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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

El Athletic Club blanqueando dictaduras teocráticas medievales

Jugadores del Athletic Club, durante un entrenamiento en Yeda previo a la Supercopa

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No. No son los efluvios del roscón de los Reyes Magos ni de haber dado cuenta de las botellas de cava restantes. Tampoco se trata de nada creado mediante la Inteligencia Artificial. Me he tenido que frotar los ojos cuando he recibido este ‘tuit’ desde el perfil oficial en X del Athletic Club.

No daba crédito y sólo hace falta ver que no debía ser el único que, al verlo, ha dejado un comentario. Y van todos en la misma línea. Mi comentario ha sido escueto, pero del todo claro: “Buen sitio. Al menos han suspendido 15 días las ejecuciones para que no puedas grabarlas. Vergonzoso participar en esa pantomima e intentar blanquearla. Se conoce como 'sportwashing'”.

Como ven, quien haya publicado ese contenido en los perfiles de la página oficial del Club solo debería tener dos salidas. Ir a hacer la cola a Lanbide nada más llegar de Arabia Saudí o decir quién le ha autorizado a publicar semejante despropósito en la página oficial del club. Y si dijese quién se lo ha autorizado, sea un empleado de mayor rango o un directivo, el camino del primero sería idéntico (Lanbide) y, de ser un directivo, su inmediata dimisión.

Vamos a ver, lo que han hecho (manchando la reputación del club) es una deleznable práctica deportiva conocida como 'sportwashing’. La definición de esa práctica es la siguiente: el término se vincula cada vez más con los principales eventos deportivos del calendario, desde mundiales de fútbol hasta Juegos Olímpicos, y afecta la percepción de clubes y organizaciones. El blanqueo de reputación es el objeto del deseo de gobiernos con pobre o discutible récord de Derechos Humanos y de marcas y empresas con política medioambiental reprochable o escándalos de corrupción. El deporte parece el escenario perfecto para esa operación.

El ‘sportwashing’ (que se traduce al castellano como como “lavado deportivo”) es la utilización del deporte como una vía para mejorar la percepción pública de una institución (sea una empresa o un Gobierno) o incluso de individuos que necesiten reparar o apuntalar su reputación. Es una práctica con muchas modalidades, que van desde organización de eventos con fines propagandísticos hasta el patrocinio de competiciones, equipos o figuras específicas, pasando por la compra directa de clubes deportivos.

El objetivo en todos los casos es aprovechar la proyección positiva que este tipo de asociaciones pueden generar para mejorar la propia imagen. O usarlas como cortina que permita desviar la atención de facetas poco favorecedoras del desempeño público. La neutralidad del deporte, consagrada en la Carta Olímpica y en asimilado dicho popular de que no se mezcla deporte y la política, brinda una excusa perfecta.

Ese subterfugio seguramente no se encontrará en otros fenómenos masivos, como las artes y el espectáculo, donde las posturas críticas son permitidas e incluso en algunos casos reclamadas. Una entrega de premios, un festival o el estreno de una película suelen ser el escenario ideal para conocer las opiniones de las celebridades sobre el calentamiento global, las políticas migratorias o cualquier otro aspecto del acontecer nacional y mundial. De los atletas, eso no sólo no se espera, sino que incluso en ocasiones se cuestiona. Hay coartadas que facilitan el acercamiento de intereses entre las organizaciones deportivas necesitadas de apoyo comercial y los mecenas con dudosa reputación.

Mohamed bin Salman

Por una parte, la asignación de grandes eventos es presentada como una oportunidad de evitar que el aislamiento empeore la situación que se le cuestiona al potencial anfitrión o patrocinador. La asociación con el deporte es vista como una vitrina que obligará a hacer cambios desde el interior del país cuestionado, como si la exposición al escrutinio público fuera por sí sola suficiente para mejorar los Derechos Humanos u otras políticas más allá de la fecha del evento. La propia Federación Española de Fútbol, organizadora de semejante despropósito a miles de kilómetros de Las Rozas llegó a decir que se iban a lograr considerables mejoras para el fútbol profesional femenino.

Y, claro, pese a que nos traten como a idiotas de baba, la primera pregunta que se nos ocurre es de cajón: ¿Por qué no se juega la final y semifinales de la Supercopa femenina en esos países? No. Ésas se juegan en el vertedero-escombrera de La Cartuja (Sevilla). 

Los mundiales de fútbol de Rusia 2018 y Catar 2022 demostraron que en la práctica este argumento no es más que una excusa que esgrimen las grandes organizaciones deportivas -como en este caso la FIFA- para eludir los cuestionamientos por sus decisiones.

La percepción sobre Rusia mejoró temporalmente, pero cuatro años después de ser sede mundialista, estaba suspendida del deporte por la invasión a Ucrania. En Catar, mientras tanto, el torneo solo sirvió para llamar la atención mundial sobre la situación de los trabajadores migrantes (mayoritariamente nepalíes y pakistaníes que caían como moscas de los andamios a 50 grados al sol), pero no necesariamente para mejorarla.

“Es un poco de cielo azul en un día gris”, dijo en una ocasión el presidente de la Unión Ciclista Internacional, David Lappartient, al ser cuestionado por llevar el mundial de carretera a Ruanda. Es el mismo que se negaba a retirar un equipo ciclista sionista de la Vuelta Ciclista a España. El resto de esa historia, que empezó y terminó como el rosario de la aurora, ya la pudieron ver en directo o por televisión.

Las experiencias de Rusia y Catar demuestran que el cielo se nubla nuevamente, y que todo vestigio celeste desaparece apenas se clausura el evento. La otra ventaja que el deporte encuentra en asociarse a benefactores cuestionados es que estos no siempre responden a la dinámica de rendición de cuentas, ni a la necesidad de preservar el favor de sus votantes, de modo que pueden seguir adelante con proyectos impopulares sin temor a las consecuencias. Resultados adversos en referendos consultivos dieron al traste con las intenciones de Hamburgo de presentar una candidatura para los Juegos Olímpicos de 2024, y frustraron otra media docena de potenciales postulaciones, sea para los Juegos Olímpicos de invierno o de verano.

Las tendencias cada vez más críticas en torno a la organización de grandes eventos han dejado el camino libre para gobiernos que no están obligados a dar explicaciones, como las monarquías petroleras de Medio Oriente (dictaduras teocráticas medievales), y les ofrecen una oportunidad de lujo para presentar una versión más “potable” de su desempeño.

Pero el mayor caso de uso del deporte para propósitos de mejorar la reputación se ha dado en el golf, con el surgimiento del LIV Golf, el circuito respaldado por el Fondo de Inversión Pública saudí (FIP), que preside el controvertido príncipe heredero Mohamed bin Salman, que estará sentado en el palco de la Supercopa, entre otros, con los directivos del Athletic Club. 

Este sujeto es el que ordenó el asesinato y el descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi. Simplemente decimos que quien se sienta al lado de un asesino le está blanqueando pero mejor que no diga nada, que tampoco quiero ver al presidente de mi club regresando troceado a Bilbao.

Sigamos con lo anterior: cientos de millones de dólares fueron usados para atraer a varios de los mejores jugadores del mundo. El circuito nació con un poder tal que pudo desmembrar (curioso verbo) el monopolio global del PGA Tour, que abarca también al DP Tour europeo.

Ahora el cuestionado FIP no solo maneja la mitad más rica del golf mundial, sino que es dueño del 80% de las acciones del Newcastle de la Premier League, tiene asignada la sede del mundial de fútbol de 2034, organiza la Supercopa de España (que es de lo que va este artículo), atrae grandes figuras a la Saudí Pro League, es sede de un Premio de Fórmula 1, y ahora también tiene un contrato de tres años para escenificar las finales de la tenística WTA.

El concepto de ‘sportwashing’ ha sido acuñado de forma más o menos reciente, pues se usó por primera vez cuando Azerbaiyán, un país cuestionado por la situación de los Derechos Humanos y los escándalos de corrupción, recibió la sede de los Juegos Europeos de 2015.

Pero la intención de mejorar la reputación a través del deporte puede ser rastreada en ejemplos mucho más antiguos, como la Copa del Mundo de 1978 en pleno apogeo de la sangrienta dictadura militar en Argentina. Otro caso es el mítico combate en Zaire (hoy República Democrática del Congo) entre Muhammad Ali y George Foreman en 1974, producto de un acuerdo entre el promotor Don King y el presidente Mobutu Sese Seko, considerado históricamente como el epítome del dictador africano.

Incluso los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, en la Alemania nazi, con Adolf Hitler como anfitrión, pueden ser el primer gran ejemplo de blanqueo de imagen por medio del deporte, pero como vemos, no el último. 

Pues bien. Todo esto lo acaba de intentar el Athletic Club mediante una publicación vomitiva en la red social X. Lógicamente, no se pueden pedir explicaciones a nadie hasta la próxima asamblea ordinaria, pero dicha asamblea supera el mandato de la actual Junta Directiva. En este sentido (y lo digo como socio-compromisario del Athletic Club) fueron pedidas explicaciones y futuras acciones a la Junta Directiva. En la asamblea general ordinaria de 2024 lo planteamos desde la tribuna de oradores y la respuesta por parte de la Junta Directiva fue que “algo harían”. ¿Y qué hicieron? Pues nada.

Una columpiada en la que cometen un error de manual: no estaban contestando a un socio-compromisario, sino que estaban contestando a el conjunto de la asamblea que, estatutariamente, es el máximo órgano del club (por encima de esa Junta Directiva). En la de 2025 insistimos sobre este sinsentido y optamos a introducirlo como un punto del orden del día. El club se negó a insertarlo (cosa que, de forma cautelar, podría haber sido recurrida hasta el punto de impugnar la propia asamblea) pero, por aquello de no generar una situación enrevesada, optamos por pactar una especie transaccional donde la Junta Directiva se comprometió a llevar a cabo una serie de medidas de las que, a día de hoy, no tenemos noticia alguna en ningún sentido. Y nos vuelve a sonar a columpiada, sobre todo, cuando vemos publicados este tipo de censurables contenidos en las redes sociales oficiales del club.

Decíamos antes que la actual Junta Directiva no llegará como tal a la siguiente asamblea general de 2026, y que, por medio, en teoría habría unas elecciones. Sabemos que el actual presidente, Jon Uriarte, ha anunciado su intención de repetir otro mandato. Aquí pueden ocurrir dos cosas: que se presente en solitario o que se presente otra plancha. Lo idóneo es que ocurriese lo segundo, ya que obligarían a los candidatos que optasen a la reelección a presentar un programa electoral. Y sería ahí cuando se les solicitaría que pusieran, negro sobre blanco, la postura de sus hipotéticas candidaturas.

Sobre todo, cuando este ‘affaire’ de prestarse a este tipo de blanqueamiento es constatado, contestado y denunciado públicamente. Y, a mayores, por darle publicidad positiva en los medios de comunicación del club. Por no utilizar palabras mayores, dejémoslo en vergonzante y vergonzoso.

Hay una posibilidad factible de que, vistos los resultados de la gestión económica y deportiva del club, no hubiese una candidatura alternativa, luego, no habría ni programas ni elecciones. Tampoco sería la primera vez que ocurriese algo parecido pero, a efectos de democracia interna, no sería nada positivo.

Con todo, hay al menos un par de mecanismos para someter todo este sinsentido al criterio de socias y socios: una consulta entre la totalidad de la masa social o plantearlo como un punto del orden del día para ser dilucidado en asamblea, opciones que, con tiempo y una mínima organización se pueden llevar a la práctica con o sin elecciones de por medio. Y se puede llevar a la práctica tanto con firmas de socias y socios o con firmas de compromisarias y compromisarios, ya que es harto imposible que una Junta Directiva lo plantease ‘motu proprio’ pese a estar facultada para hacerlo. Son cosas que pasan cuando esas grandilocuentes palabras de democracia y participación que se dicen en campaña electoral quedan en papel mojado. 

Estoy convencido que un club con nuestros valores, institucionalidad, historia y compromiso social, no puede seguir poniéndose de perfil y mirando hacia otro lado. No puede seguir siendo partícipe del blanqueamiento de dictaduras dónde los Derechos Humanos (en especial los derechos de la mujer y de otros colectivos minoritarios), o la libertad de expresión, no es que estén en entredicho sino que, simplemente, no existen por muchos circos y pachangas deportivas quieran hacer a base de mucho dinero para intentar desviar el foco de atención.

El Athletic Club no puede prestarse a participar en este tipo de eventos en países donde se tortura y se ahorca a disidentes políticos, sindicales, miembros de colectivos feministas y LGTBI+, y donde periodistas que lo denuncian pueden acabar troceados en una maleta. Somos muchas y muchos los socios del Athletic Club que no queremos en nuestras arcas y vitrinas dinero o trofeos manchados de sangre.  

La pregunta es por qué no preguntan a la masa social sobre temas de calado en vez de preguntar repetidamente por chorradas (digo chorradas comparadas con estos asuntos tan serios que hemos tratado)

Cabe recordar que la Federación española ha ampliado su acuerdo con Arabia Saudí como mínimo hasta 2030, pero la próxima edición se celebrará en Catar al coincidir con otros eventos de ‘sportwasing’ en el país saudí. Para el caso, primos-hermanos. 

¿Por qué la Junta Directiva no manda una encuesta (aunque sea no vinculante) como las que nos mandan para preguntarnos de tres formas diferentes si nos gusta un cántico o si hay que tener más banderas? Como sabemos perfectamente, pueden hacerlo. La pregunta es por qué no preguntan a la masa social sobre temas de calado en vez de preguntar repetidamente por chorradas (digo chorradas comparadas con estos asuntos tan serios que hemos tratado).

La pregunta es bien sencilla: ¿estás a favor de que el Athletic Club ingrese X euros y un trofeo gracias a un campeonato organizado en un país donde se conculcan diariamente los Derechos Humanos?

Y la respuesta, también es bien sencilla: sí o no. Yo me adelanto a una encuesta que jamás harán (el motivo de no hacerla se lo deberían preguntar a la Junta Directiva y no a mí) pero, de hacerla, mi respuesta sería un rotundo e inequívoco ‘no’.

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