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OPINIÓN

¿Moderna, Pfizer o AstraZeneca? El ridículo y entretenido aumento de la “envidia” de vacuna

Una trabajadora sanitario sostiene jeringuillas y un vial de la vacuna COVID-19

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La semana pasada tuve que buscar imágenes de hombres siendo vacunados (no es un fetiche, fue por trabajo) y encontré una foto de una campaña de vacunación contra la gripe en 2012. Intenté viajar nueve años hacia atrás: ¿teníamos protestas en contra de la vacuna para la gripe? ¿había diferentes tipos de vacunas y nos importaba cuál nos tocaba? Estas son preguntas retóricas, es decir, estúpidas. Incluso cuando creo no recordar, lo recuerdo perfectamente bien. Nunca pensábamos en la vacuna contra la gripe porque no sentíamos nada respecto a la gripe.

Hay algo adorable en la intensidad de las opiniones respecto a las vacunas contra la COVID-19. Es como si todos estuviéramos luchando por reducir cada sentimiento indómito causado por la pandemia a formas y tamaños más manejables: tribus y alianzas, preferencias y puntos de vista. Es como ser un adolescente otra vez: las emociones son demasiado fuertes para comprenderlas, demasiado volátiles para darles algún sentido. Pero quizás si escribo “AstraZeneca” en mi pupitre, tal vez a alguien más también le guste AstraZeneca, y así al menos seríamos dos.

Entre las tribus de vacunas, quienes recibieron Pfizer se llevan toda la gloria. La vacuna de Pfizer parece ser más efectiva tras dos dosis que la de Oxford/AstraZeneca (el riesgo de hospitalización se reduce alrededor de un 96% con Pfizer y un 92% con AstraZeneca, la cual tiene peor rendimiento con una sola dosis), pero esta sensación de prestigio no tiene nada que ver con la efectividad. Lo que pasa es que muchas de estas personas fueron las primeras en recibir la vacuna. Eso no tiene sentido: si fueron los primeros, fue por estar entre los más viejos, o los más vulnerables clínicamente. Pero no vale la pena indagar en los motivos por los que fueron los primeros. Lo fueron y punto.

Algo bueno para recordar

Si vamos a recordar con cariño algo de este período brutal, serán esos primeros días en los centros de vacunación, con la gente sonriendo de oreja a oreja y agradeciéndole a todo el mundo, incluso al infalible cámara local. También había una especie de valentía “performativa” dirigida a los antivacunas: no tengo miedo, porque la medicina no es algo a lo que temer.

Que la vacuna de Pfizer tenga que ser conservada a temperaturas extremadamente bajas también la hace lucir hipercientífica, como si fuera una ultramedicina proveniente del futuro. Asimismo, cuenta con una gran historia de origen: fue inventada por los doctores Uğur Şahin y Özlem Türeci, marido y mujer, quienes el día de su boda hicieron trabajo de laboratorio y que, a pesar de ser extremadamente ricos, aún pasan todo su tiempo leyendo revistas científicas. No entiendo por qué este detalle es comentado con tanta frecuencia. ¿Cómo se supone que los ricos pasan sus horas libres? ¿Contando su dinero? No importa, pues esta es la cuestión: cuanto más pienso en la vacuna de Pfizer, más me gustaría haberla recibido.

Moderna tiene el valor de la rareza. Esto tampoco tiene sentido, por cierto. Reino Unido ha adquirido 17 millones de dosis de Moderna –son tan infrecuentes como una rata en el metro– pero debes admitirlo, todavía te emocionas al ver una. Cuando las personas que recibieron Moderna se encuentran en fiestas, se saludan los unos a los otros como si fueran conductores de un coche escarabajo. (Esto es una suposición, ya que no hay fiestas).

AstraZeneca es la norma en Reino Unido, el monolito de 100 millones de dosis para el mercado del país. No puedes ser distinguido con una vacuna de Oxford: eres parte del rebaño (aunque al menos tienes su inmunidad). Por desgracia, los humanos se desesperan por distinguirse, así que todos los que recibieron AstraZeneca intentan hallarle algún aspecto novedoso, como los efectos secundarios. Nunca oímos a las personas que recibieron Pfizer hablar de su brazo dolorido, o de sus síntomas leves, similares a los de la gripe. No porque no los tuvieran, sino porque ya eran especiales desde antes.

Hay quienes opinan que, si te tocan efectos adversos que no ponen en riesgo tu vida, no deberías mencionarlos, ya que así desalientas a otras personas a vacunarse. Además, ¿qué eres? ¿Un bebé? Definitivamente estoy de acuerdo con esto. El estoicismo es un valor y un dolor de cabeza es un bajo precio a pagar por la protección contra un virus potencialmente letal. Pensándolo bien, resulta grosero que los científicos se desvivan y pasen incontables noches en vela, salvando miles de millones de vidas, para que al final les demos la espalda y digamos: “Tres días después, todavía me siento un poco cansado por la tarde”.

Por desgracia, si algo me sucede, soy esencialmente incapaz de no mencionarlo. Si veo a alguien en el autobús con la misma mascarilla que yo, lo diré. Si paso un día incapaz de hacer otra cosa más que ver series policíacas y pedir bebidas gaseosas con voz quejumbrosa, hablaré de ello durante semanas. Esto es lo que nos hace pasar por singulares, en el mundo vacunado por Oxford: en privado, todos contamos cómo nos sentimos minuto a minuto tras la vacuna, mientras en público ponemos una cara que dice “es solo un rasguño, no pasa nada”.

Justo cuando creía estar harta de las noticias sobre vacunas, dos amigos, ambos con las dos dosis de AstraZeneca ya aplicadas, descubrieron que sus hijos adolescentes habían dado positivo en coronavirus. Las posibilidades de cumplir con el distanciamiento social en una familia son nulas, y aun así, ninguno de los dos adultos se contagió. Estas cosas sí funcionan, maldita sea.

Traducción de Julián Cnochaert

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