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Attica, la 'catedral del bakalao' con el cielo y el infierno a una planta de distancia

Discoteca Attica/ Foto: Makineros.com

Mónica Zas Marcos

En menos de una semana se cumplirá el aniversario de la última fiesta secreta de Attica. El 6 de agosto de 1995, centenares de coches se arremolinaron en el párking frente a un chalet en el kilómetro 15 de la Nacional II de Madrid y los asistentes arrancaron el precinto policial que inútilmente les impedía el paso a la catedral del bakalao. Unas semanas antes fallecía Pedro S. por una sobredosis en otra reunión prohibida de Attica, aunque no lo suficiente como para impedir una bacanal más. Esta vez, la definitiva.

Todos los que frecuentaban la noche madrileña de finales de los ochenta y principios de los noventa perdieron un trozo de historia el pasado 13 de julio, cuando demolieron este templo mítico de la Ruta del Bakalao. El edificio que una vez reunió a la vanguardia de la electrónica nacional, llevaba años okupado y sin rastro de aquellas mesas de mezclas que hacían temblar sus paredes de hormigón, ahora sucias y cubiertas de grafitis.

Aunque no quedaba ni la sombra de lo que fue, los que acudían cada domingo a las 6 de la mañana y lo cerraban bien entrado el mediodía preferían presenciar su cadáver a su desaparición. “Fíjate qué nivel de estupidez, que cuando pasaba por el kilómetro quince quinientos de la carretera de Barcelona le gritaba ¡guapa! Muchos sonríen. Ay madre, si las curvas hablasen”, recuerda nostálgico un cliente asiduo de Attica. Ahora Óscar supera la cuarentena y trabaja en el sector energético, pero hace 20 años Óscar era heavy.

En una época en la que pertenecer a una tribu urbana era más definitorio que los lazos sanguíneos, ser heavy, pijo, punky o rockero determinaba tu ruta nocturna. Excepto al llegar el alba, cuando “lo más granado” de cada casa terminaba la fiesta en Attica. “Te juntabas con prostitutas, chulos, narcos, pijos, bakalas, rockeros y gente despistada, pero entre las drogas y la música se respiraba muy buen ambiente. También había mucho famoseo: Miguel Bosé, Alaska o Poli Díaz, que era un clásico”, evoca.

Pero por encima de todo estaba la música. “Mezclaban las novedades alemanas con el house de Chicago, el E.B.M (electronic body music) que provenía de Bélgica, con el guitarreo gótico y con el indie pop. Eso era pura vanguardia”, dice quien reconoce que la Ruta del Bakalao le cambió la vida. “Yo era un heavy de barrio y en un viaje a Valencia me metieron en Chocolate y me cambió todo, me abrió a otras músicas. Ahí me decidí a pinchar, y la culpa de todo posiblemente la tuviera Attica”.

Attica abrió sus puertas un diciembre de 1987 como discoteca de funky, pensada para satisfacer las necesidades musicales de los soldados norteamericanos de la base de Torrejón. Tras un incidente racista con los porteros, la sala terminó por abrazar del todo la tendencia electrónica y blanca que se respiraba desde Valencia. Entre bambalinas estaban Alejandro Conde y José Cereceda luchando por que allí pincharan los mejores disc jockeys de los noventa: Cristian Valera, Dj Pepo, Abel Ramos o David el Niño.

Aquel diciembre, el Niño inauguró la sesión after hour de Attica cuando ese concepto aún estaba reservado a pequeñas salas underground de la capital como las siniestras Voltereta y Warhol. “Hasta ese día nunca se había escuchado ni E.B.M, ni techno industrial ni New Beat, solo funky”, presume David Solano, más conocido como David el Niño, en una entrevista con eldiario.es. No en vano, él venía de pinchar en los clubes más prestigiosos de Europa y de empaparse de las vanguardias berlinesas y británicas.

Reconoce que, ante el derribo, siente bastante nostalgia: “disfruté muchísimo allí. Puede que, de Madrid, fuese donde más a gusto trabajé por el sonido, el ambiente y las ganas de fiesta del público”.

David recuerda con especial cariño una sesión sin fecha ni día específico “con unos actores haciendo una perfomance clavados en una cruz en medio de la pista y con una corona de espinas y la gente bailando debajo como poseídos. La cabina estaba a un metro del suelo de la pista. Recuerdo el humo, el calor y la presión. Sus ojos eran un poema”. Era la imagen del mismísimo purgatorio antes de alcanzar la gloria.

Una de las características más peculiares de Attica fueron sus dos ambientes, el infierno y el cielo. El primero, en la parte baja del chalet, sonaba a industrial y a E.B.M, tenía jaulas, humo y luces psicodélicas. “La palabra que mejor definiría al infierno era presión e incluso miedo. Ese miedo placentero que experimentas al montarte en una montaña rusa o al ver una peli de terror. Te entraba ya en la cola, cuando escuchabas la presión de los graves y esos sonidos oscuros del techno. Todo aderezado con las drogas, formaba parte de la experiencia underground”, explica Óscar.

El segundo, el cielo, estaba en la parte de arriba junto a la terraza y la piscina. “Ibas a ver amanecer, a hablar con chicas mientras los aviones aterrizaban, sonaba música más blandita y te fumabas un porrito para volver a la tierra”, describe. “También en la parte de arriba se veía a la gente desencajada. Piensa que el viernes salíamos por Specka, el sábado te ibas a Valencia y el domingo terminabas en Attica. Así que por la mañana había gente que llevaba dos o tres días de fiesta”, dice sobre uno de los itinerarios más famosos de la Ruta del Bakalao.

Las drogas, como decía Chimo Bayo, formaban parte de ese “algo” transgresor que tienen todos los movimientos sociales y juveniles. En este caso, las sustancias asociadas al inicio de Attica eran el éxtasis y el speed. “Se empezó consumiento las californianas, que valían 5.000 pesetas (30 euros) y de repente empezaron a costar 1.000 (6 euros). Eran flojas o contenían cosas parecidas a la heroína”, cuenta. Aunque comparte la opinión de Bayo sobre que al principio servían para despertarse y divertirse, “finalmente pasaron de ser un medio a un fin en sí mismo”.

“Los movimientos juveniles y la música decaen, pero si ya van acompañados de una sustancia icónica, seguramente la decadencia vendrá más rápido. Como muestra 24 Hours Party People, en la Hacienda de Manchester ocurrió lo mismo, o el sueño de Woodstock, que acabó en Alamont con los Ángeles del Infierno matando a un chaval negro”, compara.

Según todos sus actores, la decadencia de Attica llegó a finales del 93, principios del 94. La vanguardia dio paso a la música comercial y a las cantaditas con voz pitufina, y el ambiente pacífico y variopinto derivó en violencia, controles policiales y reyertas entre las bandas -como los Miami- que querían controlar la seguridad de la Ruta del Bakalao.

“Todos iban con la bomber, la bandera de España y con simbología nazi. Era lo que imponía como seguridad. Un puerta vestido de calle no impone tanto como un cabeza rapada. También estaba Obi, que era un negro gigantesco, y chocaba bastante verle con la bandera. Lo que pasa es que tampoco daban rienda suelta a su ideología en la discoteca porque había bastante público homosexual”, comenta Óscar.

Sin embargo, para él, el detonante fueron los asesinatos de las chicas de Alcasser y la cobertura mediática que se dio de todas aquellas fiestas. “La televisión lo sacó al descubierto en horario de máxima audiencia. Hasta entonces era una cosa underground y clandestina de la que nuestros padres no sabían nada”, cuenta sobre el día en que los progenitores pasaron de vivir en la ignorancia a prohibir la salida a sus hijos hasta las doce de la mañana.

Pero los crímenes no solo atrajeron a la prensa amarilla, sino también a quienes iban embrujados por una fama de ambiente insano dispuestos a reventar la fiesta. “Todo el mundo se puso encima. Esa mediatización no acabó con la discoteca a priori, pero atrajo a mascachapas que venían por el tema violento, drogata o por lo que fuere”, se lamenta Óscar.

Aunque el esqueleto de Attica desapareciese definitivamente hace dos semanas, el espíritu primigenio hacía mucho que había abandonado esas paredes blancas de hormigón. Si pervive, es por los clientes que convirtieron un restaurante de carretera en la meca madrileña de la electrónica y lo recuerdan como el “Woodstock para los hippies”.

“Era ecléctico, entre tribus y entre clases sociales. Canciller era la discoteca heavy de barrio y Jacara la de los pijos. Pero, por la mañana, Borjamari y el pelos se veían en Attica”, ilustra uno de sus principales testigos.

“A las chicas también les gustaba porque no se iba a ligar, no había el baboseo que pudiera haber en otros sitios. O para los chavales de barrio, que venían con la homofobia de serie, era muy enriquecedor tener contacto con gays. Fue una forma de abrir la mente en todos los sentidos. Los pijos conocían a macarras, los macarras conocíamos a gays, y los gays a prostitutas. Tenía un rollo muy positivo”.

Esa comunión es la imagen que los que fabricaron el mito de Attica quieren inculcar en las nuevas generaciones, por encima del abuso de las drogas, los accidentes de tráfico y la violencia que mostró en su día la prensa. Porque, ¿qué sería del cielo sin su pedacito de infierno?

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