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Més societat valenciana per al segle XXI

Hem començat este Nou d’Octubre, no només renovant les nostres justes reivindicacions a l’àmbit polític i al carrer -cada vegada amb més fam i més ganes-sinó també amb aportacions reflexives a la premsa com la que ens fan Manuel Alcaraz i Joan Romero a l’article-manifest “Un nuevo relato de la identitat valenciana”. Els anàlisis i reflexions, en una societat sana i plural, reclamen, de tornada, diferents punts de vista i respostes; Gustau Muñoz ha replicat amb la seua a l’article “Contra la equidistància”: un pas enrere i més a l’esquerra. Tot va be mentre no ens deixem estancar en el pensament únic i demostrem la nostra vitalitat com a col·lectivitat.

Demòcrates Valencians se sent legitimada per a respondre i sobretot per a oferir alternatives que obrin el ventall i enriqueixen les possibilitats, no pel nostre tamany (indubtablement encara molt menut, embrionari), però sense dubte sí per la nostra vocació d’aglutinar el més prompte possible un tipus de valencianisme absolutament diferent, molt útil, pragmàtic i transversal, de bases marcadament noves.

Entenem així que, molt en el seu paper, Alcaraz i Romero, reclamen en el manifest refundar el subjecte de la Comunitat Valenciana amb els seus conceptes progressistes: laïcitat central, un autonomisme exempt de conjectures històriques, una integració com a Poble basada en la justícia social, interclassista, de conservació de l’Estat social i el marc legal com a raó de ser de l’autogovern, teixint el territori, a on la normalització lingüística “siga liderada per l’esquerra” diu textualment, col·locant a la identitat valenciana com el resultat de les necessitats i preferències dels seus habitants i subordinant la capacitat de negociació amb l’Estat a aconseguir i generalitzar els criteris de justícia distributiva i igualtat entre tots els espanyols.

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Impuesto al azúcar e IVA cero para la fruta

Si existe un tema en política alimentaria que levante ampollas ese es el controvertido impuesto al azúcar. Evidentemente de esto no sólo tiene culpa el azúcar o los alimentos con un gran contenido del mismo, hay otros factores como la mala alimentación en general, azúcar a un lado y el sedentarismo que tiene la población, que también contribuyen a esta pandemia de obesidad y sobrepeso.

Ya de por sí la palabra impuesto es algo que, a priori pues no gusta, sin embargo, es un hecho que nuestra Sanidad Pública lleva años viéndose desbordada tanto en atención directa al paciente como en financiación y no podemos negar que hay un grueso de enfermedades crónicas que generan un gasto considerable y que están directamente relacionadas con una mala alimentación como son: diabetes tipo 2, hipertensión arterial, cardiopatías y problemas estomacales que requieren inhibidores del ácido (ej. omeprazol).

Desde una perspectiva liberalista quizá se piense: «cada uno es libre de comer lo que quiera y enfermarse llegado el caso», claro, pero sucede que, como bien dice la frase de que tu libertad acaba donde empieza la del otro, quizá también hay que tener en cuenta esta medida dado que la Sanidad Pública la pagamos todos ¿no se grava el tabaco por tener una relación directa con problemas de salud? ¿por qué no hacer lo mismo entonces con los productos con un elevado contenido en azúcares añadidos o en grasas perjudiciales?

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No, diguem no

A principis de setembre d’ enguany, en un dels seus magnífics articles de premsa, Juan Jose Millás deia que “se huele la tormenta política, la tempestad económica, la borrasca social”. Premonició, es diu la figura. Quarenta dies després, mentre que tothom anuncia una “desacceleració econòmica” (bonic eufemisme)  i quan encara patim els efectes de l’increment de desigualtats generat per la darrera crisi (i amenacen d'agreujar- se), la tempesta política ja ha esclatat.

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Pobreza, otra vez, sí…. y cambio climático (y las que más los sufren…)

Lo decimos alto. Nos queremos sin pobreza, defendiendo el planeta, nos queremos estudiando, jugando, nos queremos con un trabajo digno, nos queremos sin guerras, sin hambre, con derechos; en definitiva, nos queremos personas vivas, en toda la amplitud de la palabra. Y un año más, con motivo de la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, desde Pobresa Zero queremos recordar que en el mundo hay casi 2.000 millones de personas para las que estos deseos no son más que utopía. Cuesta pensar las cifras, ¡Otra vez! pero detrás de cada número hay un mundo en caos. Y los números son escandalosos. Más de 1.800 millones de personas en situación de pobreza; y más de 736 millones que subsisten en pobreza extrema…

 

Sí, estamos inmersos en una situación de emergencia, provocada por un sistema económico neoliberal que excluye, sobreexplota y condena a la pobreza a miles de millones de personas… y al planeta… y esto es incontestable. Un sistema basado en la desigualdad y la explotación sin límite de los recursos y en el que la erradicación de la pobreza o la defensa del planeta no son prioridad. 

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Olga Tokarczuk y el abandono de la utopía en la izquierda

La escritora polaca Olga Tokarczuk.

La recién galardonada con el Premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk, vuelca a través de Janina, protagonista de Sobre los huesos de los muertos, la siguiente meditación: “Crecí en una época maravillosa que por desgracia ya es historia. Una época en la que había una gran disposición a los cambios y existía la capacidad de concebir visiones revolucionarias. Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de cómo son las cosas y se retoman ideas antiguas”. Nos hallamos, salta a la vista, ante un diagnóstico certero de la civilización actual. Una civilización hostil con las modificaciones y novedades significativas, huérfana de imágenes alternativas del futuro, condenada a mimetizar el pasado, obsesionada con lo que el mundo es y sorda ante los ecos de lo que debería ser. Estas afecciones nos afectan a todos. Incluso a Janina, embriagada por los recuerdos de una supuesta “época maravillosa”, rendida a la nostalgia manada del ambiente que denuncia.

En apenas cuatro líneas, Tokarczuk recopila los síntomas idiosincrásicos de la crisis de la utopía social. Ni tenemos “disposición a los cambios” ni producimos “visiones revolucionarias”. ¿Por qué ocurre esto? Básicamente, porque el capitalismo tardío goza de una autoridad tal que no logramos concebir la vida sin él. Falto de antagonistas, erguido en cada recoveco de la cultura, inocula su relato al conjunto de la población, siendo así que la creencia según la cual “no hay alternativa” al modelo productivo imperante parece tan de sentido común como la de que “mañana saldrá el sol”. Repárese, si no, en la ciencia ficción coetánea, atiborrada de futuros donde la tecnología posterga o elimina la muerte. Lo llamativo es que dichos logros acontecen, salvo honrosas excepciones, en un contexto socioeconómico análogo al nuestro. Imaginamos desmesuras como el fin de la muerte sin problemas, pero cuando intentamos vislumbrar mañanas postcapitalistas colapsamos.

¿Cuál es la respuesta adecuada a semejante tesitura? A mi entender, la que acepta de mala gana que “no hay alternativa” para precisar, acto seguido, que no la hay de momento y realizar, finalmente, un llamamiento a mejorar ya mismo la realidad. Que estemos faltos de alternativas por ahora no significa que debamos esperar de brazos cruzados. Existen medidas que, si bien no entrañan superar el capitalismo, amplificarían como nunca el alcance de la emancipación. Cuantiosos pensadores progresistas (Thomas Piketty, Olin Wright, Rutger Bregman, Nick Srnicek, Paul Mason, Alex Williams, Jeremy Rifkin y Joseph Stiglitz, entre otros) insisten en un par de ellas: la Renta Básica Universal y la reducción de la jornada laboral. El problema para consumarlas es que la coyuntura pinta peor que la descrita por Tokarczuk. No solo estamos impedidos para abrigar visiones revolucionarias, sino hasta reformistas.

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Voluntad de poder

I

Alfredo Pérez Rubalcaba no necesita abogado. Tampoco psiquiatra aunque me designara, con sorna, su psiquiatra de cabecera. Me ha acompañado toda la vida como Felipe González o Mariano Rajoy. La primera vez que nos encontramos fue un día lluvioso, en su despacho en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense de Madrid. Un edificio antiguo, gélido. Un mastodonte en pie que evoca un sanatorio al que se retiran los tuberculosos a esperar la muerte. Desde el primer momento me confesó que no había conducido su vida política para pensar y hablar sobre ella. A diferencia de otros políticos poderosos, no le fascinaba ver como su historia emocional durante el ejercicio del poder se transformaba en un libro. A sus ojos, tampoco valía la pena hacer participar a los demás en su mismidad. Me descubrió que indagar sin tregua, sea o no bueno para la verdad, no tenía ninguna gracia, ni tenía efectos balsámicos. Cuando descomponía y desmenuzaba intervenciones o escritos suyos como ministro de Interior sufría, incluso en su cuerpo. Recordar aquella etapa era sufrir.

Con el paso del tiempo, en las conversaciones se creó una atmosfera altamente cordial donde iba arrojando sus pensamientos y también sus sentimientos que giraban en torno a la pregunta de cómo cambia la imagen de la política, la democracia, España, Cataluña, Euskadi, ETA si las cuerdas de su vida interior vibran con fuerza hasta hacerse audibles ¿qué realidad queda cuando se adentra en el mar abierto de personajes como Pedro Sánchez, Rajoy, Felipe, Zapatero, Aznar, Junqueras o Ximo Puig con la brújula de las emociones y un guía desconocido? La respuesta se la fue dando a sí mismo, sorbo a sorbo, tembloroso por la falta de entrenamiento en la atención al propio yo, pero con la seguridad de un sonámbulo que se obstina en mirar interiormente aunque duelan cuerpo y alma. Quedaba siempre un amor inmenso que él llamaba “lealtad perruna” a Felipe, aunque este le dedicase una certera bala-epitafio: “Rubalcaba es la mejor cabeza política de España, pero tiene un problema de liderazgo”. Quedaba una ternura profunda, por encima del vallado ideológico, hacia Rajoy, al que consideraba “uno de los últimos de la Transición, es decir, un reformista”. Quedaba también un sentimiento de perplejidad por la manera de alcanzar y sostener el poder de Pedro Sánchez. Y quedaba dolor, mucho dolor, hacia Zapatero, por urdir una tarde de verano con el PP la reforma del artículo 135 de la Constitución que consagraba el austericidio y por las maniobras para hacer naufragar su candidatura a la secretaría general. Sin embargo, Rubalcaba se sentía agradecido por catapultarle al frente del grupo parlamentario y del ministerio de Interior para pilotar el fin de la violencia etarra. La última vez que lo vi su amargura llegó a convertirse en culpa por no haber tenido la suficiente voluntad de poder para imponer al presidente Zapatero su capacidad de poder decir “no” a la reforma constitucional exprés: “Yo podría haberme negado y el grupo socialista me hubiera seguido…no me quiero hacer mala sangre…pero hay que dejar que salga todo esto…bueno tu eres mi psiquiatra de cabecera. Ahora diría que no y si no lo aceptas dimite y vamos a elecciones anticipadas” ¿Demasiado entusiasmo por ser el candidato socialista a las elecciones generales de 2011? ¿Por el honor recibido? ¿Exceso de “lealtad perruna”?

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Contra l’equidistància

Darrerament hem pogut llegir dues mostres inquietants d’una actitud que és, si més no, estranya. O sorprenent. Per un costat, el guru del jove polític Íñigo Errejón (amb el qual ha pactat de cara a les eleccions generals Compromís), el filòsof Villacañas, defensava l’ús dels símbols espanyols, bandera bicolor i himne, sense complexos, també als mítings de Més País, que segons ell no es diu ‘Més Espanya’ per motius tàctics, però que s’hauria de dir així. Ho afirmava en una entrevista publicada al digital El Español, en la qual tot feia pensar -si s’ha de creure la versió publicada- que s’hi plantejava una visió de la formació errejonista com una mena de ‘Ciudadanos’ d’esquerres. Nacional-populista, sí, però fortament espanyolista. Segur que tindran molta matèria de discussió mestre i deixeble, sobre aquestes qüestions, i sobre l’efecte que tot plegat podria tindre a les malaurades nacionalitats no castellano-andaluses, sotmeses a dieta i a amenaces diverses.

Però més enllà d’això, que se situa en el terreny del suposat patriotisme constitucional d’encuny habermasià, però que em sembla que no és tan fàcil ni tan simple en el cas d’Espanya, sobta una altra cosa. Sobta molt -però molt- la valoració de l’única experiència democràtica efectiva de l’Espanya contemporània, que fou la Segona República (1931-1939). Una experiència que per aquesta raó hauria de ser l’espill i el referent valuós d’una democràcia autèntica. ¿Perquè on trobaríem, si no, un referent democràtic on emmirallar-nos a l’Espanya contemporània? ¿A la Restauració oligàrquica i pseudodemocràtica, que marginava i oprimia la majoria social? ¿A la Dictadura de Primo de Rivera? ¿A la del general Franco? Diu Villacañas:

“La Segunda República fue derrotada quizá y sobre todo por sus monumentales errores. No generó un mito suficientemente estable ni imitable. Nuestros padres lucharon por ella y eso nos afecta sentimentalmente, pero también nos enseñaron la aceptación no resentida de la derrota”.

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Thomas Cook podría haber sobrevivido (pero no lo hizo)

La quiebra de Thomas Cook ha generado un auténtico tsunami en el sector turístico. Estos días todos hablan de las repercusiones que tendrá la caída del turoperador británico. Es lógico, no en vano, enviaba a España una media de siete millones de turistas anuales.

Pero ante esta situación de catarsis quiero sacar la parte positiva de todo ello. En lugar de lamentarnos, tratemos de aprender. Así que aquí van mis reflexiones sobre qué debe hacer nuestra empresa para evitar acabar en una situación así.

Los pilares para que tu compañía perdure son, básicamente, tres. La primera es saber adaptarse a los cambios. Da igual que tenga 50 años de historia o 5. Será más fuerte aquella que sea dinámica, versátil y sepa adaptarse y Thomas Cook no lo ha hecho. Le afectó la Primavera Árabe y el Brexit, además de otros factores endógenos.

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Un nuevo relato de la identidad valenciana

La Jove Muixeranga de València, durante la Procesión Cívica del 9 d'Octubre.

1.- ¿Es necesario reflexionar, debatir, construir un relato renovado para la Comunitat Valenciana, el relato de un nuevo valencianismo en esta nueva era? Quizá no sea imprescindible. Pero sí muy útil. Entendemos aquí por relato el conjunto de discursos que articulen las diversas prácticas sociales referidas al territorio y al conjunto de la población valenciana, dándoles un horizonte de sentido. Tal cosa aporta significados simbólicos a la acción y ayuda a promover la cohesión territorial y social.

2.- El nuevo relato debe ser laico, negando cualquier sentido de trascendencia, cualquier esencialidad historicista al pueblo valenciano. La Historia es una herramienta cultural y científica de conocimiento pero no puede ser un determinante absoluto del futuro, una prisión para la imaginación política. Demasiadas veces los valencianos y valencianas, o una parte minoritaria de ellos, entendiendo debatir sobre lo que somos, debatieron sobre lo que fuimos o, mejor dicho, sobre lo que creímos haber sido o sobre lo que nuncallegamos a ser. Contra la nostalgia, casi siempre injustificada, debemos centrarnos en el ser histórico actual, en nuestra modernidad, y superar el deber ser como un castigo emocional. Apostando por la consolidación una identidad proyecto más que por una identidad para la resistencia, recordando a Castells. En tiempos de repliegue, de sociedades paralelas o rotas, de resurgir de nuevas identidades y de fracturas culturales, la realidad social y cultural, hoy mayoritaria en la CV, permite pensar en esa posibilidad de apostar por una identidad proyecto como una de sus fortalezas, legitimadora y con capacidad de construir más sociedad civil.

3.- El nuevo relato no puede construirse como glosa de paradigmas anteriores ni como negación de los mismos. No puede tomar como referencia el ser fusteriano o antifusteriano, sino los cambios de la realidad valenciana. En cierto modo los paradigmas previos deben ser objeto de crítica intelectual, tanto en su contenido discursivo como en sus consecuencias prácticas. Esa crítica deberá partir no tanto de sus resultados, como de la ausencia de un uso de las categorías que permiten en la actualidad una mejor comprensión de los fenómenos identitarios y nacionales y que no fueron utilizados en los años 60 o 70 del siglo XX.

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Un relat nou de la identitat valenciana

La Jove Muixeranga de València, durant la processó cívica del Nou d’Octubre.

1.- Cal reflexionar, debatre, construir un relat renovat per a la Comunitat Valenciana, el relat d’un valencianisme nou en aquesta era nova? Potser no és imprescindible. Però sí que és molt útil. Entenem per relat el conjunt de discursos que articulen les diverses pràctiques socials referides al territori i al conjunt de la població valenciana, que els donen un horitzó de sentit. Això aporta significats simbòlics a l’acció i ajuda a promoure la cohesió territorial i social.

2.- El nou relat ha de ser laic, ha de negar qualsevol sentit de transcendència, qualsevol essencialitat historicista al poble valencià. La història és una eina cultural i científica de coneixement, però no pot ser un determinant absolut del futur, una presó per a la imaginació política. Massa vegades els valencians i les valencianes, o una part minoritària, entenent debatre sobre allò que som, han debatut sobre allò que vam ser o, més ben dit, sobre allò que hem cregut haver sigut o sobre allò que mai no hem arribat a ser. Contra la nostàlgia, gairebé sempre injustificada, hem de centrar-nos en l’ésser històric actual, en la nostra modernitat, i superar l’hem de ser com un càstig emocional. Apostar per la consolidació d’una identitat projecte més que no per una identitat per a la resistència, recordant Castells. En temps de replegament, de societats paral·leles o trencades, de ressorgiment de noves identitats i de fractures culturals, la realitat social i cultural, hui majoritària a la CV, permet pensar en aquesta possibilitat d’apostar per una identitat projecte com una de les seues fortaleses, legitimadora i amb capacitat de construir més societat civil.

3.- El nou relat no es pot construir com a glossa de paradigmes anteriors ni com a negació d’aquests paradigmes. No pot prendre com a referència el fet de ser fusterià o antifusterià, sinó els canvis de la realitat valenciana. En certa manera els paradigmes previs han de ser objecte de crítica intel·lectual, tant pel que fa al contingut discursiu com a les conseqüències pràctiques. Aquesta crítica ha de partir no tant dels resultats com de l’absència d’un ús de les categories que permeten actualment comprendre millor els fenòmens identitaris i nacionals, i que no es van utilitzar en els anys 60 o 70 del segle xx.

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