ANÁLISIS

No haga caso al pesimismo: las vacunas contra la COVID-19 se imponen silenciosamente

Centro de vacunación masiva instalado en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Santander.

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Es bastante probable que si leen las noticias tengan la sensación de que la pandemia no va a terminar nunca. De hecho, incluso en otoño, cuando empezaron a llegar buenas noticias sobre el avance de las vacunas, esta narrativa negativa consiguió ganar terreno.

En el último mes, han podido leer artículos sobre los "cinco motivos por los que la inmunidad de rebaño es probablemente imposible", aunque la vacunación masiva ya estaba en marcha, o informaciones que dejan sin aliento sobre variantes aún no identificadas pero potencialmente devastadoras, como la variante "doble mutante" en India, o dos variantes preocupantes que potencialmente intercambian mutaciones y se unen en un "escenario de pesadilla" en California. Prepárense, decían algunos analistas, para la "pandemia permanente".

Entre muchos de mis conocidos, se ha instalado una especie de catastrofismo de baja intensidad. Piensan que las vacunas son un mero resquicio de esperanza, que solo logrará frenar el virus durante un corto periodo de tiempo antes de ser derrotadas por una avalancha de nuevas variantes del virus cada vez más escurridizas que se propagarán a nuestro alrededor, tal vez para siempre. Creen que las cosas podrían mejorar brevemente, pero sólo un poco, e incluso eso es tenue. En el mejor de los casos, y no siempre, tienen la sensación de que las cosas pueden mejorar, pero solo un poco. 

Sin embargo, a pesar de este estado de ánimo catastrofista y de las dificultades que probablemente se irán presentando a lo largo del proceso de vacunación, yo no pierdo el optimismo. Desde mediados del año pasado tengo el convencimiento de que lograremos poner fin a esta pandemia con vacunas extremadamente eficaces.

Estas vacunas lograrán frenar la enfermedad, hasta casi extinguirla. O limitarán tanto su fuerza y su capacidad de contagio que la COVID pasará a ser un motivo de preocupación mucho más fácil de gestionar, como el sarampión o las paperas. De hecho, creo que estamos muy cerca de conseguirlo, siempre y cuando consigamos que todo el mundo, no solo los países ricos, se vacune.

Los argumentos científicos que nos invitan a ser optimistas son muy claros. Las vacunas que tenemos son más que excelentes; de hecho, están entre las más eficaces que se han creado en la historia. Parecen ser efectivas en situaciones cotidianas, y los resultados hasta ahora muestran que la protección es duradera. Un dato crucial es que los nuevos resultados obtenidos en EEUU muestran que las vacunas de ARNm utilizadas allí previenen eficazmente los contagios por coronavirus –y no solo los síntomas graves– con resultados similares a los comunicados anteriormente por un estudio efectuado en Reino Unido.

Y otro estudio realizado en Reino Unido indica que los grupos vacunados tenían menos probabilidades de propagar la infección por coronavirus en general. Esto es exactamente lo que necesitamos para terminar con la pandemia: vacunas que no solo protejan, sino que realmente impidan que el virus infecte a las personas y se propague.

En cuanto a las nuevas variantes del virus, está claro que algunas son más infecciosas y otras más mortales. Pero su interacción con las vacunas aún no está clara. Algunos resultados de laboratorio muestran que ciertas mutaciones virales pueden hacer que algunas respuestas inmunitarias sean menos fuertes. Y un estudio sugiere que la vacuna de Oxford/AstraZeneca podría ser menos eficaz contra la variante sudafricana.

Pero la mayoría de los científicos creen que las vacunas han resistido hasta ahora, y seguirán haciéndolo. Si las variantes consiguen hacer pequeños avances, las vacunas pueden actualizarse. Si bien no es descartable un escenario fatídico con una cepa letal, lo cierto es que no se puede prever. La evolución no hace milagros a la carta para la supremacía viral. Lo cierto es que la mayoría de los virus no consiguen esquivar la protección de las vacunas aunque muten durante décadas.

Las informaciones que apuntan a un futuro sombrío y peligroso no son erróneas, en sí mismas. Es evidente que tenemos un largo camino por delante en la lucha contra la pandemia. Aunque algunos artículos son sensacionalistas –de hecho algunos científicos han empezado a llamar a las reacciones de pánico que se producen con cada nueva mutación del virus como "porno mutante"–, la mayoría de artículos se hacen eco con la mejor de las intenciones de la opinión de los expertos, o intentan desmarcarse de un discurso que alimenta falsas esperanzas –la mayoría de los artículos– o, excepcionalmente, se desmarcan de proyecciones catastrofistas y terribles (esta columna).

En general, intentan describir, en un contexto de enorme incertidumbre, las perspectivas de futuro. Por regla general, se nos da bastante mal gestionar la incertidumbre. Durante la pandemia, la esfera pública a veces parece estar en medio de una crisis epistémica en toda regla, con afirmaciones muy diferentes sobre lo que presagia "la ciencia". La verdad es que la ciencia que vemos ahora es en sí misma incierta. No estamos ante un proceso que parte de estudios que se han llevado a cabo durante muchos años y que nos permitan tener respuestas casi infalibles.

Todos nos movemos detrás de la cortina científica, observando la ciencia en evolución, las inferencias y las hipótesis, los estudios incompletos y en curso. A menudo, lo que se presenta públicamente como "ciencia" no son más que conjeturas, fundamentadas en el conocimiento, de los expertos.

Esta situación puede tener un efecto acumulativo y derivar en algo paralizante. Sobre todo porque la propia pandemia ha ampliado nuestro horizonte de posibilidades negativas. Parece que cada día hay mil nuevos caminos que puede tomar el futuro, y no hay forma de saber la solidez de cada uno de ellos. Es más, como cada buena noticia viene acompañada de nuevas advertencias y escenarios catastróficos, puede parecer que la situación es casi tan incierta ahora como lo era al principio de la crisis. Como si todo lo que sabemos pudiera cambiar repentina y radicalmente, de la misma manera que lo hizo el pasado mes de marzo.

Sin embargo, la realidad es muy diferente. Nos enfrentamos a dos frentes de incertidumbre enormes y opuestos. Todavía no sabemos con certeza si las vacunas detendrán eficazmente la transmisión. Tenemos algunos indicios que apuntan a ello, y están llegando respuestas concluyentes. Y no sabemos qué variantes (terribles) podrían surgir todavía. Si bien esta incógnita parece enorme, las variantes no son una antimateria inmunológica llamada a acabar repentina y totalmente con las vacunas.

Visto así, las posibilidades no parecen tan desalentadoras. Al principio de la pandemia no teníamos nada, el plazo para las vacunas y si funcionarían eran inciertos, existía la posibilidad de que tardaran años, o de que fracasaran. El horizonte era el virus, y lo malo que podía llegar a ser. Ahora las vacunas son el horizonte, y es el virus el que solo tiene la posibilidad de retrasar o interrumpir nuestro camino.

  • Stephen Buranyi es un escritor especializado en ciencia y medioambiente

Traducido por Emma Reverter

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Publicado el
14 de abril de 2021 - 22:02 h

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