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Las ciudades y los municipios post la COVID están por hacer

Bilbao, vacío en los momentos más duros de la pandemia

La pandemia y sus consecuencias han reabierto el debate sobre las ciudades y los municipios que queremos. El hecho de ver calles y avenidas sin tráfico y repletas de viandantes ha generado una sensación de cierta euforia. Los cambios, tan fáciles de observar, derivados de la crisis producen la sensación de que avanzamos rápidamente hacia un reparto más equilibrado y justo del espacio urbano. ¿Será así?

La drástica disminución de la contaminación atmosférica vinculada directamente a la no menos drástica reducción del tráfico motorizado ha puesto también de manifiesto que los coches son la principal fuente de emisiones contaminantes en nuestras ciudades y municipios. 

Sin tratar de hacer comparaciones, tras ver cómo su aire había mejorado radicalmente durante el confinamiento, las ciudades chinas vuelven a llenarse de la niebla sucia a la que estamos acostumbrados a ver en las fotografías. Según un informe que ha publicado recientemente la organización independiente Centre for Research on Energy and Clean Air, China ha registrado en los últimos 30 días niveles de contaminación superiores a los que mostraba antes de la pandemia.

Es lo que algunos empiezan a llamar la 'revancha de la contaminación', una compensación negativa que puede ocurrir si los países intentan recuperar el tiempo perdido sin tener en cuenta el medio ambiente.

China reabrió su economía a finales de marzo y, "todas las miradas están sobre China, ya que es la primera gran economía que ha vuelto al trabajo tras el confinamiento", explican los autores del informe. El citado estudio, que ha medido varias sustancias como el dióxido de nitrógeno, el ozono, el dióxido de azufre y las partículas en suspensión, en más de 1.500 estaciones localizadas por todo el país, y las ha comparado con los niveles del año pasado ajustando las variables meteorológicas, apunta a que la subida de estos contaminantes se debe sobre todo a la actividad industrial, y más concretamente a la quema de carbón.

Como parecía anunciarse hace algunos meses, China ha decidido regresar a este combustible fósil como fuente rápida para la recuperación industrial y como incentivo para algunas de sus regiones que poseen reservas de este mineral. Pero si continúa por esta vía, las emisiones de su actividad, ahora mismo las mayores en el mundo (Estados Unidos es el primer emisor por sus emisiones acumuladas), representarán un problema para la lucha global contra el cambio climático. Además, supondrán un retroceso en el bienestar de su población, que en los últimos años había visto una mejora en la calidad del aire de sus grandes ciudades.

Esta vez, además, los efectos pueden conllevar nuevas complicaciones si se confirma la relación entre la mortalidad de la COVID-19 y la mala calidad del aire que respiran las personas, tal y como han advertido varios estudios que se han realizado en los últimos meses en diversos países y universidades como la de Harvard.

Pero volviendo a nuestras ciudades y municipios, urge repensar como deben de ser después de la COVID-19. Las urbes cambian, como han ocurrido en otras ocasiones, como, por ejemplo, tras las guerras, y deberán de salir nuevas propuestas en situaciones como las que estamos viviendo en la actualidad, de las que voy a centrarme en algunas de ellas, dejando para otra ocasión otras. 

El esfuerzo de cada uno de los sectores de la población a lo largo de estos meses ha sido ingente, más aún el de los profesionales sanitarios. Ahora que estamos en plena desescalada, es la ocasión de reflexionar y vislumbrar la que será la ciudad o el municipio del futuro bajo la sombra de la COVID-19 que parece que puede ser alargada, sin dejarnos otra opción que vivir bajo ella hasta que aparezca una vacuna o tratamiento efectivo que la despeje.

Así es como se abre en estos momentos una enorme ventana de oportunidad hacia una vida más armoniosa en los ambientes urbanos. El cambio de paradigma urbano que se presenta es demasiado grande; he ahí la trascendencia de las decisiones que se tomen a partir de ahora. El dramático contexto sanitario que hemos tenido, hace suponer que, de aquí en adelante, la salud de las ciudadanas y los ciudadanos, y por tanto su bienestar, adquiera una importancia como nunca se ha visto en la historia. ¿Qué criterios se deberían seguir? Parece, lógicamente, que sería disponer de un sistema sanitario público fuerte para hacer frente a nuevos brotes en el futuro, u otras enfermedades. Si hay algo en lo que coinciden los expertos es que las instituciones deberían entender que la inversión en materia de sanidad a partir de ahora debe ser prioritaria, y que no podemos depender de otros países para adquirir recursos como mascarillas, guantes, respiradores, etcétera; debemos garantizar una reserva estratégica de estos productos de cara al futuro.

Por otra parte, si hay algo en lo que coinciden todos los expertos es que no podemos volver a ver atascos en la entrada y la salida de las ciudades y los municipios, concentraciones masivas de gente a hora punta en el transporte público o kilómetros de calles asfaltadas sin un solo árbol.

Ya se apuntan algunas propuestas, entre las que se pueden citar el fomento del teletrabajo - el 61,5 % de los desplazamientos se realizan por medio del transporte privado en el Estado español-  que, sin duda se trata de una medida que reduciría el tráfico en nuestras ciudades y municipios, aunque no se pueda realizar en todos los centros de trabajo, y en algunos otros, como en los de enseñanza y en las universidades, el contacto entre profesores y alumnos en el aula, tal y como he oído a algunos enseñantes, "es lo único que puede dar verdadero sentido a la enseñanza e incluso a la verdadera vida del docente". 

La disminución del tráfico gracias al teletrabajo liberaría espacios en las calzadas y en los viales donde perder un carril no sería dramático, lo que permitiría disponer de zonas importantes para los usuarios de la bicicleta y permitir el tráfico compartido. Permitiría también tener una atmósfera más limpia, un aire de más calidad, así como se reduciría de manera significativa la contaminación por ruido, además de que disminuirían los accidentes de tráfico significativamente.

Una solución que parece tener cada vez más importancia en la ciudad, sobre todo europea, es la del concepto de 'la ciudad de 15 minutos', sobre la que ha teorizado el sociólogo estadounidense Richard Sennett, que está desarrollando París durante la alcaldía de Anne Hidalgo, en la cual se busca un cambio radical del modo de vida de la población en relación con el tiempo: su objetivo hace referencia a que la población alcance los lugares de trabajo y de compras a pie o en bicicleta, dentro de 15 minutos, y que genere vecindad. 

Otro aspecto importante, es la necesidad de la naturalización de nuestras ciudades y municipios, donde se creen corredores ecológicos que nos conecten a través de paseos que fomenten una movilidad activa y saludable: movilidad a pie o en bicicleta. Activa, porque nos hace mover; y saludable, porque mejoramos la salud, la nuestra y la del planeta. 

Necesitamos replantear nuestros hábitos de consumo, comprando menos pero mejor. Debemos promover la reutilización, la reparación y el intercambio, con acceso a talleres de reparación y tiendas de intercambio en cada municipio, y si no se puede, al menos reciclar. Esto reduciría el uso de materias primas y disminuiría la generación de residuos.

También una ciudad post la COVID debería contar con mercados vecinales en diferentes barrios y centros urbanos, en los que se vendan productos frescos de proximidad, fomentando un consumo más sano. 

*Julen Rekondo, experto en temas medioambientales, Premio Nacional de Medio Ambiente y Premio Periodismo Ambiental de Euskadi 2019

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2 de junio de 2020 - 20:55 h

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