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La cultura que escapó del franquismo por los Pirineos y sirvió de refugio a los exiliados

Refugiados republicanos españoles en la biblioteca de 'Villa Don Quijote' de Toulouse, antiguo campo de Récébédou, 29 de octubre de 1945

José Antonio Luna

El último verso de Antonio Machado no fue hallado en ningún poemario, sino en el bolsillo de un desgastado abrigo que le ayudó a soportar el paso por los Pirineos dirección Colliure, una pequeña comuna situada al sur de Francia. “Estos días azules y este sol de la infancia”, escribió el miembro más joven de la Generación del 98. Como él, muchos otros cruzaron la frontera para escapar del horror. Algunos consiguieron dejarlo atrás. Otros, como el poeta sevillano, no tuvieron tanta suerte.

Los caminos de cientos de españoles se bifurcaron en mil exilios, siendo la ciudad de Toulouse uno de los destinos más habituales. Esta no solo fue utilizada como refugio, sino como enclave para organizar y crear asociaciones de una resistencia que encontró en el papel impreso su particular arma. Los principales protagonistas fueron los anarquistas, pero no solo ellos se encargaron de dejar una profunda huella cultural que todavía hoy sigue muy presente en la localidad gala.

En 2019 se cumplen 80 años desde que Francisco Franco declaró su victoria e impuso una dictadura en la que todo contrario al régimen era perseguido y encarcelado en el mejor de los casos. Precisamente por ello, la muestra Imprentas de la patria perdida disponible en el Instituto Cervantes de Madrid hasta el uno de febrero propone un recorrido por todo el legado intelectual de exilio español a través de libros, revistas, postales y fotografías procedentes de Toulouse.

“Cada cual tiene su historia sentimental con esta exposición, y cada cual encontrará un detalle que le inquiete. Emociona ver cómo aquellos españoles maltratados se levantaron y luego se unieron a la Resistencia para liberar a París de los nazis”, explica Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, durante la presentación de exhibición. El poeta, además, admitió sentirse “especialmente orgulloso” de este muestrario, ya que “explica de qué forma la cultura y el pensamiento se relacionan con el exilio español”.

Sin embargo, quien mejor conoce el esfuerzo tras la colección es Javier Campillo, bibliotecario del Instituto Cervantes de Toulouse y, por tanto, responsable de la recogida y documentación de todas las obras. Porque, como él mismo detalla, “esta es una historia que nace a partir de donaciones de diferentes generaciones que han facilitado al Instituto Cervantes confiando en su trabajo y en el de los investigadores”. ¿El objetivo? Recuperar el legado de personas que, como recalca Campillo, “encontraron en la cultura el consuelo para su lucha”.

De esta manera, Imprentas de la patria perdida propone un recorrido a través de 12 etapas: desde las circunstancias geográficas e históricas que convirtieron a Toulouse en la “capital del exilio” española hasta poemarios nacidos como refugio para la desesperación.

Era casi imposible sobreponerse al fortuito destierro, pero no intentar combatirlo desde la distancia a base de palabras que reflejaban el rencor de la derrota, la nostalgia de la patria o incluso la esperanza del regreso. Muestra de ello fue la escritora y dirigente anarquista Federica Montseny, de quien se encuentran expuestos la mayoría de los títulos. “Gran parte de esta explosión literaria fue causada por Montseny, que nació en una familia dedicada al periodismo y a la edición”, aclara Campillo. Fue, asimismo, ministra durante la Segunda República, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar un cargo de estas características.

La retirada a través de alambradas

En el punto álgido de 1939, Toulouse albergaba a más de 20.000 españoles cuando su población era de 200.000. Los testimonios, por tanto, irían en consonancia con el sentimiento general de indignación y desamparo. Las alambradas, la arena, el viento y el frío se convirtieron en protagonistas. Así lo demuestra Padre Nuestro, un poema escrito por Juan de Pena, dirigido a un Don Quijote erigido como patrón laico de los exiliados.

Es quizá esta parte, la de la retirada, la más cruda de la muestra. “El río humano continuaba desbordándose sobre Francia. Nada había previsto ni preparado para ellos”, escribió Federica Montseny en Pasión y muerte de los españoles en Francia. Esta huida supuso el desmoronamiento total de la república y de su presidente, Manuel Azaña, que presentó su dimisión el 27 de febrero de 1939.

Los protagonistas de la catástrofe deambularon hacia la frontera, soportando el trato recibido por las autoridades francesas y el internamiento masivo en campos de concentración improvisados. La desesperanza era todavía más cruel si cabe que la derrota. Mateo Santos, F. Contreras o la ya mencionada Montseny, todos presentes en la exposición, son testigos en primera persona de la crudeza del momento.

La libertad sexual y otros temas actuales

Para muchos el destierro no llevó a una mejor vida, sino a al trabajo forzado y al aislamiento. Sin embargo, todo cambiaría a partir de agosto de 1944 con la liberación de Francia. La victoria trajo el optimismo y, con ello, un gran auge de publicaciones culturales que lleva a recuperar referentes culturales como Lorca, Machado o Unamuno. También de hacer balance, de recordar a los caídos y de mirar hacia un posible futuro alejado del fascismo.

“Me llamó mucho la atención la modernidad de ciertos temas, de género, de transmisión sexual, de cómo cuidar a nuestros hijos… Era la inquietud intelectual de gente que no tenía nada”, explica por otra parte Pedro de Basterrechea, director del Cervantes de Toulouse.

De hecho, se pueden apreciar publicaciones recuperadas por los exiliados como Las enfermedades y sus remedios (1948), de Oscar Lavilleneuve; o Libertad sexual de las mujeres (1948), de Julio R. Barcos, un activista libertario argentino luchador por los derechos de los niños y las mujeres. En esta obra, advertía de la represión histórica sobre las mujeres y llamaba a incrementar su participación en la vida social y política.

No obstante, la finalización de la Segunda Guerra Mundial no trajo consigo la clausura del franquismo. El régimen dictatorial resistió, y no solo eso: el nuevo contexto de la Guerra fría hizo que los países occidentales lo aceptaran. A partir de entonces, pocos creyeron en un retorno que, como demuestra su próximo 80º aniversario, aún continúa en proceso de curación.

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