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CATALUNYA

El periodismo cultural en la era del clickbait

En la era de la comunicación digital, de los titulares ridículos, de los gatitos y de las noticias vacías donde la publicidad es la reina, el periodismo cultural busca nuevas maneras de resurgir. El periodismo cultural será transformador o no será. 

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EFE

"Ser noticia" en el mundo cultural, decía Juan Goytisolo, puede resultar "un hecho de actualidad efímera o bien de modernidad atemporal, donde las obras están destinadas a perdurar" La noticia sería el poema, estaría en el poema. La noticia no era el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, la noticia estaba en "Don Quijote de la Mancha", estaba en lo que sucedía dentro del libro de Cervantes.

El hecho cultural destinado a sobrevivir a las efemérides. La noticia cultural persitente. Lástima que en la era del clickbait, los mediapartners, la precariedad del sector y el multitasking pocos periodistas busquen la noticia en la cultura "per se" 

Rueda de prensa a las 10 de la mañana, un miércoles. Nota de prensa que una agencia de comunicación envía a un editor de un medio cualquiera. "Pásate a ver qué dicen". El periodista va, pero no se queda toda la rueda. No hay tiempo y posiblemente habrá mil noticias más importantes que el último estreno de una compañía de teatro que muy precariamente intenta subsistir. 

La pieza está incompleta, poco análisis, errores gramaticales, errores en los nombres de los artistas, errores en los días de funciones. Se publica. Sin comprobar las fuentes, sin profundizar en el contexto. Sin que nadie se dé cuenta. Ni el lector, ni el periodista ni el editor. 

Durante el centenario de la muerte de Oscar Wilde, en una entrevista para un medio mexicano, un periodista le pidió a José Emilio Pacheco qué recordaba de su trato con Oscar Wilde. Pacheco, ante lo absurdo de la pregunta, puesto que se estaban conmemorando los cien años de la muerte del poeta, empezó a hacer una larguísima digresión sobre su amistad con Wilde: que si cuando se vieron en París visitaron juntos la gran Exposición Universal donde Wilde se interesó muchísimo por el pabellón de México, que sí que tenían grandes conversaciones... y un largo etcétera de anécdotas inventadas. La entrevista salió tal cual, sin ninguna edición, y no fue precisamente un acto de periodismo literario, sino la velocidad y la falta de rigor del redactor pero también de su editor. 

Que la crisis del periodismo es un hecho harto conocido no se les escapa a casi nadie, pero que revierta en la cultura y, por lo tanto, en el periodismo cultural sí que es algo que nos debería empezar a preocupar.

La tiranía del clickbait 

La tecnología e Internet han puesto en alerta el papel y las viejas formas del periodismo abriendo un escenario (de buenas a primeras) mucho más democrático en las temáticas y las voces. Internet ha sido el protagonista de la segunda gran revolución en la democracia comunicativa, después de la invención de la imprenta.

Ya lo decía Víctor Hugo en el “Jorobado de Notre Dame”, donde dedicaba todo un capítulo a hablar de las posibilidades que abría el libro. Este se convertía en un elemento personal e íntimo para llegar al conocimiento alejado de las paredes colectivas de las iglesias y de los sermones aleccionadores, con historias interpretadas y leídas por el poder eclesiástico.  Internet, en su concepción de herramienta democrática, ha sido en buena parte la víctima y el verdugo del fin del rigor periodístico.

La gratuidad y la inmediatez han convertido a los medios digitales, y especialmente sus secciones de cultura, en contenedores de soft news y titulares engañosos que arrastran al click intuitivo y morboso. 

Así, la supuesta libertad de acción, lectura, goce e interpretación que ofrecía el libro, se ve en la era digital truncada por el algoritmo. Facebook escoge las noticias que piensa que tú quieres leer, tú haces click, el medio suma lectores y cuanto más lectores (o gente que abre la noticia, leer ya es otro tema) más alto es el coste monetario de la publicidad: los adds y los molestos banners o incluso aquellos anuncios de 30 segundos.

La cultura que dio lugar al periodismo --grandes escritores y críticos como Dickens publicaron en los primeros diarios existentes-- vuelve por la puerta de atrás. Cultura entendida como sociedad y espectáculo, donde la farándula y el amarillismo se mezclan con noticias inverosímiles de titulares llamativos dispuestos a que "piques", a que hagas click. El clickbait abandona la tesis que el lector tiene que ser un ente exigente y con ganas de estar informado. Lo ningunea. El lector para la prensa digital es un curioso dispuesto a pasarse el rato mirando gatitos o haciendo chascarrillos sobre la última separación de Hollywood. 

La publicidad y la inmediatez condicionan la profesionalidad y la elección de las temáticas, condenando a la precariedad económica a los redactores y a la precariedad cultural a los lectores. Si la cultura tiene que ser una arma transformadora, una guerrilla desde donde practicar cambios de paradigma, hace falta que se le otorgue el valor de ágora, de espacio de debate y de intercambio. Hace 80 años Harold Ross director del The New Yorker inventó el concepto "literature of fact". Nada se publicaba si no había pasado un control riguroso (fact check) sobre las fuentes, los hechos, las fechas... Los textos eran editados y corregidos hasta el más mínimo detalle. El lector recibía unos materiales periodísticos contrastados donde el engaño o la manipulación no tenían cabida, o al menos esa era la intención. 

El periodismo es de quien lo paga 

El fracaso de los medios gratuitos en términos periodísticos está dando lugar a que una serie de publicaciones reivindiquen el papel y otras maneras de subsistencia basadas en estructuras cooperativas, donde los socios y subscriptores ocupan un lugar central. El papel y la imprenta como herramienta para ser cuidadosos. La belleza del tacto y los tiempos de reflexión, de análisis, de pensamiento y de corrección. La importancia del lector como ser con conciencia crítica. 

El periodismo es de quien lo paga. Hará falta por lo tanto que reflexionemos sobre el precio del trabajo y sobre la economía del periodismo. Si queremos ser lectores y periodistas respetados tendremos que entender que economizar en periodismo quizás es aceptar la manipulación de los poderes fácticos que operan bajo la publicidad. La objetividad informativa y la elección de temas en la esfera cultural no pueden venir condicionadas por mediapartners que son bancos, marcas alcohólicas o instituciones públicas.  La cultura, como el espíritu de Don Quijote debería ser libre. Libre para pervivir.

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