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Los que ayudan a los sinhogar redoblan esfuerzos en la pandemia: “Para esta gente el mundo se le ha caído encima”

Reparto de alimentos en la Plaza Mayor, al inicio de la cuarentena | SANT'EGIDIO

Las dificultades del confinamiento por el coronavirus va por grupos en Madrid. Mientras la mayoría de la población lo está pasando en sus viviendas, sin muchas más limitaciones que la del movimiento, hay un colectivo que no ha podido encerrarse en sus casas. Porque no tienen. Son las personas sinhogar, que han visto cómo están más expuestos a la enfermedad que nadie y, debido al estado de alarma, han perdido la mayoría de recursos de asistencia.

“Con el cierre de los bares no pueden ni siquiera ir al baño”, explica Tíscar Espigares, responsable de la comunidad de Sant'Egidio en Madrid, una de las organizaciones que les sigue prestando ayuda en estas difíciles circunstancias. “La gente de la calle normalmente tiene la vida muy difícil, pero estos días el mundo se le ha caído encima”, cuenta en conversación telefónica con Somos Malasaña. “Por eso es cuando menos tenemos que abandonarles, nosotros hemos redoblado esfuerzos”.

Su comunidad religiosa reparte desde el inicio del confinamiento unas 500 cenas a la semana, 400 a los amigos de la calle (el apelativo cercano que usan ellos para las personas sin hogar) y otras 100 a familias necesitadas. “Estos días les damos bocadillos porque no podemos cocinar caliente, también les ofrecemos latas de comida para que tengan para otros días, mucha fruta y productos de higiene”. También les acompañan por teléfono, para darles ánimos y porque “con ellos tenemos mucha amistad y queremos saber si están bien”, reconoce Tíscar.

En Madrid, hace justo un año, había 2.772 personas durmiendo en la calle, según el recuento anual que efectúa el Ayuntamiento y que este año no parece que se vaya a repetir por el estado de alarma. Pero el Ayuntamiento solo dispuso 150 camas para ellos en Ifema al inicio del estado de alarma. Las plazas “se llenaron al momento”, cuenta Tíscar. Hace unos días, los servicios municipales habilitaron otras 150 y también mantienen hasta el 31 de mayo las 479 plazas de la campaña del frío municipal, que se ha extendido hasta el 31 de mayo.

En paralelo, la Policía Municipal precintó hace unos días la Plaza Mayor, en cuyos soportales se refugiaban cada noche decenas de sinhogar, cuyo número había aumentado desde el inicio de la pandemia. Allí repartieron alimentos los miembros de Sant'Egidio mientras les dejaron, una actividad solidaria permitida durante el estado de alarma pero que siempre es objeto de controles por parte de la Policía pese a que la efectúan con todas las precauciones -mascarillas enviadas desde Italia, aquí no encontraron- y con la certeza de que su trabajo es más necesario que nunca: “A los amigos que están en dificultad no se les abandona”.

En Malasaña, la desprotección de este colectivo se ejemplificó al inicio del estado de alarma en la Plaza del Dos de Mayo, donde apareció muerto un sintecho, que un vecino descubrió cuando bajaba a la farmacia, un viernes al mediodía. “Qué sociedad inhumana hemos construido en la que suceden estas cosas”, se lamenta Espigares, que cree que en esta crisis puede servir como epifanía para la sociedad: “Puede ser la ocasión de descubrir la fragilidad que tenemos por un bichito, que no hace distinción en los credos de la gente ni en su nivel económico. Estamos hechos de la misma masa. Tendríamos que mejorar como sociedad pero no sé si vamos a aprender la lección”.

Espigar y sus compañeros de comunidad están estos días en contacto con situaciones durísimas: inmigrantes que no pueden ni salir del país para volver a su tierra, limpiadoras que ya no pueden enviar remesas fundamentales a sus familias de Rumanía o Latinoamérica, mayores en soledad y dificultad... pero lo que más destacan es la ola de solidaridad que también ha generado esta situación: “Hemos hecho llamamientos y ha habido mucha gente que ha respondido, echándose para delante y se han puesto a ayudar”, afirma. Su acción se une en Malasaña a la de otros colectivos como los que reparten más de 100 platos calientes al día en la Plaza del Rastrillo, o a la recién creada Red de Cuidados del barrio.

La comunidad de Sant'Egidio está en Malasaña desde hace casi cuatro años, cuando la Iglesia les cedió el templo de las Maravillas, en la plaza del Dos de Mayo. El templo sigue abierto para la oración personal los miércoles y los viernes, con las medidas de precaución exigidas para evitar la expansión del Covid-19, pero ya no se celebran misas. Que no haya ningún acto religioso allí esta Semana Santa no importa en esta agrupación cristiana, asegura Espigares: “Lo importante es el Evangelio, que se lea y que se viva. La Pascua se celebrará igualmente desde casa, con otra mirada, pero no la va a arruinar el coronavirus”.

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