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Viento del Norte es el contenedor de opinión de eldiarionorte.es. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Los servicios sociales, en la UCI

"Muchas de las personas que resistían en los límites de la dependencia han entrado de lleno en una situación en la que necesitan apoyos de un sistema desmembrado, impersonal e insuficiente"

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Hace ya más de un año que dejé oficialmente la política institucional y de partidos y que volví a lo que yo llamo la “vida real”. Y tengo que decir que en esa vida real hace mucho frío. Y un frío que no solo es meteorológico. Un frío que a mí me pilla de refilón, ya que simplemente acompaño a quienes, sin descanso, viven y transitan por él. Un frío en el que está estancada mucha gente que, con la realidad de la pandemia, empieza a ver cómo todas las puertas de entrada están cerradas y no hay ni rastro de las ventanas. Un frío que nos dice claramente que la apuesta debe de ser otra, que el rumbo debe de ser distinto y que hay que poner de una vez por todas en el centro, a las personas. Y es que, si no actuamos de verdad, sin medias tintas y en favor de quienes más lo necesitan, el colapso de los hospitales será una anécdota frente a lo que ya tienen encima todos los ámbitos de trabajo relacionados con los cuidados. Dice Fontso Cantera que los servicios sociales están en la UCI y, verdaderamente, no encuentro expresión más acertada y ajustada a lo que estamos viviendo hoy.

2021 viene cargado de expectativas sobre una vuelta a la normalidad que, todo apunta, no volverá nunca a ser igual. 2021 ha llegado también con una realidad dura sobre la que todas deberíamos tener la mirada puesta:

Muchas de las personas que se encontraban en las capas sociales de la precariedad (que son muchísimas en una realidad cada vez más insegura para más gente) ven peligrar sus puestos de trabajo, bajar sus salarios como consecuencia de hacer menos horas involuntariamente, ven agotarse sus prestaciones por desempleo o modificarse las condiciones de los ERE, y acaban acudiendo a los ya saturados de partida, servicios sociales.

Muchas de las personas que resistían en los límites de la dependencia, que se encontraban a la espera de ser valoradas o que mantenían la autonomía con apoyos puntuales han entrado de lleno en una situación en la que necesitan apoyos de un sistema desmembrado, impersonal e insuficiente. Un sistema que, en el Estado, deja morir a 85 personas al día sin reconocerles la dependencia. Por COVID-19, por otras enfermedades, por edad, por deterioro, por miedo, por aislamiento o, simplemente, porque resistir a esta experiencia sin salir tocada es imposible. Y, lógicamente, hay quienes se hunden.

Muchas personas han visto empeorada su salud física y mental, han visto que su nevera estaba cada vez más vacía y que al otro lado de su puerta, en los casos más afortunados, sólo había frío.

Y cuando tú misma te dejas la piel y ves cómo se tapa, se obvia, se invisibiliza la realidad precaria en que vivimos las trabajadoras de cuidados, da rabia. Mucha rabia

Muchas personas han fallecido, muchas más se han contagiado, han sido explotadas, desprotegidas y abandonadas a pesar de los titulares y de los obvios esfuerzos. Porque, nos guste más o menos reconocerlo, en este 2021 se dan paradojas que hacen daño y que sí están dejando a mucha gente por el camino.  

Aumentan los desahucios, pero la preocupación pública se pone sobre la ocupación.

Aumentan los suicidios, la enfermedad mental y empeora mucho la calidad de vida de las personas, pero la preocupación pública se ubica en que somos unas irresponsables incapaces de cumplir con las medidas que poco o nada solucionan.

Aumentan las personas que viven en la calle, pero la preocupación pública lo que hace es darles permiso para pernoctar afuera en lugar de ofrecerles techo y de hacer efectivo nuestro derecho a una vivienda (lo de digna, lo guardamos si eso para tiempos de bonanza).

Aumenta la violencia sobre las mujeres y la infancia en contextos en los que, además, tienen cada vez menos espacios de escapatoria o de desahogo, pero la preocupación pública se centra en que hay que denunciar y cada vez se les ponen más trabas y escalones que transitar para que romper con la violencia, que no es una decisión sencilla, se vuelva imposible con el abismo como única alternativa.

Aumentan las vulneraciones de derechos humanos en el mundo, en Europa a la que se le escapan entre los dedos y de forma televisada los derechos humanos, donde España sigue denegando el 95% de las solicitudes de asilo y Canarias, por desgracia, se está convirtiendo en un nuevo Moria. Sin embargo, la preocupación pública es que “nadie se aproveche de nuestros sistemas de protección”.

Y, cuando acompañas a personas y ves cómo se dejan la piel todos los días para salir adelante, esto da mucha rabia:

  • Da mucha rabia cuando ves cómo la exclusión digital está cerrando cualquier puerta para muchas personas a pesar de su derecho reconocido a poder acceder a la información.
  • Da mucha rabia cuando ves cómo aumentan las listas de espera o se dilatan las citas de los servicios sociales hasta límites similares a los de 2008 a pesar del derecho que todas tenemos reconocido a ser atendidas.
  • Da mucha rabia cuando ves que la Diputación de Bizkaia no valora la exclusión hasta más de un año después de haberla pedido y no hay recursos, o tarda más de 8 meses en valorar la discapacidad, a pesar de que las personas tienen eso reconocido como un derecho subjetivo.
  • Da mucha rabia cuando ves que el IMV es un espejismo y la RGI continúa siendo insuficiente e injusta con muchas personas, cuando ves que sigue sin sacar de la pobreza a quienes la perciben mientras hay quienes no han hecho otra cosa que aumentar sus riquezas de una forma obscena.
  • Da mucha rabia Cuando ves que las personas tocan a una y otra puerta y todas se cierran en sus caras porque ahora “está la cosa muy mala” y estamos saturadas con gente nueva; o las profesionales cogen sus merecidas vacaciones, pero nadie las sustituye o cubre sus bajas alargando tiempos, empeorando la atención y dejando a la gente sin alternativas ni esperanzas.

Y cuando tú misma te dejas la piel y ves cómo se tapa, se obvia, se invisibiliza la realidad precaria en que vivimos las trabajadoras de cuidados, da rabia. Mucha rabia. Pero la rabia no puede quedar en el interior de nuestras casas porque en esto nos jugamos el bienestar de todas.

El 26 de enero de este 2021 se abre una puerta a la esperanza. ESK, LAB, ELA, UGT y CCOO nos llaman a salir y gritar la rabia y las malas prácticas que como sociedad sufrimos día tras día. Porque, aunque hoy no te toque a ti directamente, mañana puedes ser tú o cualquiera de nosotras. Es necesario coger el guante que nos lanzan para sumar fuerzas entre todas las trabajadoras de cuidados. Porque entendemos el cuidado como una necesidad básica para el sostenimiento de las vidas de todas las personas y solas, aisladas, no podemos, pero juntas, sí. Porque, o estamos todas o los cuidados seguirán en la UCI. Porque trabajar para quien agoniza no nos pide ser delicadas, sino sacar todas las herramientas que haya para posibilitar el mantenimiento de la vida. Eso es lo que hacen nuestras compañeras y compañeros en el ámbito de la salud. Y eso, precisamente, es lo que tenemos como reto también nosotras. Para poder lograrlo, necesitamos el calor de todas. Porque, insisto, es aquí donde nos jugamos que la normalidad a la que volver sea posible para todas.

¡Nos vemos el 26 de enero en las calles!

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Publicado el
13 de enero de 2021 - 21:13 h

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