El fin de la Pax Americana en Europa
Coca-Cola ha descubierto que no le sale a cuenta ser norteamericana. Al menos en Alemania. Por eso, en verano lanzó una campaña, llamada “Made in Germany”, para dar a conocer que el 97% de las bebidas que vende se elabora de forma local. Afirmaba que sus productos aportan 9.000 millones de euros a la economía alemana. McDonald’s, otro símbolo de EEUU, anunció que da empleo a 60.000 personas en el país y que invertirá 3.000 millones allí en los próximos años.
Lo que sea antes de permitir que la gente asocie estas marcas con EEUU y, especialmente, con Donald Trump. La realidad va más allá del impacto en la cuenta de resultados de las grandes corporaciones. En el plano político, el canciller alemán, Friedrich Merz, lo dejó patente sin sentimentalismos en un discurso en diciembre que debería escuchar toda Europa.
“Las décadas de Pax Americana han terminado en Europa”, dijo en un acto en Baviera. “Ya no existe tal y como la conocíamos. Y la nostalgia no va a ayudar nada”. El líder de la derecha alemana recordó que los norteamericanos están defendiendo sus intereses de forma “muy intensa” y, por tanto, los europeos deberían hacer lo mismo.
No servirá que Bruselas, personificada en Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, continúe ignorando la realidad, sonriendo a Trump o apostando por no entrar al choque con Washington. Va más allá de la guerra en Ucrania y de la estrecha relación de Trump con Vladímir Putin. También supera el alcance de las relaciones comerciales por importantes que sean.
Se trata de un conflicto ideológico, prácticamente existencial, entre los países que edificaron la relación trasatlántica después de 1945. El primer mandato de Trump entre 2017 y 2021 fue un aviso. El segundo no deja lugar a dudas. EEUU ha advertido a la UE que ya no están en el mismo bando.
Durante décadas, se dijo que esa relación se sostenía sobre unos valores compartidos con los que se definía la llamada “civilización occidental”. Ya no existen. O se ven de forma muy diferente a ambos lados del Atlántico. “La visión de la Administración de Trump sobre la 'civilización occidental' se basa en la raza, el cristianismo y el nacionalismo”, ha escrito Gideon Rachman, columnista del Financial Times. “La versión europea es una visión liberal fundada en la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho, incluido el Derecho internacional”.
2026 será el momento en que se compruebe si este será el auténtico choque de civilizaciones que condicionará a Europa y EEUU, no el que predijo Samuel Huntington. El cisma ha pasado de originarse por declaraciones de altos cargos del Gobierno de Trump a quedar sellado en el documento 'Estrategia de seguridad nacional' publicado en diciembre. EEUU quiere exportar a todo el continente europeo su cruzada contra la inmigración a la que considera una amenaza existencial no inferior a la del terrorismo o el narcotráfico.
“Es más que plausible que ciertos miembros de la OTAN pasen a tener una mayoría no europea dentro de unas pocas décadas como muy tarde”, dice el documento en una frase reveladora. Por no europea, se refiere a que no sea de raza blanca.
La frase, aunque sea un pronóstico, es falsa. Eso es lo que podría ocurrir en EEUU a mediados de este siglo, cuando quizá los blancos sean menos del 50% de la población del país. No así en Europa, incluidos países como Francia y Reino Unido, que cuentan con un porcentaje significativo de población nativa de otras razas a causa de su pasado imperial en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En España, el 19% de los habitantes ha nacido en el extranjero y eso abarca también a los que llegaron de otros países europeos.
Es una singular forma de colonialismo entre blancos. No es que Trump y sus partidarios pretendan que los europeos sean como los estadounidenses. Quieren que sean como lo que ellos querrían que fuera su propio país. “Las cosas que no les gustan de Europa son las cosas que no les gustan de Estados Unidos”, dijo Justin Logan, del Instituto Cato, de ideología conservadora. “No están nada entusiasmados con la inmigración. Creen que está cambiando la naturaleza del país. Y no están entusiasmados con el exceso de regulación” (en economía).
Nadie puede sentirse sorprendido. Lo dijo el vicepresidente JD Vance en febrero en un discurso en una conferencia de seguridad en Múnich. Habló de una “amenaza interior” que los europeos no estaban dispuestos a afrontar. Denunció que la lucha contra la desinformación estaba minando el derecho a la libertad de expresión, un argumento habitual en la extrema derecha.
Hace unas semanas, Washington pasó a la acción. Anunció sanciones contra cinco europeos que han participado en esa tarea tanto en organismos públicos como privados, empezando por el excomisario europeo Thierry Breton. Marco Rubio, secretario de Estado, calificó a los señalados como “activistas radicales” responsables de “presionar a las plataformas norteamericanas (de redes sociales) para que censuren, dejen sin ingresos y supriman los puntos de vista norteamericanos”.
Emmanuel Macron respondió rápidamente a la imposición de sanciones, que condenó con estas palabras: “Estas medidas son sinónimo de intimidación y coerción con el objetivo de socavar la soberanía digital europea”.
La furia de Washington está también dirigida contra la Ley de Servicios Digitales, aprobada en 2022 por las instituciones europeas por una amplia mayoría en el legislativo y por todos los 27 países de la UE. Bruselas ha utilizado ese soporte legal para aplicar sanciones millonarias a los gigantes de las redes sociales por romper las reglas de competencia, en el caso de Apple y Facebook, o por permitir la desinformación, en el caso de Twitter.
La lucha contra el discurso de odio, a lo que hay que sumar la desinformación procedente de Rusia, ha sido un punto de consenso entre conservadores, socialdemócratas y liberales en Europa. A la hora de la verdad, la Comisión Europea ha preferido huir del conflicto obviando que Trump ha elegido ya a sus favoritos, que no son otros que los partidos de extrema derecha que comparten sus ideales xenófobos. La estrategia de seguridad nacional menciona a sus “aliados políticos en Europa” y destaca que “la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es, en efecto, motivo de gran optimismo”. Se refiere al grupo Patriots del Parlamento Europeo del que forma parte Vox.
“Esta estrategia equivale de facto a declarar la guerra a la política europea, a los dirigentes del continente y a la Unión Europea”, respondió Max Bergmann, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales con sede en Washington. El texto “constituye un apoyo explícito a los partidos nacionalistas de extrema derecha en Europa que han surgido en los últimos quince años”. En otras palabras, es “una intervención directa” en la vida democrática de los aliados europeos. Una interferencia con mayores probabilidades de éxito que la más publicitada intervención rusa.
La preocupación mostrada por conservadores y liberales no es compartida en público por el Partido Popular en España. Alberto Núñez Feijóo finge que nada esencial ha ocurrido e insiste en que “nuestra obligación es entendernos con la Administración norteamericana”. Afirma que “Trump es el presidente de Estados Unidos, pero no es Estados Unidos”, una obviedad que le sirve para ignorar todo lo que preocupa a la derecha europea. Como Feijóo no habla de nada que no le sirva para atacar a Pedro Sánchez, lo que hace es denunciar un supuesto acercamiento del Gobierno español a China, que no va más allá del plano económico.
Merz ha advertido del peligro estratégico de China, pero bajo ningún concepto pretende romper relaciones comerciales con el gigante asiático, que es imprescindible para la economía alemana.
La Comisión Europea teme que la confrontación con Trump tenga como primera víctima al Gobierno ucraniano, que no puede prescindir de la ayuda militar de EEUU. Contempla aterrada la mediación norteamericana sobre un posible final de la guerra en unas negociaciones en las que Europa no cuenta con ninguna influencia de peso. Es por eso que las declaraciones de Ursula von der Leyen y de la jefa de su diplomacia, Kaja Kallas, parezcan estar siempre fuera de la realidad. Cuando Kallas afirma que “EEUU es aún el mayor aliado de la UE” después de conocerse la estrategia de seguridad nacional de Trump, sólo está expresando sus deseos o quizá su impotencia.
“La única parte del mundo para la que Estados Unidos es esencialmente hostil es Europa. Y esto no es, por decirlo suavemente, lo que esperábamos”, ha dicho Martin Wolf en una entrevista reciente en El Mundo. Por mucho que le duela, el columnista del FT es capaz de expresar lo que Von der Leyen y Kallas no se atreven a decir, que los dirigentes del Gobierno de Trump “sienten que Europa es culturalmente enemiga”.
Ante los hechos confirmados de que EEUU quiere una Europa muy diferente a la actual, una que camine por la senda que han trazado Orbán, Le Pen y Abascal, algunos han optado por el apaciguamiento a la espera de que Trump ofrezca uno de sus acostumbrados cambios de opinión. Es la posición de los cobardes que aspiran a que el agresor se compadezca de sus viejos aliados.
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