Juvenicidio social y felicracia: la juventud ante un futuro que se le niega
¿Méritos académicos para competir con tus iguales? ¿Experiencia laboral para acceder a un puesto precario? ¿Dinero para la fianza de un alquiler inasumible? ¿Expectativas de futuro? ¿Proyecto de vida? Estas y otras cuestiones son las que escuchan a diario las personas jóvenes. Preguntas cuyas respuestas, en la mayoría de los casos, no bastan para disfrutar de unas condiciones de vida adecuadas ni para alcanzar una mínima estabilidad material y emocional. Nunca es suficiente para una juventud sometida a un paradigma de sobreexigencia e hiperproductividad que estimula estar constantemente ocupado, convirtiendo el rendimiento —académico, laboral, físico— en indicador de valor individual. Un modelo que alimenta el perfeccionismo y el miedo a descansar, y que exige un equilibrio personal imposible basado en la autogestión emocional y la planificación financiera. El resultado es fatiga y culpa por no cumplir expectativas impuestas por un sistema que oculta la vulnerabilidad y la exclusión social.
Desde mi perspectiva sociológica, no es justo exigir tanto a este segmento de la población a cambio de tan poco. A ello se suma la violencia sistémica ejercida por adultos jóvenes y mayores de otras cohortes —Baby Boomers, X y Y (Millennials)— que gobernamos el mundo con aciertos y errores, fruto de un adultocentrismo que sitúa a las personas adultas como grupo hegemónico por su funcionalidad y autonomía económica y emocional. Hemos creado la felicracia: un modelo social que impone la felicidad como mandato cultural, donde las élites —adultas— utilizan este estado subjetivo como instrumento de regulación y criterio de normalidad social.
La Generación Z o Post-Millennials, nacidos entre 1997 y 2012, son los primeros nativos digitales. No conocen un mundo sin conectividad, donde la tecnología móvil y las redes sociales son una extensión natural de su realidad física. Se caracterizan por ser pragmáticos, independientes, conscientes del medio ambiente y orientados a la sostenibilidad, valorando a menudo más las experiencias y el uso compartido de bienes. Sin embargo, la mayoría malvive en la incertidumbre de la precariedad laboral, los sueldos bajos y la inseguridad en el empleo, unida a la desigualdad en el acceso a la vivienda por el sobrecoste de los alquileres y el precio desmedido del metro cuadrado. Más de la mitad de las personas de 26 a 34 años en España convive con sus progenitores por la imposibilidad de emanciparse.
Esta ciudadanía joven se ha criado en la llamada “era de la policrisis”, que describe la coexistencia de crisis económicas, climáticas, sanitarias y geopolíticas que se entrelazan generando escenarios de caos interconectados. Tales circunstancias abocan a la desesperación colectiva y a la desconfianza sistémica, interpretadas como un supuesto fracaso generacional frente a condiciones desfavorables para sus proyectos de vida. Si alguien no llega a fin de mes, se le recomienda educación financiera. Si un joven no encuentra estabilidad, se le pide resiliencia. Esta lógica es maquiavélica: convertir problemas estructurales en fallos personales. Jóvenes pacientes del estrés del presente y de la ansiedad por un futuro sin futuro.
Esta realidad evidencia el edadismo juvenil en las sociedades occidentales contemporáneas, que discrimina por edad, minusvalorando y relegando a las nuevas generaciones desde el frontispicio de la sociedad felicrática. Occidente se autodefine como civilización avanzada, inclusiva y democrática, pero continúa organizada bajo el yugo del adultocentrismo, que instaura una jerarquía temporal del valor humano: el niño o la niña es “todavía no”; el joven o la joven es “aún insuficiente”; el mayor o la mayor es “ya no”. El resultado es un sistema economicista que mide la dignidad según el utilitarismo, donde la mejor acción es la que maximiza la felicidad para el mayor número.
Paradójicamente, los adultos aspiramos a ser jóvenes ad aeternum, mediante medicinas antienvejecimiento, cirugías estéticas y cosméticos que imponen la juventud como único ideal de belleza y éxito. Un dilema evidente cuando empezamos a peinar canas y suavizar arrugas que delatan el paso del tiempo, mientras simulamos ser tan cool como nuestros hijos adolescentes. Pero ese fenómeno merece otro artículo. Ahora toca hablar de los jóvenes: una generación con formación sólida, mente global y espíritu crítico, que sospecha que vivirá peor que sus progenitores bajo el mandato constante de la resiliencia y el entusiasmo. Hay quienes la etiquetan despectivamente como “generación de cristal”, por una supuesta menor tolerancia a la frustración. Podríamos llamarlo, sin dramatismos innecesarios, un juvenicidio social: no elimina físicamente a los jóvenes, pero los condena a un no-futuro mientras se les exige sonreír a la cámara.
Quizás el término juvenicidio social resulte radical, pues no existen mecanismos de eliminación sistemática de jóvenes por ser jóvenes en Occidente. Lo introduzco deliberadamente para alertar de prácticas sociales e institucionales encaminadas a la anulación de la juventud. El juvenicidio funcionaría como metáfora de lo que ocurre cuando se oprime de modo silencioso a casi un 20% de la población europea entre 15 y 29 años. Como adultos, deberíamos ser más conscientes de estas formas de incapacitación, arriesgándonos a perder talento necesario para el progreso social en el Viejo Continente.
Como conclusión, afirmo que las sociedades que glorifican la juventud eterna e invisibilizan la vejez pierden continuidad generacional. Sin memoria no hay historia. Sin futuro no hay cambio. Sin reconocimiento mutuo entre edades no hay cooperación intergeneracional. Frente a los valores de la felicracia construida a imagen de los adultos, hace falta más rebeldía juvenil con inteligencia colectiva para cuestionar el establishment sin caer en el nihilismo o el negacionismo. Corresponsabilidad entre generaciones para ensayar nuevas estrategias de vida social, cultural y política que no reproduzcan las inercias del sistema. Solo así la disrupción dejará de ser un gesto simbólico y se convertirá en fuerza transformadora capaz de abrir grietas en un modelo que se presenta como inevitable, pero que es solo una construcción histórica susceptible de ser reescrita.
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