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Una década viviendo junto al vertedero de Valdemingómez: "Un olor tan nauseabundo que dan ganas de vomitar"

Los vecinos del Ensanche de Vallecas llevan más de una década sufriendo los malos olores provenientes del Parque Tecnológico de Valdemingómez

El Ayuntamiento trabaja en la licitación de unas obras para reducir notablemente el impacto: 21 millones de euros y que comenzarán en 2019

"La percepción frecuente de olores desagradables puede convertirse en un elemento desencadenante de estrés", advierten los expertos

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Vista general de la incineradora madrileña de Valdemingómez.

Vista general de la incineradora madrileña de Valdemingómez.

El ritual cotidiano que antecede a salir de casa incluye, para Verónica Farfán, consultar la dirección del viento y asomarse a oler por la ventana. Esta vecina del Ensanche de Vallecas es una de las miles de afectadas por los malos olores procedentes del vertedero de Valdemingómez -cuyo nombre oficial es  Parque Tecnológico-, donde se tratan los residuos que genera la ciudad de Madrid desde la década de los 80 y que castigan a ese barrio desde que comenzaron a entregarse las viviendas en 2006.

Pese al acuerdo firmado entre la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), la Asociación Vecinal PAU del Ensanche de Vallecas y el Ayuntamiento en 2015, mediante el que el Consistorio se comprometía a trabajar para reducir el impacto en la zona, este verano la situación ha sido especialmente dura. Además, los datos que manejan desde la asociación alertan que a partir de este mes de octubre se experimentará un nuevo repunte a causa de las condiciones meteorológicas.

“Cualquiera se lo puede imaginar, pero vivirlo es distinto”, advierte Ana Isabel Pereira, otra vecina del barrio. “Hay noches que el olor te despierta y es tan nauseabundo que te dan ganas de vomitar”, lamenta Eduardo Calvo. A los olores de Valdemingómez se han sumado este verano, a principios de julio, otros provocados por tareas de limpieza en un biodigestor.

“El Ayuntamiento reconoció que no había ningún procedimiento pensado para que se haga en épocas donde el calor no afecte tanto, pero está apuntado y no debería volver a ocurrir”, explica el presidente de la FRAVM, Enrique Villalobos. Y, desde finales de julio hasta mediados de septiembre, los originados en la planta de la Torrecilla, donde ha comenzado a depositarse el bioestabilizado procedente de la planta de secado térmico de lodos de la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) Sur, que luego se venden como abono para agricultura, tal y como descubrieron los propios vecinos y ha corroborado el área de Medioambiente y Movilidad.

El olor de esta planta, de esos que se mete hasta la boca del estómago, recordaba al de quemado-ceniza que los vecinos tenían “muy olvidado” y que no habían sufrido “más que de manera esporádica desde finales de 2012”, cuando se dejó de producir compost en la planta de Las Lomas, indica Villalobos. Por eso “este verano la sensación era que nos estaban engañando otra vez”, afirma Eduardo. Una vez identificado el origen del olor los vecinos lamentan que mientras se están poniendo medidas para solucionar Valdemingómez, que sigue oliendo, aparezcan nuevos focos. “Me quedé atónita. No puede ser que estemos con Valdemingómez y de repente haya otro chiringuito aquí puesto. Hay una falta de control impresionante, es frustrante”, protesta Ana Isabel. “El Ayuntamiento es el que tiene que meterla caña a las empresas para que no hagan estas cosas”, indica Eduardo.

Un problema que afecta a más de 100.000 personas

“El Ayuntamiento de Madrid ya se ha puesto en contacto con la empresa concesionaria (Valoriza) y ya se han tomado las primeras medidas de choque: se ha comenzado a sacar material para su comercialización y se ha contratado a más personal para mejorar su gestión y reducir el olor. Ahora se estudiarán medidas definitivas”, explican desde el área de Medioambiente. Mientras, continúan las tareas para atajar los olores de Valdemingómez.

Por el momento se han realizado, entre otras, mejoras en la planta de tratamiento de biogás, pero lo más esperado es la licitación de las actuaciones para poner en marcha un plan de medidas con una inversión superior a 21 millones de euros que comenzará en 2019. “Lo cierto es que se está trabajando”, reconocen desde la FRAVM, “pero para los vecinos se hace eterno, porque la administración a veces es muy lenta en la toma de decisiones y parece que esto no se va a acabar nunca”. “Estamos cansados, porque queremos ver ya el resultado. Después de 10 años la gente está harta”, comenta Verónica. Según los datos de la Federación, este problema afecta a cerca de 108.000 vecinos del Ensanche de Vallecas, Rivas-Vaciamadrid, Perales del Río y Pinto, en función de la dirección en la que sople el viento.

La PAU cuenta en su página web con un formulario en el que los vecinos pueden registrar los malos olores, de qué tipo son, qué días y a qué horas se detectan. En 2016 y 2017 se registraron 1.500 y 1.501 quejas respectivamente. Este año, a finales de agosto iban ya por 1.420 y quedan aún los peores meses: octubre, noviembre, diciembre y enero. Los de más baja intensidad suelen ser marzo, abril y mayo, pero incluso en estos casos continúan los olores. “Cuando huele poco no puedes parar tu vida, pero si el olor es muy intenso te obliga a no salir de casa”, explica Ana Isabel, que pone un ejemplo: “De casa al metro se te revuelve el estómago”.

Afecta a cualquier situación cotidiana: el olor se impregna en la ropa tendida, no invitan a familiares o amigos a casa por vergüenza, dejan las ventanas cerradas al salir, tienen que coger el coche e ir fuera del barrio para correr o ir al parque con los niños… enumeran los vecinos consultados. “Es un inconveniente real, que no parece una prioridad porque es invisible, pero no podemos estar viviendo en estas condiciones”, lamenta Verónica, que ha escogido para sus hijos “un colegio fuera del barrio, porque si esto lo están respirando a diario debe tener unos efectos”.

El doctor Héctor Vallés, miembro de la Sociedad Española de Otorrinolaringología, advierte que “los olores son estímulos emocionales poderosos que influyen en el estado de ánimo, la atención y el comportamiento”. Así, el experto afirma que “la percepción frecuente de olores desagradables, que puedan interpretarse como substancias potencialmente peligrosas en el ambiente, puede convertirse en un elemento desencadenante de estrés”. Además, afirma que “se ha comprobado que aumenta la frecuencia de los ataques de dolor en pacientes migrañosos” y “se han señalado fenómenos de aumento de dolor en enfermedades ya existentes”.

Reivindicando una normativa

Pese a esto, los vecinos denuncian que no existe una legislación específica que regule los malos olores, como si ocurre, por ejemplo, con el ruido. “Estamos reivindicando una normativa. Existe a nivel europeo, pero es muy difusa y difícil de aplicar. Deberían establecerse unos medidores que definan unos umbrales de lo que se puede o no superar”, reclama Eduardo. Precisamente, en esa línea van también las exigencias de la FRAVM: “Se ha creado una mesa para analizar cómo se pueden unificar protocolos y poner en común todo lo aprendido en este tiempo. La Comunidad de Madrid es la que tiene competencias en vigilancia ambiental, por lo que tiene que sacar una legislación que, a nivel municipal, se transforme en ordenanzas concretas. No puede ser que deje que los ayuntamientos se apañen”, explica Villalobos.

A lo largo de estos años, los vecinos del Ensanche de Vallecas se han mostrado muy combativos, han reclamado ayuda al Defensor del Pueblo e, incluso, han puesto una demanda colectiva por vulneración de derechos fundamentales. Una demanda que se encuentra paralizada ya que la entrada de la nueva corporación municipal, capitaneada por Manuela Carmena y con Inés Sabanés como delegada del Área de Gobierno de Medioambiente y Movilidad, supuso, por primera vez, el reconocimiento de que la responsabilidad era del ayuntamiento y una intención de tomar medidas. “Primero nos decían que no olía y, después, Ana Botella nos dijo que el problema era nuestro porque ya sabíamos dónde habíamos comprado las casas y que no esperáramos que íbamos a respirar el aire de la sierra”, recuerda Ana Isabel, que advierte que si cuando terminen las obras “sigue oliendo, seguiremos adelante”.

Mientras tanto, los vecinos han puesto en marcha iniciativas para reducir los residuos que se generan. “Tal vez en el centro no tienen la percepción de la basura como la tenemos aquí”, señala Eduardo. “En casa tenemos cinco cubos para reciclar y, cuando vamos al supermercado, que no nos den una bolsa de plástico, porque sabemos que nos la van a quemar aquí al lado”, indica.

Entre otras iniciativas, “a través de los foros locales de la mesa de medioambiente se instó al Ayuntamiento y a la junta de la Villa de Vallecas a que no usaran vajillas ni vasos de un solo uso y ahora emplean un tipo que es compostable”, recuerda. Además, cuentan con un huerto comunitario, vinculado al colegio Juan Gris, donde llevan la basura para realizar compost. “Los domingos nos juntamos allí y entre todos decidimos qué sembrar, cuándo se cosecha, trabajamos en él y se reparte lo que se haya recolectado ese día”, explica Ana Isabel.

Los vecinos son prudentes, aunque se muestran esperanzados. “Nadie se ha atrevido a decir que se van a eliminar los olores al 100%, pero sí que a principios de 2019 deberíamos notar una mejora importante, quizás con algún episodio esporádico, pero no lo que venimos sufriendo”, apunta Eduardo. “Estamos impacientes, porque es muy incómodo, pero estamos en el buen camino, aunque sea lento”, añade Ana Isabel. “Mis hijos han nacido aquí. ¡Qué bueno sería que pudieran conocer un Ensanche limpio!”, reclama Verónica, que durante la entrevista reconoce que el barrio lleva un par de días sin olores. Poco después envía un mensaje: “Está empezando a oler a basura con una intensidad baja-media. Toca cerrar ventanas antes de que sea media-alta o alta. No ha durado mucho el periodo de gracia sin olores. Tres días ya era demasiado”.

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