela, una mascarilla y unos guantes -estos últimos prestados por unas compañeras celadoras-. “No me he llegado a sentir desprotegida porque he podido buscarme la vida, pero las limpiadoras nunca les hemos generado mucha preocupación a los de arriba. Es así”, explica conforme la limpiadora.
Después de esos días trabajando en la planta dedicada a la COVID-19, a M.J. le dijeron que era de alto riesgo por su edad -61 años-, y aún no le han realizado la prueba. Ella está convencida de que esta debería hacerse a todas las limpiadoras que han tratado con pacientes enfermos de coronavirus ya que el riesgo de contagio de estas profesionales “es alto”. “¿Cómo limpio yo debajo de una cama sin acercarme al paciente?”, se pregunta.
Emilia, la trabajadora de la “primera línea”
Con 58 años, de los cuales 34 han sido dedicados a trabajar en Valdecilla, Emilia supo desde el principio que iba a tener que tratar con pacientes con la COVID-19 por estar en una “primera línea” como es Urgencias. Su único miedo, reconoce, fue pensar en transmitirlo a su familia al llegar a casa. “Luego te acostumbras y piensas que también puedes cogerlo en el autobús porque allí estás menos protegida”, admite.
Su rutina cambió desde que el coronavirus aterrizó en la comunidad con la incorporación a su vestuario de la bata, el gorro, la mascarilla FFP2, los guantes y las calzas. Pero después continuó con el aumento en el volumen de trabajo: “Normalmente limpio ocho o diez boxes, ahora puedo hacer más de veinte”, advierte. Aunque la principal diferencia que aprecia Emilia no es esa, sino los detalles. “Antes limpiabas el baño dos veces y ahora diez, y ahora lo limpias a conciencia y repasando los detalles como las manecillas o las paredes”, explica.
A ella tampoco le han realizado la prueba aunque, al haber estado en Urgencias todo este tiempo, ha estado en salas con pacientes con la COVID-19, por lo que confía en que se la terminen haciendo. Respecto al esfuerzo de estos días, se resta importancia y revela que “todo el mundo está trabajando muchísimo, porque si no esto no funcionaría”.
Marta, con 4 kilos menos por los EPIs y nuevos moratones
Marta lleva un año y medio trabajando en el turno de noche en las UCI, aunque en Valdecilla suma ya 18 años como limpiadora. A sus 52 años ha tenido que enfrentarse a la peor cara del coronavirus al tratar con los pacientes con la COVID-19 de cuidados intensivos. Su trabajo actual consiste en limpiar las salas C y A, lo cual le lleva unas 8 horas. “Entre una sala y otra descanso 20 minutos para coger aire porque con el EPI salgo totalmente empapada… He adelgazado cuatro kilos”, señala.
Pero además de su trabajo habitual, Marta es una de esas voluntarias que se ha prestado a continuar trabajando los fines de semana, por lo que tiene las piernas “llenas de moratones”. “Al tener una pantalla, la mascarilla y que a veces los EPIs son de cuatro tallas por encima de la tuya, te vas pegando golpes con todo”, expresa. A ella tampoco se le ha realizado la prueba que determine si tiene coronavirus o no, pero se toma la temperatura dos veces al día y por el momento, no tiene síntomas “aunque entiendo que el riesgo existe”.
Sin embargo, para Marta el trabajo de las últimas semanas compensa, entre otras muchas cosas, por la unión que ha surgido entre las compañeras: “Hemos sido una piña”, comenta emocionada. Ella admite ser de las que confiaba en que algún día se valoraría su labor, “y ha sido así”. “Nuestro trabajo es esencial y por fin se nos reconoce”, manifiesta.
Belén, combatiendo a la COVID-19 desde 'La Novena'
“Estoy en la novena planta y he estado tres semanas con los pacientes con la COVID-19”, comienza relatando Belén, de 55 años y 33 de ellos a su espalda trabajando en Valdecilla. Ella reconoce abiertamente que, tanto el trabajo como la ansiedad se han multiplicado estos días. “A veces tienes que parar, quitarte todo lo que llevas y respirar, porque si no te ahogas”, reconoce.
El mismo día de la entrevista le habían realizado la prueba ya que su planta ha vuelto a su cometido inicial -el de Medicina Interna-, y han preferido dejar la zona 'peinada' de pruebas de coronavirus antes de llevar a los pacientes habituales “que en su mayoría son personas mayores”. El resultado ha sido negativo, pero aún así seguirán con el mismo protocolo que si lo tuviesen “porque a veces das negativo y después de unos días, das positivo”, relata.
Belén reconoce que la peor parte para ella transcurrió los primeros días: “Llegaba a casa y me preguntaba si había podido dejar algo sin pasar… Me obsesioné un poco”, confiesa. Aunque equipara esa angustia a la que sentía al entrar en las habitaciones de los pacientes con la COVID-19. “A veces te acercas más de lo que deberías… Pero es inevitable”, concluye apenada.
0