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‘El insulto’, de Ziad Doueiri: memoria sin cicatrizar

Esta película libanesa, nominada en los últimos Premios Oscar, ahonda en el pasado trágico de un país a través de un conflicto entre vecinos

Destaca su capacidad para convertir una anécdota en una crisis nacional de dimensiones desorbitadas

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El insulto

Todo comienza con un descuido. Toni (Adel Karam), un cristiano libanés, se pone a regar las plantas de su casa sin prestar demasiada atención. El agua que malgasta termina desembocando en la cabeza de Yasser (Kamel El Basha), un palestino refugiado en Beirut que se encontraba en aquellos precisos momentos trabajando como jefe de obra en la misma calle de la casa del cristiano. Ambos se enredan en una discusión y Yasser, un tipo de naturaleza tranquila, acaba perdiendo los papeles e insultando a Toni. Herido en su orgullo, el cristiano decide demandar al palestino. El juicio se convertirá en un tenso espectáculo donde aflorarán intereses políticos, vendettas y las heridas abiertas de un país con un pasado trágico. La película se llama ‘El insulto’.

Uno de los principales aciertos de este film, firmado por el libanés Ziad Doueiri y nominado a la Mejor Película Extranjera en los Premios Oscar 2018, es su capacidad para convertir una anécdota, un desencuentro atolondrado entre dos hombres en una crisis nacional de dimensiones desorbitadas. Y que además el efecto ‘bola de nieve’ resulte completamente creíble y palpite con ritmo humano porque le sigue la pista al viaje psicológico que experimentan sus protagonistas a lo largo de su enfrentamiento.

‘El insulto’ intenta hacer comprensible (al menos durante el visionado) una maraña de conflictos en Líbano endiabladamente compleja, donde duelen las víctimas de una Guerra Civil que nunca se quedaron atrás. Permanecen junto a los vivos, en la memoria sin cicatrizar de una sociedad que tiene que atender, además, acuciantes problemas humanitarios y de convivencia (Líbano es un país multiconfesional y un importante porcentaje de la población está constituido por refugiados palestinos y sirios).

La dignidad como asunto de vida o muerte

En cualquier caso, la película de Doueiri no solo intenta realizar una aproximación a la situación conflictiva de un país y a su frágil paz social. Al fin y al cabo, el recorrido se realiza a lomos de algo tan cotidiano como un insulto y una riña entre dos hombres que no dan su brazo a torcer. Ese detonante, esa torpeza tan universal le permite al espectador asomarse a emociones y sentimientos que acaban siendo una especie de respiradero cuando la trama en los tribunales y el lío nacional resultan abrumadores. Es entonces cuando la película pone su mirada en temas muy potentes: la dignidad como asunto de vida o muerte, la necesidad inconfesable de reconciliación, las condiciones que pone el amor en situaciones límite o  el complejo de inferioridad que se incuba en el calor del hogar.

Hablamos así de un film de hechuras clásicas que tiene un guion bien armado. Los actores que encabezan el reparto realizan un gran trabajo y se convierten en los mejores compañeros de viaje del espectador. Es especialmente apasionante el duelo que mantienen los dos protagonistas y sobre todo, la interpretación medida, pero enormemente expresiva del fantástico Kamel El Basha (Copa Volpi al Mejor Actor en Venecia).

Es precisamente en las relaciones que establecen los personajes donde la película también tiene algún que otro tropiezo. Hay algunos momentos emocionalmente previsibles que se podrían haber dejado a un lado. Es probable que respondan a la necesidad de soñar con una sociedad más justa, aunque sea por un breve instante. Nada que reprochar. Al fin y al cabo el cine es uno de esos raros lugares donde la esperanza da bien en cámara. Incluso como figurante en un mundo de fronteras y con pocas ganas de perdonar.

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