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Ilias vuelve al pantano murciano de Mula: “Esto sí que es vida, pasear en libertad y con el viento en la cara”

Ilias, bolsa de pan al hombro, camino del pantano para dar de comer a los peces

Erena Calvo

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Ilias es un chaval de 6 años que vive en el pueblo murciano de Mula, en el Noroeste de la Región. Con una población de 17.000 habitantes y menos de 15 personas contagiadas desde el inicio de la pandemia, esta zona de Murcia ha sido una de las menos golpeadas por la COVID-19. Muy cerca se encuentran Campos del Río y Ulea, donde no se ha registrado ni un solo caso de coronavirus.

Sabe que este domingo puede salir a pasear de nuevo, aunque haya restricción horaria y no pueda alejarse mucho de casa. Ha elegido el pantano para su salida, se puede llegar andando, la caminata no supera los 15 minutos. A las 10.30 de la mañana ya se ha preparado, y mete prisas a sus dos hermanos más pequeños. Ha pasado el confinamiento en su casa de la huerta, con ellos y sus padres. En un paraje donde hay pocos vecinos hasta que llega el verano, y los niños se cuentan con los dedos de las manos.

Se ha echado una bolsa llena de pan al hombro. “Tenía tantas ganas de ir a dar de comer a los peces”, exclama ilusionado. Y parece que los peces también estaban deseándolo a juzgar por cómo se han congregado debajo de los chicos esperando a que cayesen las migas.

“Estoy contento de poder salir: Esto sí que es vida, pasear en libertad y con el viento en la cara”, dice el chico durante el camino. En “este confinamiento” ha ayudado a sus padres a plantar algunas hortalizas en el huerto, ha colaborado en la construcción del gallinero y ha disfrutado del aire del campo. Pero lo que él echa de menos “son los niños, el colegio, mis amigos; ir al pueblo y poder jugar con otros niños de mi edad”. Pero el pueblo, a casi 5,5 kilómetros de la casa, se sale del radio permitido.

Ni él ni sus hermanos han escuchado los aplausos y la música de las ocho de cada tarde. Ni han visto los dibujos del arco iris colgados de las ventanas. Ni los rostros emocionados de sus vecinos. Es otra realidad, la de los niños que ya vivían aislados del núcleo poblacional donde estudiaban y hacían sus actividades diarias antes del confinamiento.

Sus dos padres teletrabajan. Y él trata de hacer las tareas del colegio “de la mejor manera”. Aunque, “no es fácil concentrarse con tanto jaleo”, dice mirando a sus hermanos.

En su paseo no se cruza con ninguna otra persona. Sus deseos para cuando termine el confinamiento, por orden: “Ver a mis abuelos, a mis primos, a mis amigos... y también ir al parque y a la feria”.

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