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"Soy gay y me siento cercano a una religión que me rechaza"

Christian es católico, Eli es judío, Ernesto es pastor evangélico y ninguno es heterosexual; ellos nos cuentan cómo es ser religioso y LGBT+

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Imagina que perteneces a un club desde que has nacido. No uno demasiado exclusivo; de hecho suelen aceptar a cualquiera. Es importante para ti. Forma parte de quién eres. Pero un día se enteran de que eres zurdo y deciden que ya no puedes seguir en la asociación. Los que son más hábiles con la mano izquierda son un mal ejemplo.

Te preguntan por qué no cambias. Pero no puedes ni quieres renunciar a ser zurdo, para ti es como respirar. Tampoco quieres dejar el club, aunque los gerentes te obligan. Mientras sigas siendo zurdo, no hay sitio para ti. Así que amablemente (o no tanto) te piden que te vayas.

Ahora cambia el concepto de “club” por “religión”, y el de ser “zurdo” por tener una identidad sexual que simplemente no coincide con la de la mayoría. Resulta que con quién y cómo decides acostarte se vuelve un impedimento para tu forma de entender el mundo terrenal y la vida eterna.

Viendo lo que suelen decir las religiones de la homosexualidad, uno pensaría que creer en Dios con mayúsculas y pertenecer a la comunidad LGTB+ son dos conceptos peleados. En mexico.com quisimos saber cómo viven su día a día y cómo afrontaron estos conflictos tres personas religiosas y no heterosexuales.

La  Encuesta Nacional sobre Creencias y Prácticas Religiosas en México divide a la población del país por religiones. Un 83%, 92 millones de personas, se describen como católicos. Las diferentes acepciones del evangelismo juntan al 6.8%, 7.4 millones de creyentes. Sin religión sería el siguiente grupo, un 4.7%, con 5.2 millones de descreídos. Los judíos superan por poco los 60 mil gentiles, un 0.1% de la población. Este mismo estudio dice que seis de cada diez mexicanos están en contra del matrimonio igualitario y siete de cada diez no quieren que las parejas no heteronormativas puedan adoptar niños.

"Soy católico, apostólico y homosexual”

Christian Ramírez es de rostro aniñado. Consultor de 28 años, cuando se le pide que se defina tiene clara la frase. “Soy católico, apostólico y homosexual”, dice con una sonrisa. Se planteó ser jesuita y acude al menos una vez al mes a la iglesia. Reza al levantarse y antes de dormir. Siente que Dios está con él todo el tiempo. Lo que ya no practica es el rito de la confesión ni la comunión.

“La última vez que me confesé fue hace dos o tres años. Le dije al sacerdote que era gay y me contestó que era pecado, que ser homosexual estaba mal. Yo le dije que para mí era otra forma de amor y que mi Dios era amor. Él me contestó que debía reconsiderar tener relaciones con hombres. No me he vuelto a confesar”, cuenta.

Llegar a su punto actual de aceptación consigo mismo no le fue fácil. Dice que siempre supo su orientación sexual, pero que se sentía en pecado. Pensaba que se iba a ir al infierno y se planteaba por qué estaba mal lo que sentía. Tuvo novia un tiempo. Cuenta que cuando decidió salir del clóset se fue de su casa y eso generó un problema con sus padres. “No he criado una mujer”, le espetó su mamá. Que se alejó de la iglesia de los 15 a los 19 pero que seguía sintiéndose cercano a su idea de Dios.

Su abuelita fue clave. Ella obligó a la madre a ver que Christian seguía siendo Christian y, con el tiempo, se ha convertido en una defensora de los derechos LGTB+. “Sigue siendo católico, sigue creyendo en Dios, y por más que la religión no lo permita, cásate”, le dijo la anciana en su lecho de muerte.

“No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer: es una abominación”

Levítico 18:22

“Me siento cercano a una religión que me rechaza. Por eso no comulgo desde los 17 años, ya que no me siento cercano a ese Dios, yo estoy en comunión con un Dios que es amor”, concluye, “simplemente decido creer. Ha habido momentos que digo ‘puta, Dios, échame la manita’. Por azar del destino, o lo que sea, salgo adelante y le digo, ‘gracias, gracias por estar conmigo a pesar de ser gay’”.

Es el Antiguo Testamento, concretamente el Levítico, el libro que sanciona directamente el acto sexual entre dos hombres en un par de versículos.  No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer: es una abominación. Si un hombre se acuesta con otro hombre como se hace con una mujer, ambos cometen una abominación y serán castigados con la muerte; caiga su sangre sobre ellos.

“La religión institucionalizada ha sido siempre muy poco proclive a reconocer cualquier tipo de sexualidad de tipo no reproductivo; el pensamiento religioso ha dependido de la época, pero en general tampoco ha sido muy favorable”, explica Leopold Estapé, historiador catalán especializado en el colectivo LGTB+, “los primeros pensadores cristianos no eran tan homofóbicos, pero a partir de San Agustín se empieza a plantear lo natural y anti natural y con Santo Tomás de Aquino las relaciones homosexuales empiezan a estar fuera del ordenamiento divino”.

Hay que entender que las conductas homosexuales no se concebían como una relación de pareja, sino un “acto homogenital entre hombres”, donde “la penetración sexual” de otro varón constituía un vicio tan sucio e impuro que ofendía el orden ideal del universo; especialmente, en el ámbito del judaísmo, explica en  Homosexualidad y religión: Consideraciones divinas y humanas el profesor de la universidad de Alicante, España, Carlos Pérez Vaquero.

“No quiero poner en una balanza mi identidad de judío y homosexual”

“Una abominación es algo que va contra Dios y que te hace menos puro, te aleja de Dios”, cuenta Eli Nassau, profesor y actor de 31 años y fundador en 2011 de Guimel, asociación de Judí@s Mexican@s Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero, Familiares y Amig@s. En una escala religiosa del 1 al 10, se define como 6.5. Es bajito, tiene el cabello castaño y viste una camiseta con el cuello en pico.

"Celebro las fiestas mayores como Rosh Hashaná o Yom Kippur, por un sentido de familia, de comunidad. Voy a la sinagoga de vez en cuando, entre cinco y 10 veces al año, en las fechas importantes, y a veces a los servicios de Sabbat”, cuenta, “pero no suscribo ese concepto de un Dios castigador o la idea de determinados preceptos que funcionaron en el contexto de la época por supervivencia y que no estoy seguro que apliquen hoy”.

Nassau considera que tiene suerte. En su familia ya había homosexuales fuera del armario. Tras un pequeño reajuste de expectativas, sus padres no se lo tomaron mal. Su comunidad no le rechazó. Se alejó de ella unos años, mientras estudiaba en Estados Unidos y experimentaba su sexualidad. Cuando volvió a México, decidió involucrarse más y fue bien recibido.

Aunque él mismo sintió a veces que no sabía cómo hacer que esas dos identidades no estuvieran peleadas, aprendió a conciliarlas. “A mi parecer es una desgracia que haya que poner en una balanza la religión y la identidad sexual”, reflexiona. Como parte de la asociación, conoce casos mucho menos agradables. De las 200 personas que forman parte de Guimel, calcula a ojo que siete de cada diez lo pasaron bastante mal.

“Conozco gente que tuvo que dejar por completo la comunidad o esconderse o lograr un tipo de acuerdo consigo mismo para poder vivir en paz”, explica, “en México la mayoría de las comunidades tienden más a la ortodoxia y este es un tema del que no se habla, o (cuando se habla) se manda (al homosexual) con algún tipo de pseudo profesional en curarlo”.

El término homosexualidad es un neologismo, homo sexualis, creado a mediados del siglo XIX en Alemania. También en este país surge uno de los primeros activistas: Karl Heinrich Ulrichs. Este abogado y humanista escribió una serie de ensayos en los que criticaba la segregación hacia las personas que experimentaban pulsiones homoeróticas, en los que hablaba de la orientación sexual como un derecho establecido por la naturaleza y negaba el derecho de los legisladores a vetar el curso natural.

"Inmediatamente, el mundo de la psiquiatría toma (el término) para definirlo como una enfermedad. A partir de ese momento es cuando se define realmente las relaciones entre dos personas del mismo sexo, sean masculinas o femeninas”, explica el experto Estapé, “la iglesia, a partir de mayo del 68, cree que los movimientos de liberación sexual iban a alejar a la gente de la iglesia, y la iglesia se manifiesta en contra de los derechos homosexuales en los lugares donde avanzan , además de criticar la ideología de género como si fuera el nazismo”.

“Dios es incluyente”

De acuerdo con el documento de 2014 Iglesias y grupos espirituales para la diversidad sexual y de género en México, hay 21 grupos de estas características en el país. El texto destaca que los fieles de las iglesias y los grupos de diversidad sexual tienen un fuerte habitus religioso que los llevó a tener liderazgos y cargos dentro de sus congregaciones de origen.

Es el caso de Ernesto Lapray, que cantaba en un coro católico y ahora es pastor evangélico en la Comunidad Cristiana de Esperanza Casa Mixta. Como católico, estudió en colegios benedictinos y su última confesión fue con un franciscano.

“Cuando le dije que era gay, me dijo que me tenía que arrepentir”. Ernesto viste un chaleco marrón, una bandana color claro y tres grandes anillos dorados en los dedos, “yo no sabía cómo, eso es parte de mí, y como yo sabía que Dios me aceptaba, me fui excomulgado, pero no me sentí rechazado”.

Durante cuatro años se alejó de los ritos, hasta que tuvo una revelación y su pareja de entonces, criado como evangélico, le llevó a una iglesia inclusiva. Se enamoró de esa visión de Cristo. Desde entonces ha convertido a su madre y tiene un plan para seguir con otros familiares y amigos. Cuando se habla más de 5 minutos con él, uno se da cuenta de que tiene una gran confianza en sí mismo.

Lapray dirige los servicios en un templo en la colonia 20 de Noviembre, pegada a Tepito. Allí dan culto los jueves y los domingos y gran parte de su congregación, entre 30 y 50 personas según el día, son de la comunidad LGTB+. La mayoría, cuenta, vienen rechazados.

“Les dicen que tienen que cambiar, hacen liberaciones (una especie de exorcismo) para expulsar el demonio de la homosexualidad en nombre de Cristo”, cuenta. Advierte de un espíritu demoníaco mucho más peligroso: “el de la homofobia, que te puede llevar a matar a alguien”.

Reconoce que la fama general de los evangélicos como homófobos es una realidad. Que ven la no heteronormatividad como un pecado, como una abominación. Que a veces les llegan mensajes agresivos por redes sociales. Que cómo se atreve a ser homosexual y llamarse pastor. Así, sin estar arrepentido, y encima con pareja. Asegura que contesta con amor, que su iglesia es para todo el mundo. Él sabe perfectamente que “Dios es incluyente”.

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