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The Guardian en español

EEUU diseñó tres escenarios para la caída de Maduro hace seis años y ninguno terminaba bien para Venezuela

Imagen de Caracas tras el ataque de EEUU contra Venezuela

Tom Phillips

3 de enero de 2026 11:37 h

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Una revuelta popular masiva termina con Nicolás Maduro, pero el Ejército venezolano sale a las calles y apunta con sus armas a los civiles que lo han hecho.

Un golpe de palacio envía al líder venezolano al exilio, lo que desencadena una cruenta lucha por el poder entre los miembros de su régimen fracturado. 

Estados Unidos auspicia un ataque contra la cúpula del poder del presidente y Maduro o un aliado clave es asesinado. Mientras soldados extranjeros toman el control de Caracas y de los principales aeropuertos y puertos, los insurgentes de izquierdas refuerzan su control sobre las zonas del interior del país, ricas en minerales, y los leales al Gobierno lanzan ataques de guerrilla contra refinerías de petróleo y oleoductos.

Hace seis años, el Gobierno de Estados Unidos contempló estos tres escenarios, durante unas simulaciones diseñadas para predecir cómo sería una Venezuela si Maduro era derrocado por un levantamiento, una revolución auspiciada por su círculo o un ataque ausipiciado por Washington, como el que ha acabado teniendo lugar en la madrugada de este sábado. Ninguno de los tres escenarios terminaba bien para el país.

“Se produciría un caos prolongado... sin una salida clara”, afirmaba hace unas semanas Douglas Farah, experto en América Latina cuya consultora de seguridad nacional participó en ese estudio estratégico de 2019, durante la primera administración de Trump.

“¿Dónde demonios nos estamos metiendo?”

En las tres simulaciones, planteadas en sesiones de análisis, la agitación causaría un nuevo éxodo de refugiados a través de las fronteras de Venezuela con Colombia y Brasil, ya que los ciudadanos huirían de los enfrentamientos entre grupos rebeldes rivales u ocupantes extranjeros y tropas leales.

“Todos los que se enfrentan a este problema [esperan] que se pueda agitar una varita mágica y tener un nuevo gobierno [en Venezuela]”, dice Farah. “Creo que la razón por la que no ha sucedido hasta ahora es porque los actores implicados se sentaron y pensaron: 'Un momento. ¿Dónde demonios nos estamos metiendo?”.

Pese a esos análisis, los opositores venezolanos que han intentado hasta ahora poner fin a los 12 años de gobierno de Maduro rechazaban que su caída sumiría inevitablemente al país en una vorágine de derramamiento de sangre y represalias. María Corina Machado, que recogió hace unas semanas el premio Nobel de la Paz y lidera el movimiento político que se autoproclamó vencedor de las elecciones presidenciales de 2024, calificaba de “totalmente infundadas” las afirmaciones de que la salida de Maduro podría sumir a Venezuela en una violencia similar a la guerra civil de Siria. “Venezuela es un país con una larga cultura democrática y una sociedad decidida a recuperar esa democracia”, dijo a The Guardian desde Oslo, tras salir de su país para recibir el Nobel.

Miguel Pizarro, otro líder de la oposición, también rechazaba hace unas semanas que Venezuela esté condenada a convertirse en una versión sudamericana de Irak, Libia o Haití en el supuesto de que Maduro fuera derrocado. “La verdad es que los venezolanos tomaron su decisión [en las elecciones de 2024]... fue el mayor consenso social que ha habido nunca en Venezuela”, afirmaba sobre el riesgo de caos en el país antes del ataque de EEUU registrado este sábado.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la primera dama, Cilia Flores, en una imagen de archivo

Los riesgos

Los aliados del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ha pasado los últimos meses hasta el ataque a gran escala de este sábado aumentando la presión sobre Maduro con un despliegue militar masivo, ataques mortales contra barcos en el Caribe que supuestamente transportaban droga y la incautación de petroleros, también minimizan los peligros de una posible intervención estadounidense.

Sin embargo, muchos expertos y diplomáticos latinoamericanos se mostraban escépticos sobre la posibilidad de que las cosas salgan bien, independientemente de cómo se produciera la destitución de Maduro.

Si se desplegaran soldados extranjeros, aseguraba Farah, probablemente podrían tomar el control de las grandes ciudades y de infraestructuras como puertos y aeropuertos. Sin embargo, se enfrentarían a la posibilidad de ataques asimétricos por parte de los partidarios del Gobierno o de los rebeldes colombianos, incluido el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y los miembros disidentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y a una batalla prolongada para recuperar el control de las regiones mineras de oro que ya están bajo la influencia del ELN.

Un golpe de Estado podría dejar “un vacío de poder enorme”, con actores armados rivales luchando por ocupar el lugar de Maduro. “Podría haber cuatro personas diferentes diciendo: 'Bueno, ahora estoy al mando”, dice Farah. “[Derrotarlos es] una propuesta a largo plazo que requeriría mucho dinero, muchos soldados y muertos”, alertaba Farah.

Pase lo que pase, Farah consideraba que la Venezuela post-Maduro probablemente sería “un desastre enorme que duraría bastante tiempo”. “Nada de esto se va a resolver en tres semanas. Estamos hablando de años”, dice.

Farah no es el único observador que teme que un cambio político repentino pueda tener consecuencias nefastas para el país sudamericano rico en petróleo.

A comienzos de diciembre, el principal asesor de política exterior del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, advirtió de que la agitación en Venezuela podría transformar la región en una “zona de guerra” como ocurrió en Vietnam.

Juan González, máximo responsable de América Latina de la Casa Blanca durante la presidencia de Joe Biden, también teme la posibilidad de represalias violentas. González aseguraba hace unas semanas a The Guardian que derrocar a Maduro no implica necesariamente que la situación mejore en Venezuela. “De hecho, podría empeorar”, advierte, reflexionando sobre lo que podría suceder si un partidario de la línea dura, como el ministro del Interior Diosdado Cabello, que dirige las represivas fuerzas de seguridad de Venezuela, sucediera a Maduro.

Por su parte, Farah cree que un acuerdo temporal de reparto del poder podría ser una forma de evitar la “fractura masiva” de Venezuela entre facciones rivales. Sin embargo, señala el experto, para que eso ocurriera, sería necesario tomar decisiones difíciles, entre ellas posiblemente dejar en libertad a “personas que han vulnerado de forma masiva y repetida los derechos humanos”.

Si la situación de seguridad se descontrola tras la captura de Maduro, Farah teme que Washington se vea tentado a contratar a grupos mercenarios y contratistas militares privados, en lugar de desplegar soldados en el terreno.

“[Eso] te acerca a un escenario similar al de Irak, en el que múltiples grupos no estatales llevan a cabo acciones simultáneas sobre el terreno sin que nadie tenga el control”, advierte Farah. “Si la situación se tuerce, esa es una de las opciones que barajarán”, predice. “Y eso sería muy perjudicial”.

Este texto es una adaptación actualizada del original publicado en The Guardian el 14 de diciembre. Fue traducido por Emma Reverter.

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