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Agramunt, Zaplana, Camps, Fabra...

Com de desesperada havia d’estar la dreta econòmica i política valenciana -que sempre ha pensat que el poder li pertany per dret propi, per això són els més rics- per a triar, durant el llarg període de Joan Lerma com a president de la Generalitat Valenciana, uns dirigents com els que va triar. Pedro Agramunt arribà a president del PP i candidat a la Generalitat, després d’exercir càrrecs representatius en la patronal, però no donava la talla. El gendre de Sáez Merino aprofitava per al que aprofitava, que era poc. Havia estat membre de la Tuna universitària i mamporrero d’extrema dreta a la Facultat de Dret. El descavalcaren sense estrèpit i, ell, quasi alleujat. Després un exili molt daurat i farcit de càrrecs senatorials, continuà vivint la vida fins que, pensant-se que ací val tot i endevina qui t’ha pegat, va traslladar a Europa la seua manera de fer, i allà -paraules majors!- va fallar l’invent. Tardà un temps, però es destapà. La imaginació dels nostres novel·listes, la veritat, no dona per a tant com donen les aventures de Pedro Agramunt amb intermediaris, sicaris sirians, delinqüents d’Azerbaijan, el caviar, les hostesses, en fi, tot això. Al Consell d’Europa ja han dit que prou, i s’ha acabat. Inhabilitat.

Aquesta dreta que considera el solar valencià de la seua propietat va permetre la irrupció bàrbara d’un populista avant la lettre en temps encara no populistes, com era Vicente González Lizondo. Un representant, un comercial, d’una firma de pinzells que es casà amb la filla de l’amo i pujà socialment, però sense refinar-se gens ni mica. I és que han de passar unes quantes generacions perquè els nous rics assimilen les maneres, el gust i la prestància pròpies de la gent de diners de tota la vida. A València, la peculiaritat és que per moltes generacions que passen no acaben de consumar. Ni maneres, ni gust, ni prestància. L’estètica neobarroca o insulsa (tipus Corte Inglés), els quadres de bodegó o escenes de caça que decoren les cases, els tresillos i les làmpades de llàgrima (panorama molt ben descrit per Martí Domínguez), delaten d’una hora lluny les mancances d’aquesta gent, per molt rics que siguen. Lizondo va rebre molts suports, però el seu discurs no inspirava tampoc massa confiança. Era bastant impresentable, amb la seua pinta de plebeu, de cambrer suat, de subaltern atrotinat a qui mai li ajustava el coll de la camisa... Tenia, a més, un punt d’imprevisible, per la seua demagògia innata, que no acabava de fer el pes. Ell deia que era nacionalista. Nacionalista valencià. Home... Era un poc com el Carles Recio de la política. Aquest en el terreny intel·lectual. Inquietants. Al final el varen arxivar a la presidència de les Corts. Havia fet massa vegades el ridícul. Un individu que es vantava de no haver llegit mai cap llibre pot ser útil durant una temporada, però per als assumptes seriosos millor una altra cosa.

I en això arribà Zaplana, un liberal per al canvi, que era el títol del llibre que li va confeccionar el periodista i ex militant del PC Rafa Marí. El transformisme havia començat.  El transformisme de tota una fauna que va veure camp obert per a grimpades impensables. Com aquest periodista de Las Provincias, com Maria Consuelo Reyna, que li posà pis i li presentà el “tot” València... I d’ací en amunt. Tota una legió molt nodrida d’artistes -molts artistes-, professors, periodistes, empresaris, filòsofs, aspirants a polítics, que s’havien desesperat de Joan Lerma i la seua morigeració i avara povertà proverbials (com un fill de botiguers del Cabanyal, que s’hagueren establert amb suor i pas a pas, Lerma mai no va estirar més el braç que la màniga, i aquest fou el seu “pecat”)... varen caure retuts davant un Eduardo Zaplana que ho prometia tot, que no tenia cap complex, que es menjava el món, que no era cap beato, sinó un viva la virgen, un emprenedor que volia posar “la Comunitat” al mapa. I tant que la va posar. Però al mapa del descrèdit.

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Sus guerras, nuestros cuerpos

Campo de desplazados de Al-Manjorah, en Hajjah, donde Oxfam proporciona agua potable a cerca de 20.000 personas

En la actualidad hay cerca de 40 conflictos armados activos en todo el mundo. Algunos son recientes, pero otros llevan muchos años sucediéndose. Cuando escuchamos, vemos o leemos noticias sobre estas realidades, normalmente pensamos en los crueles hechos, las muertes, las crisis humanitarias o la cantidad de desplazados globales como consecuencia de la violencia. Cuestiones de vital importancia que han de ser reflexionadas por una ciudadanía global crítica.

Sin embargo, no siempre se tiene en cuenta lo que supone ser mujer en estos contextos de violencia generalizada. Los conflictos armados no afectan a todos por igual, porque hay colectivos que parten de una previa desigualdad estructural y sistémica. La violencia sexual contra las mujeres, las adolescentes y las niñas, en estos contextos, ha sido una constante histórica tolerada por militares, paramilitares u otros actores gubernamentales. Pero, no siempre se ha dado de la misma forma, tal y como recoge María Julia Moreyra en su libro Conflictos armados y violencia sexual contra las mujeres.

Antes de 1990 dicha violencia era invisibilizada y trivializada, se consideraba una cuestión privada que quedaba justificada como un producto inevitable de la guerra. Las mujeres éramos una recompensa a los combates de los hombres, que se libraban sobre nuestros cuerpos. Durante el siglo XX, considerado el siglo de las guerras, se sucedieron multitud de enfrentamientos en los cuales mujeres y niñas fueron víctimas de una violencia sistemática. En este sentido, se han documentado múltiples informes de mujeres que han sufrido todo tipo de abusos y vejaciones en contextos de guerra.

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¿Quién se acuerda de Zaplana?

Ya saben ustedes que Eduardo Zaplana ha sido detenido. La noticia sale en todas partes. La pregunta del millón es por qué los medios de comunicación que antes lo paseaban en andas ahora le escupen su desprecio. Lo mismo pasó con Alfonso Rus, que dominaba casi todos los medios con la pasta de la Diputación y luego lo negaron más veces que San Pedro a su señor Jesucristo. Hasta hace dos o tres días, Zaplana era un tipo amortizado para la prensa. No interesaba a nadie. Ya sé que soy un asco de pretenciosidad si digo que a mí sí, que nunca le perdí la pista, que me negaba a aceptar su absolución simplemente porque el dinero lo puede todo. Y ya ven ustedes: el dinero no lo puede todo. Casi todo, sí. Pero no todo. Por eso, el texto que sigue a partir de este punto y aparte no es nuevo. Salió publicado en este mismo diario y con ese mismo título el 28 de septiembre de 2016. Algún día igual escribo lo que digo de Alfonso Rus y cómo mandaba más que nadie en la prensa de la ciudad de València. Ahora va lo de Zaplana.

De Eduardo Zaplana ya no se acuerda nadie. Y menos aún en estos días en que todas las noticias hacen referencia al descuartizamiento de Pedro Sánchez cortado a pedacitos, sin compasión alguna, por la cuchillería infame de su propio partido. Para aliviar una miaja la presión sobre ése y otros asuntos que copan las primeras páginas de los medios de comunicación, refresco algunos datos de su biografía -la de Zaplana, digo-, una biografía que él mismo se ha escrito en forma de memorias y que será publicada el próximo noviembre. Fue alcalde de Benidorm con la ayuda de una tránsfuga socialista en 1991. Poco a poco fue ascendiendo en el organigrama del PP. Llegó a Presidente de la Generalitat, cargo que desempeñó de 1995 a 2002. En esa fecha, Aznar lo nombró Ministro de Trabajo y también ejerció de portavoz de su gobierno. Cuando estallaron los trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004, se convirtió en el principal portavoz de las mentiras inventadas por Aznar y su gobierno para adjudicar a ETA la masacre. Hace unos días, con motivo de la presentación adelantada de sus memorias, aún aseguraba en una cadena de radio que no estaba clara la autoría de los atentados de Atocha y sus alrededores.

Pero la imagen más difundida de Zaplana es de 1990, cuando estalló el caso Naseiro: el primer caso, al menos el primero conocido a bombo y platillo, de corrupción en el Partido Popular que tuvo de protagonista a uno de sus tesoreros. La policía graba una conversación entre el entonces concejal del PP en el Ayuntamiento de Valencia, Salvador Palop, y su colega de partido Eduardo Zaplana. En realidad, la policía investigaba por cuestión de drogas al hermano de Palop. Pero pilló infraganti a Zaplana mostrando sus precoces aspiraciones en el mundo de la política. Las frases exactas fueron las siguientes: “me tengo que hacer rico porque estoy arruinado, Voro”. Y poco más tarde, en la misma conversación, la que remataba aquellas aspiraciones: “tengo que ganar mucho dinero para vivir. Ahora me tengo que comprar un coche. ¿Te gusta el Vectra 16 Válvulas?”. Y aún más adelante, le cuenta a Palop que piensa hacer negocios en la Expo de Sevilla: “Vamos a vender y a comprar, y a hacer de intermediarios”.  Y aún con más detalle explica lo que quiere decir, por si no había quedado claro: "Tú haces de intermediario de la venta (de un solar de Benidorm), que yo no puedo, y tú pides la comisión a Javier Sánchez Lázaro, ¿eh? Y luego nos la repartimos bajo mano". El aludido Sánchez Lázaro había sido senador del PP por Extremadura, andaba metido en negocios inmobiliarios y ya pagó comisiones al PP en su momento por recalificaciones de terrenos. Su nombre ha vuelto a salir ahora con motivo de los papeles de Bárcenas. Las grabaciones ordenadas por el juez Manglano de la conversación entre Zaplana y Palop no fueron admitidas como prueba de un posible delito.

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La anomalía democrática que censura la crítica

El día de hoy marca un punto de inflexión respecto al alarmante retroceso que viene sufriendo la libertad de expresión en todos territorios del Estado. También en Valencia, donde la reciente cancelación de un concierto “por motivos políticos”, nos urge a recordar que el derecho a la libertad de expresión ya aparece reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), Art. 19:

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Igualmente lo encontramos en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (Art. 19.2), y por último en la Constitución Española (Art. 20), donde se le otorga rango de derecho fundamental, goza de todas las garantías institucionales y debe ser amparado como uno de los pilares básicos en un Estado de Derecho.

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El Reglamento General de Protección de Datos: los retos del 25 de mayo

Para la mayor parte de nuestra sociedad es posible que el 25 de mayo sea un día más, con sus quehaceres cotidianos. De hecho, es posible que la mejor noticia del día, -discúlpeme eldiario.es-, es que no haya noticias. Que nada nos sobresalte y nos deje sin resuello. Tal vez así, no se cumplirá el vaticinio de Mafalda y por una vez lo urgente nos dejará tiempo para lo importante.

El 25 de mayo se aplicará plenamente el Reglamento General de Protección de Datos ( RGPD). Las lectoras y los lectores probablemente se habrán dado cuenta al haber recibido no menos de 10 mails en los que alguien les dice “Vd. debe leer esta información y consentir en que tratemos sus datos”. El tono ya es otra cosa, quien escribe ha recibido mensajes de todo tipo, desde el aséptico “en cumplimiento de”, hasta el educadamente amenazante “si no acepta ya nunca más…”, pasando por el lastimero “lamentaríamos perderte”. Pero todos ellos ponen de manifiesto un elemento nuclear: la norma empodera a las personas. Es probable, que el RGPD cambie en parte nuestras vidas, aunque no lo notemos. Cabe intuir que seguiremos sin leer ni una sola vez una política de privacidad e incluso nos parecerán molestas.

Sin embargo, las cosas ya nunca serán igual. En primer lugar, porque ahora existe una única norma para toda la Unión y con un poder de disuasión altamente coactivo. Quienes traten nuestros datos ya no podrán escoger el país más benévolo, y cuando se trate de servicios de la sociedad de la información no podrán alegar que se encuentran fuera de la Unión Europea para no sentirse obligados. Además, ya no podrán hacerse cálculos de rentabilidad con la infracción. Ya no será rentable infringir cuando el límite sancionador alcanza los veinte millones de euros o el 4 % como máximo del volumen de negocio total anual global del ejercicio financiero anterior.

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Memento mori, Zaplana

La detención de Zaplana ha sorprendido tanto como era esperada. No es necesario recordar la influencia, la capacidad de seducción y el poder que acumuló el cartagenero que consiguió la alcaldía de Benidorm tras una buena boda, un “marujazo”-censura y convenientes amistades de nuevos ricos que le prometieron su sueño: un Opel Vectra de 16 válvulas.

La leyenda sobre su eterno bronceado, las camisas de 200 euros compradas por docenas, su sonrisa blanqueada, sus affaires femeninos, la idolatría de su tropa...ha forjado la imagen del icono de una época que comenzó con él: el nuevo rico, el “puto amo”, el poderoso, el intocable, aquel a quien todos quieren parecerse y quieren acercarse. No hubo nadie que se atreviera a susurrarle memento mori?

En la Vega baja sabemos mucho de Zaplana. Como un Cesar intocable también aquí estableció un campamento de legionarios segundones que jamas usaron la gomina con tanta gracia. Hace unos meses, se filtró una foto a la prensa en la que Zaplana comía en el restaurante El Chanos de Molins con algunos de sus acólitos territoriales en la Vega Baja. Entre ellos, el ex alcalde de Callosa Javier Pérez Trigueros, el ex alcalde de Dolores, concejales y Pedáneos del PP de Orihuela y la ex alcaldesa Monica Lorente.

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¡Que me aspen!

A este paso, los generadores eólicos, los molinos de viento, van acabar crucificando al expresidente valenciano. Un Quijote fiscal deberá ahora escrutar esas concesiones de ventiladores que ya puso en apuros judiciales a otro expresidente valenciano, José Luis Olivas, que agilizó una venta de acciones en ese negocio renovable al sobrino de Juan Cotino, un superhéroe del mal, que dice meter la mano sin querer, y que fue conseller, vicepresidente del gobierno valenciano y presidente del Parlament. Cotino ha sido, sin duda, la mano que meció la cuna en los negocios familiares de su sobrino, un reconocido donante de fondos al PP para sus menesteres en las campañas electorales, según confesión propia en sede judicial. El también exdirector de la Policía, amén de los supuestos delitos recogidos en la operación Erial acabada de destapar, tiene muchos más flecos que se sepa en otros tantos asuntos turbios. Ya se ha vinculado a este beato de Chirivella con la distracción de dinero de todos gracias a la gira apostólica del Papa por Valencia. Ahora con esta trama, según  la operación policial en curso, los Cotino de toda la vida pudieron amasar hasta 40 millones de euros por esas concesiones del mapa eólico. No está nada mal.

Ese paisaje de los molinos, que colonizan montes y cimas valencianas, marcará en el horizonte, como el toro de Osborne, la altura que alcanzó la riada de corrupción y las inundaciones de podredumbre que nos encharcó hace bien poco. El lugarteniente de Zaplana, el exdiputado bronca del PP, Vicente Martínez Pujalte, otro que tal, también le fue bien con las gestiones a favor de los molinos eólicos en Castilla y León. Este parlamentario hooligan cobraba por asesoramientos verbales en el bar. Sin disimular ni un ápice, con un par. ¿Saben quién era el ministro de Medio Ambiente cuando el apogeo de las concesiones eólicas? El expresidente balear, Jaume Matas, entre partida de pádel y de golf, era la perfecta tapadera para hacer esos negocios. El Eje de la Prosperidad era una denominación que se daba a aquellos años a territorios gobernados por una pandilla de forajidos que ahora reconocemos como el eje del mal. Todos ellos cortesanos fieles del presidente Aznar y de su consorte, la nefasta alcaldesa de Madrid, Ana Botella.

Eduardo Zaplana tenía, sin duda, un sexto sentido para descubrir yacimientos de dinero público de donde poder extraer cantidades enormes de fondos para él y sus amigos. Lo raro ha sido destaparlo todo tan tarde. El esquema de su asalto al botín fue descubierto en un, qué menos, falso techo. Allí figuraba el plano del tesoro de los valencianos y la lista de algunos compinches de la banda que reunió para efectuar los hurtos, blandiendo el DOGV, entre vítores de los damnificados y el voto cautivo de sus incondicionales. “Merlín” Zaplana convertía todo lo que tocaba en oro. Nada más aterrizar en el Palau privatizó el negocio más suculento y rentable de la administración autonómica, las ITV; en Catalunya, Oriol, del clan familiar de los Pujol, haría luego lo mismo. El resultado de la rapiña fue de aúpa. Comenzaba el pillaje indiscriminado.

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Todos los hombres del PP, o casi

Dice la RAE, la Real Academia Española, que honorable es un tratamiento especial que se destina a algunas personas por el lugar que ocupan. Así lo hace la Ley de los expresidents de la Generalitat Valenciana de 2002, que les reconoce a quienes ostentaron el cargo de President la condición de Molt Honorable con carácter vitalicio. Una condición pensada para las personas que han servido a la Comunitat Valenciana desde la más alta magistratura y que por ello han de tener presencia social por haber servido con dignidad y decoro en el ejercicio de su cargo.

No merecen tal reconocimiento los hombres del Partido Popular. No están hechos para él ni por asomo. Tres de los cuatro expresidents de la Generalitat del PP valenciano se han sentado en el banquillo por causas muy graves. En los juicios en los que han sido encausados hay enriquecimiento personal, corrupción, perjuicio para las arcas públicas valencianas -que seguimos pagando aún- y un daño reputacional para nuestras instituciones sin precedentes.

Tres de cuatro, son los nombres marcados a fuego por la corrupción. José Luis Olivas ya está condenado por sentencia firme. Francisco Camps está imputado, rodeado y señalado en todas y cada una de las tramas corrupción valenciana, la última la Fórmula 1. Y ahora Eduardo Zaplana, el gran Zaplana que siempre había conseguido escaparse intacto. El tiempo transcurrido se ha negado a pasar página. Ha sido detenido por blanqueo de capitales, supuestamente por comisiones cobradas durante el ejercicio de su cargo de President de la Generalitat por adjudicaciones de las ITV. Confiemos en que Isabel Bonig que todo lo relaciona con Cataluña, esta vez pueda hacerlo con razón, porque allí el clan de alevines del Molt Honorable Pujol también encontraron en las ITV el gran negocio familiar por el que fueron imputados. Mucho me temo que esta vez, Zaplana no pasará la ITV.

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Salvadores de la patria

En 1938 José Herrera Petere, escritor republicano y comunista, publicó la novela Acero de Madrid. La escribió en las trincheras de la guerra civil y fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura ese mismo año. En esa novela, un propagandista de la Falange Española de las JONS, “cuya sola enunciación -escribe el autor- es ya de por sí una palabrota de las más groseras”, gritaba sus consignas por todas partes. Predicaba el propagandista faccioso la urgente salvación de la Patria ante el “marxismo asiático”. Y esa lucha había que hacerla “con un estilo nuevo, con un estilo juvenil, renovador. La salvación de España tiene que ser ante todo un movimiento juvenil y un movimiento español”. Unas líneas después, seguía con su encendida soflama: “Yo os aseguro que la Falange es la única fuerza capaz de aplastar definitivamente el movimiento marxista español”.

Aquí hago un inciso y los invito a ustedes a cambiar la palabra Falange por la palabra Ciudadanos.

¿Qué, cómo les ha quedado el cambio de una palabra por otra? ¿Ha cambiado mucho el significado de la frase o se ha quedado prácticamente igual, sólo que con una diferencia de ochenta años entre aquella España que contaba José Herrera Petere y la de ahora mismo?

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Ramir Reig in memoriam

Deu ser cosa de l’edat, coses del cicle de vida, així m’ho asseguren i m’ho suggereix també la raó, però vertaderament es fa difícil avenir-se’n. Em costa. En poc de temps he perdut una sèrie de grans amics i companys, de gent molt propera, que m’entela l’ànim, i no puc fer-hi res. Ara entenc encara més la frase de Gil-Albert, que obre el seu Concierto en “mi” menor: “La mort dels altres m’ha impressionat sempre més que la idea de la meua pròpia, de la meua mort.” Amics tan estimats com Josep Bertomeu o Doro Balaguer han mort recentment. El meu germà Jacobo, fa molt poc. I ara ens ha deixat Ramiro Reig, a qui  anomenàvem Ramir.  

Amb Doro Balaguer, Bertomeu i Ramir manteníem l’amistat des dels anys setanta, aviat és dit!, quan ens vàrem trobar en l’aventura -tan estimulant- de participar amb molta més gent en la tasca de posar dempeus un partit, el PCPV, a partir de les organitzacions provincials del PCE. Fou una època intensa i vibrant, amb una fase ascendent i creativa (1974-1978) i una altra de conflicte intern i de decepcions, de davallada. Per a mi tot allò s’acabà el 1980.

Vaig conèixer, doncs, Ramir Reig al Comité Central del Partit Comunista del País Valencià. Paradoxal situació, aquesta. Un sacerdot jesuïta que era un militant destacat del moviment obrer, de Comissions, i alhora quadre del partit, membre de la direcció d’un partit marxista i revolucionari. Una situació que trencava esquemes, no apta per a esperits simplistes. Però cap problema. L’acceptació mútua i sincera, el compromís i la solidaritat, la proximitat, hi varen ser tothora la norma. Ramir Reig personificava com pocs la nova època. El punt i a banda. La reconciliació.

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