Cuando elegir a quién curar implica dejar morir a otros: el drama de los médicos en Gaza
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Los hechos ocurren el pasado mes de noviembre, pero lo vivido en Gaza sigue teniendo repercusiones y no puede considerarse cerrado ni reducido al pasado. La experiencia de Elena Gómez, médica del 061-SAMU en Palma (Mallorca), da cuenta de un mes en primera línea sanitaria en la Franja, en un contexto extremo donde la medicina deja de ser un ejercicio clínico convencional para convertirse en una sucesión constante de decisiones urgentes, condicionadas por la escasez absoluta, la violencia sostenida, el colapso casi total del sistema de salud, pero con una entrega humana sin parangón.
Es a finales de 2025 cuando la facultativa accede a uno de los escenarios más castigados del planeta. Su objetivo es doble: dar testimonio de lo que ocurre y, al mismo tiempo, contribuir directamente desde su labor médica, evitando que la sociedad normalice lo que ella y una gran mayoría definen como genocidio. Gómez, con un largo recorrido en el mundo del voluntariado y fundadora de la ONG Kubuka, no se considera heroína ni alguien que haya salvado vidas a destajo; lo que hace en Gaza es “un deber moral y un privilegio”. Estar allí en primera línea y aportar todo lo que esté en su mano. Eso quiere.
Entrar en Gaza no es un viaje, ni siquiera una misión en el sentido convencional, sino un proceso prolongado, incierto y profundamente arbitrario. El único corredor humanitario existente funciona a través de Jordania, donde médicos y personal humanitario esperan durante días o semanas a que Israel, a través del COGAT (Coordinación de Actividades Gubernamentales en los Territorios), conceda el permiso de acceso, a sabiendas de que aproximadamente la mitad de las solicitudes son rechazadas sin explicación clara, lo que genera una sensación de impotencia incluso antes de llegar a la Franja.
Incluso con el visto bueno del COGAT, la entrada en la zona no está garantizada para Elena. El acceso solo se permite los martes y los jueves, de modo que, si el permiso llega un viernes, es necesario esperar algunos días para cumplir con el objetivo. Aun así, en el último control (el que implica traspasar la línea militar), un soldado te puede impedir el paso: basta con “caerle mal” al soldado, portar dos móviles o llevar más gasas o antibióticos de los que un servidor público considere necesarios y “ya está”, critica la médica. Y es que aunque el permiso esté concedido, pueden devolverte, por lo que quienes son rechazados deben regresar a su país de origen, convirtiendo la logística en un desafío constante y lleno de incertidumbre.
En el último control, un soldado te puede impedir el paso: basta con 'caerle mal' al soldado, portar dos móviles o llevar más gasas o antibióticos de los que un servidor público considere necesarios y 'ya está', critica la médica
Algunos facultativos, escudados en organizaciones de calado (como grandes ONGs con mayores recursos económicos), intentan denunciar el hecho ante organismos internacionales, pero en la mayoría de los casos esas denuncias no llegan a ninguna parte. Desde Jordania, la sensación es la de luchar contra algo que, demasiadas veces, resulta inútil. Esta barrera administrativa marca desde el inicio la precariedad y la dificultad de cualquier labor humanitaria en la zona.
Una misión bajo el paraguas de la ONU
La entrada de Elena, como ocurre con el resto, se realiza como misión médica humanitaria (Medical Relief Mission), bajo el paraguas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) -organismo dependiente de Naciones Unidas (ONU)- y coordinada con el ejército israelí (IDF) y el propio COGAT. Tras muchos meses ofreciéndose para entrar como voluntaria en la zona en guerra, una ONG pequeña (se evita el nombre por posibles represalias) con base en Estados Unidos le envía un mensaje y la ‘ficha’. La ONG lleva más de una década enviando médicos desde Occidente a Pakistán y actualmente también desarrolla misiones en Sudán. Esta coordinación con múltiples organismos marca desde el primer momento la complejidad de la misión: cada movimiento, cada acceso y cada asignación de personal está estrictamente controlado.
Un día antes de entrar en la Franja se comunica el destino final de cada profesional. La OMS distribuye a los médicos según las necesidades detectadas y la especialidad de cada uno, asegurando que los recursos humanos se ajusten a la urgencia de la situación. El día señalado, el acceso se realiza en convoy, con equipos organizados por áreas médicas que se incorporan directamente a sus respectivos servicios, lo que marca el inicio de lo que será una experiencia intensa.
Un alto el fuego que no existe
Cuando Elena llega a Gaza, el proclamado alto el fuego no existe sobre el terreno. Durante todo ese mes, las explosiones y los ataques continúan formando parte del paisaje sonoro cotidiano, a pesar de que el relato oficial y el que se hace creer sea otro. Así lo cuenta ahora a elDiario.es la médico radicada en Balears, quien detalla la crueldad vivida y las profundas heridas tanto físicas como psíquicas que la violencia activa deja desde la oficialidad aunque se presente bajo una narrativa totalmente distinta.
Acaso no son ya las altas cifras de los momentos más intensos de la guerra, cuando los heridos llegaban en avalanchas imposibles de gestionar, pero sí se vive un goteo constante e ininterrumpido. Esa sensación de urgencia permanente, aunque a menor escala que en plena guerra, mantiene a los equipos médicos en un estado de tensión continua, donde cada decisión puede significar la vida o la muerte de alguien.
En Gaza solo hay tres grandes hospitales funcionando y ninguno lo hace a pleno rendimiento. Uno cuenta con quirófano; otro, “ni siquiera eso”, detalla la doctora. La escasez de medios no es puntual, sino estructural, y afecta a cada aspecto de la atención sanitaria. El hospital que le es asignado es Al Shifa, en el norte de la Franja, uno de los centros más importantes de toda Palestina y también uno de los más castigados por la barbarie. Ha sido invadido en dos ocasiones, la última en marzo de 2025, dejando tras de sí una huella profunda en su capacidad operativa y en su personal.
Al incorporarse al servicio de urgencias, la indicación que recibe Elena es directa: “Aporta como quieras”. No hay tiempo para pensar ni planificar estrategias. La gente muere cada pocos segundos o llega en estado crítico por momentos. Con el supuesto alto al fuego, el número de víctimas que llegan a Al Shifa a diario es una media de unas veinticinco, con cuarenta afectados unos días y diez, otros. No obstante, proyecta su mente a los peores momentos de un pasado reciente que ella no ha vivido, pero otros de sus compañeros, sí. Y es que con unas quinientas víctimas al día, “no te da tiempo a pensar cómo ser útil”, piensa en alto Gómez sobre los más sangrientos momentos vividos en conflicto.
No hay tiempo para pensar ni planificar estrategias. La gente muere cada pocos segundos o llega en estado crítico por momentos
Urgencias sin medios y sanitarios como objetivo
Hay médicos. Sí. Pero falta casi todo lo demás. No hay antibióticos suficientes. Ni vías, ni sangre, ni respiradores, ni oxígeno. Tampoco medidores de saturación de oxígeno ni de frecuencia cardíaca. A la vez, llegan cinco personas gravemente heridas y, ante la falta absoluta de recursos, solo se puede intentar salvar a una. Elegir a quién tratar significa, en la práctica, decidir a quién dejar morir. Es una carga constante que marca cada jornada. Lo cuenta a este medio quien lo vive en un hospital que ha contado con el altruismo de World Central Kitchen.
En ese sentido, el problema del abastecimiento de sangre es especialmente grave. No llega para cubrir las necesidades mínimas. Algunas personas han donado sangre hasta en tres ocasiones, pero incluso así no es suficiente. La sensación de impotencia se comparte entre todos los sanitarios, reforzando la tensión de un trabajo donde el límite no está definido por la competencia médica, sino por la carencia de recursos básicos.
A la falta de medios se suma otro problema: muchos de los médicos más veteranos, adjuntos y responsables han sido asesinados o están en prisión. Esto obliga a que médicos residentes asuman responsabilidades para las que no siempre cuentan con supervisión suficiente. Hace tiempo ya que los sanitarios se han convertido en objetivo, no solo por los bombardeos, sino porque eliminar a quienes pueden salvar vidas forma parte de la estrategia del conflicto. Las consecuencias van más allá de las heridas de guerra: pacientes con patologías crónicas, ictus o infartos no pueden ser atendidos y, en muchos casos, mueren sin tratamiento.
Muchos de los médicos más veteranos, adjuntos y responsables han sido asesinados o están en prisión. Esto obliga a que médicos residentes asuman responsabilidades para las que no siempre cuentan con supervisión suficiente
En ese contexto extremo surge una iniciativa inesperada. Muchos médicos saben responder a las urgencias propias de la guerra, pero carecen de formación en soporte vital avanzado. Y es ahí cuando Elena se ofrece a formarles, aun sin ser instructora ni haberse visto nunca antes en una tesitura similar. E imparte varias formaciones semanales, centradas sobre todo en paradas cardiorrespiratorias y manejo de emergencias. El resto del tiempo trabaja a destajo en urgencias. El resultado: cerca de doscientos residentes reciben esa formación, que se extiende también a hospitales del sur de la Franja, integrando aprendizaje y acción en un mismo flujo continuo.
Vivir dentro del hospital y entereza local
Los médicos en acción humanitaria no pueden (o deben) salir de los hospitales al estar completamente monitorizados por las fuerzas israelíes. Su presencia allí los convierte en lugares relativamente más seguros. Cuando no están, los centros médicos se traducen en objetivo al no contar con ‘observadores’ internacionales. Es por ello que los sanitarios locales insisten: “Cuando estáis aquí, estamos más seguros”. De esta forma, dormir fuera no es opción y permanecer las 24 horas en el hospital es, al mismo tiempo, una forma de protección y una forma de encierro.
En medio de tanta devastación, lo que le impresiona a Elena Gómez es la actitud de la población local. Una bondad extrema, una religiosidad profunda que funciona como refugio y la repetición constante del alhamdulillah como aceptación a la voluntad de Allah. Que se haga su voluntad. Un ‘abrazo’ acaso entendido como una disociación, una manera de proteger la mente después de haber sufrido mucho dolor durante mucho tiempo, como ocurre con quien es capaz de estar junto a un familiar mientras le están amputando una pierna y sabe separar hecho de emoción.
Durante una guardia, un enfermero le cuenta a la profesional sanitaria su historia y la de otra compañera. Ha pasado casi dos años en prisión por simplemente hacer su trabajo (ayudar a personas que se estaban muriendo). Tras ser detenido por militares israelíes, el sanitario está 140 días con los ojos vendados, sin poder ir al baño y, por tanto, haciéndose todas sus necesidades encima, denuncia. Cuando sale del encierro, conoce que su mujer y sus hijos han vivido en la calle, una realidad a la que ahora él se ve abocado. Su hogar, un refugio improvisado hecho de telas, sin techo, y alejado de una simple tienda de campaña que no puede costear al valer el triple que la cantidad que recibe como salario (la tienda cuesta trescientos dólares, mientras que su salario es de cien).
“No le da la vida para más”, resume Elena sobre el enfermero y su entorno más cercano, sobre una familia que ha arrastrado deudas (al haber pedido dinero prestado para subsistir), contraídas durante los dos años en los que él permanece en prisión y, por ende, sin generar ingresos. “He estado dos años sin poder ver la luz ni el cielo y ahora, al menos, puedo verlos permanentemente”, le confiesa el enfermero a la doctora. Él ha sufrido una pérdida considerable de peso, tiene varias costillas rotas, huesos de la cara fracturados por las palizas y le han roto las piernas, maltrato que le lleva a estar varios meses sin recibir asistencia médica. Nunca ha pedido nada. Solo que no se olviden de él ni de los suyos. Que no los dejen solos.
Un enfermero estuvo casi dos años en prisión por hacer su trabajo. Estuvo 140 días con los ojos vendados, sin poder ir al baño. Tiene las costillas rotas, ha sufrido una pérdida considerable de peso y le han roto las piernas
Una tierra borrada
El pasado 1 de enero, el Gobierno de Israel anunció que 37 organizaciones sin ánimo de lucro que no se habían registrado antes de final de año debían cerrar sus operaciones en Gaza y en la Cisjordania ocupada en un plazo de sesenta días, es decir, antes del 1 de marzo (ahora actualizado a fecha de 28 de febrero), según la legislación vigente. Entre las organizaciones afectadas, además de Médicos Sin Fronteras (MSF), se encuentran el Consejo Noruego para los Refugiados, World Vision International, CARE y Oxfam, entre otras.
Israel llega, así, a prohibir por completo la entrada de ayuda humanitaria cuando Gaza ya es un lugar donde no quedan “ni escombros y es una pizarra en blanco”, añade Gómez. La Franja, que ocupa 360 kilómetros cuadrados -45 kilómetros de largo y apenas 10 de ancho- es el sinónimo de un campo de refugiados gigantesco que, pese a todo, coge un respiro en pequeños focos, como en Deir al-Balah, zona menos devastada por la barbarie.
La infancia como objetivo
En toda su extensión, la violencia contra la población infantil ha sido sistemática en esta masacre, como recoge Un crit pels infants de Gaza, libro que incluye colaboraciones de periodistas, fotógrafos, ilustradores, poetas, expertos y habitantes de Gaza para hablar sobre unos “pequeños que son y han sido víctimas directas, queridas (buscadas) y en ningún caso accidentales de Israel”.
Lo señala Raji Sourani, el abogado palestino referente en la defensa de derechos humanos y miembro del equipo sudafricano que lleva al Gobierno de Netanyahu ante los tribunales internacionales. Por su parte, el doctor Ahmad Al-Farra habla ya desde el principio de un nuevo acrónimo WCNSF (Wounded Child, No Surviving Family), que hace referencia a esos niños heridos sin ningún familiar superviviente. Jóvenes que durante tres años consecutivos no han podido comenzar el curso con normalidad (nueve de cada diez centros educativos han sido dañados o destruidos).
Seguir diciendo “sigo vivo”
Durante año y medio, el artista gazatí Maisara Baroud ha publicado a diario una ilustración desde Gaza bajo el proyecto I’m still alive. Un gesto creativo, político y profundamente humano para documentar el genocidio y, al mismo tiempo, hacer llegar a los suyos un mensaje simple: había sobrevivido una noche más. No como una cuestión de protagonismo ni de heroicidad, sino como acto supervivencia, la misma a la que se ha aferrado una sociedad que ha visto cómo desde octubre de 2023 los nacimientos han caído drásticamente y donde dar a luz y cuidar de los hijos se ha convertido en un acto de resistencia.
Con su testimonio, la médica de urgencias Elena Gómez deja constancia de una realidad vivida en primera línea sanitaria, donde la medicina se ha ejercido y se ejerce sin medios, pero bajo vigilancia constante y con una humanidad que persiste incluso cuando (casi) todo lo demás ha sido arrasado y donde lo único que se pide, una y otra vez, es no ser olvidados.
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