Sin disfraz ni vergüenza
El momento político en el cual nos encontramos, el del postfascismo, presenta una característica destacada y descarada: el abandono del disfraz. En primer lugar, las élites económicas han irrumpido directa y abiertamente en la política, en lugar de tratar de controlarla desde las sombras. De dos modos diferentes, creando partidos nuevos, como hizo Berlusconi en Italia, o controlando partidos viejos, como Trump con el Republicano. En segundo lugar, los actores de esta nueva política han dejado atrás el disimulo y avanzan sonriendo a cuerpo descubierto. No sólo mientras actúan inmoralmente, sino también cuando lo hacen delictivamente.
¿Por qué han dado el paso a la acción desvergonzada? porque están seguros de su completa impunidad. No importa que las leyes castiguen los comportamientos delictivos, estos nuevos actores saben que, en la práctica, no recaerán sobre ellos. Se han armado de eficaces techumbres para impedir que las aguas de la justicia caigan sobre sus cabezas. Lo estamos viendo en Estados Unidos de América. Por una parte, sus leyes protegen al presidente electo mientras ocupa el cargo, da igual que sea un presunto delincuente y tenga pleitos pendientes por doquier, todo queda paralizado mientras viva en su casa blanca. Recuerda a esos juegos infantiles en los que si llegábamos a un determinado lugar o decíamos una palabra mágica, ya estábamos salvados. ¡Chufa! o ¡casa! gritábamos victoriosos, sabiéndonos libres de cualquier daño que pudieran causarnos. La diferencia es que esto no es un juego inocente del pasado, sino la preocupante actualidad. Por eso vemos las tentaciones e intentos de perennizar esa situación presidencial.
Lo hizo Berlusconi, que trató de cambiar la constitución para arrogarse más poderes y aprobar una ley que le dotase de impunidad, aunque no lo consiguió. Trump ya lo ha insinuado, y la experiencia nos muestra el peligro de sus insinuaciones. Tal vez las elecciones de medio mandato hayan de suspenderse, ha sugerido, y se está encargando de forzar la situación dentro de su país mediante el ICE, para provocar una respuesta violenta en la ciudadanía, teniendo así la excusa perfecta para lanzar el ejército a las calles y suspender las elecciones del próximo otoño. También ha llegado a preguntar en público ¿por qué no es posible acceder a más de dos mandatos presidenciales? En suma, lo estamos viendo recorrer, con gran caradura, el camino que transita desde la democracia hasta la tiranía, ni más ni menos.
No se trata únicamente de inmunidad interior, dentro de su nación, sino también en el exterior. Siendo el presidente del país con mayor ejército y arsenal nuclear del planeta, ¿quién se va a atrever a actuar en su contra? Por si acaso, siempre hay alocados quijotes, en ningún momento se ha planteado incorporarse al Estatuto de Roma, por el cual existe la Corte penal internacional, que persigue los crímenes de guerra, contra la humanidad y el genocidio. Tanto Estados Unidos, como Rusia e Israel lo firmaron, pero pronto se echaron atrás, e incluso, en el caso del primero, promulgó una ley para proteger a sus ciudadanos, es decir, a su presidente, a sus agentes secretos y a su ejército, de la justicia internacional. Presenciamos bombardeos de barcos, en los cuales se aseguran de que no haya supervivientes, con la excusa de ser narcolanchas. Secuestros por la fuerza, como el del Presidente de Venezuela, matando a 81 personas -al menos- entre soldados y civiles. Bombardeos de países como Irán y Siria con diferentes pretextos. Apoyo necesario para el genocidio que el estado israelita está llevando a cabo contra el pueblo palestino. Amenazas por doquier, contra Groenlandia y muchos otros países de toda América, o la proclamación de que Europa no es un aliado, sino un enemigo.
No pensemos que la situación resulta lejana para nosotros, en absoluto. Hechos recientes lo demuestran, tanto la irrupción de los súper-ricos, como su desfachatez al hacerlo: la intromisión directa contra el gobierno de España y su soberanía, a través de las redes sociales X y Telegram, enviando mensajes a todos los usuarios españoles para enfrentarlos contra su legítimo gobierno. No han empleado, como solían, usuarios interpuestos, sino que ha sido la propia red, es decir, sus millonarios dueños, quienes han llevado a cabo la intromisión. Estos hechos desvelan que el control de las redes sociales es su punto fuerte, pero, visto desde otro ángulo, desvelan que es su punto débil, y contra este dominio deberían intervenir los políticos de todo país mínimamente libre, si quiere seguir siéndolo. Australia ha sido el primer ejemplo, aunque parece haber pasado desapercibida. Solamente son veintisiete millones, pero si la iniciativa se extiende por los países de la Unión Europea, que ronda los quinientos millones, la situación resulta muy preocupante para el postfascismo.
Avanzando más aún en nuestro país, presenciamos cómo los peones del postfascismo, tanto los de extrema derecha, como especialmente los de derecha extrema, también actúan con total descaro, y confiados en su impunidad. Las acciones y declaraciones del autodenominado MAR a propósito del proceso judicial contra el Fiscal General del Estado -tanto las previas, como las realizadas durante el mismo- lo decían a las claras y con prepotencia: tengo carta blanca para hacer y decir, cualquier tipo de artimaña y de mentira es válida, porque los condenados van a ser otros. La presidenta autonómica a la que este señor sirve, actúa del mismo modo, siendo la mayor aliada, y aventajada aprendiz, de Trump entre nuestros políticos.
Hoy enfrentamos un grave problema: esta arrogancia está calando en nuestra sociedad, y presenciamos la desvergüenza con que ciudadanos de a pie siguen los modelos que el postfascismo ofrece. Los ejemplos del presidente de Estados Unidos de América, de los multimillonarios que lo rodean, de políticos de extrema derecha de cualquier parte, y de figuras mediáticas, especialmente las que se mueven en redes sociales, han penetrado en demasiados compatriotas nuestros. Vemos cómo un vecino, un familiar, un trabajador o un adolescente, se burla de quien es honrado y sigue las reglas sociales, amenaza violentamente a otros por no ser de su equipo, o por tener otras ideas. Declara que los impuestos son una estafa y se jacta cuando no los paga. Arremete contra “desviados sexuales” y “feminazis” (es decir, contra cualquier persona que escape de la norma heteropatriarcal, especialmente si son mujeres y se niegan a ser bonitos floreros). Embiste contra todo el que encuentra por debajo -emigrantes, pobres, transeúntes- y especialmente contra cualquiera que le recuerde la irracionalidad y contradicción de sus acciones. Porque este conciudadano ni es, ni será nunca como los ricos que admira, los cuales son los verdaderos causantes de su situación. Porque con su comportamiento, lejos de cambiar las cosas, las está perpetuando y se está convirtiendo a sí mismo en peón al servicio de quienes lo engañan.
Por el momento no se trata sino de una pequeña parte de nuestros compatriotas, aunque se dejan notar, ¡y mucho!, al haber perdido toda compostura. Sin embargo, la dificultad para modificar sus conductas es grande, pues no admiten debate, ni están abiertos a razones, tan sólo desean descargar su frustración y su ira creciente. Es comprensible, pues todos sin excepción, nos enfrentamos a un mundo, tan complejo y cambiante, que resulta muy difícil de entender, e imposible de dominar. A pesar de lo cual, penetra en nuestras vidas porque formamos parte de tal mundo. Muchos creemos que la valentía radica en atreverse a intentar comprenderlo para cambiarlo, no en pelear por las migajas que dejan caer desde arriba. La dificultad está en que la mayoría llegue, igualmente, a creerlo.
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