De 'El emigrante' a la regularización migrante
2008. Crisis económica mundial. Aumento abrupto del paro juvenil en España. Amigos, familiares y un servidor tuvimos que marcharnos, casi al compás de 'El emigrante', de Juanito Valderrama, que dejó de ser una copla escuchada por los mayores para convertirse en banda sonora involuntaria. Desarraigo. Injusticia. Duelo. Soledad. Se resquebrajaba, con eficacia implacable, la narrativa hegemónica inculcada con paciencia pedagógica hasta convertirse en dogma: estudia, estudia y estudia (compaginado con trabajos precarios y, entonces, mejores becas que ahora) y todo irá bien. Buen trabajo. Buen sueldo.
Para impugnar ese relato me refugié en la lectura sobre migraciones desde distintos ángulos, como expondré más adelante, y en un libro de cabecera: 'Indignaos', en la voz cansada y lúcida de Stéphane Hessel.
Este punto de partida no es una confesión individual, sino una experiencia compartida. A partir de 2008, España volvió a reconocerse como país de emigrantes, como ya lo había sido durante buena parte del siglo XX. Jóvenes altamente formados (que aún hoy se intenta recuperar mediante programas como las ayudas Beatriz Galindo), armados de títulos y expectativas, cruzaron fronteras interiores y exteriores empujados por un mercado laboral exhausto. Aquella emigración, fundamentalmente económica, convivió con otra realidad menos asumida en el imaginario colectivo: la llegada persistente de personas migrantes procedentes de fuera de Europa, cuyas razones para desplazarse ya no podían explicarse únicamente en términos salariales.
Porque la migración contemporánea no responde solo al cálculo económico. Se huye de guerras prolongadas y olvidadas, de Estados fallidos, del hambre estructural, de la violencia cotidiana, de la persecución política, étnica o religiosa, e incluso de los efectos cada vez más visibles del cambio climático. Muchos de quienes llegan hoy a Europa no migran para mejorar su vida, sino para conservarla.
La migración nunca ha estado ausente del debate público español, especialmente cuando es tergiversada por los mercaderes del odio —aunque casi siempre en relación con los migrantes pobres—, que fabrican realidades ficticias mediante esa forma de publicidad virulenta que es el mitin político. Sin embargo, la migración es un fenómeno estructural que exige una respuesta normativa. En este contexto, el Gobierno ha elaborado un proceso extraordinario de regularización administrativa para personas extranjeras en situación irregular que se encuentren en España desde antes del 31 de diciembre de 2025. La medida, largamente reclamada por organizaciones sociales y plataformas ciudadanas, constituye uno de los gestos más relevantes de reconocimiento jurídico de la migración en la historia reciente del país.
En términos simples, la regularización permitirá que cientos de miles de personas que ya viven y trabajan en España accedan a un permiso de residencia y trabajo; y aquí el padrón adquiere un valor casi de piedra filosofal. Se trata de quienes han cuidado a nuestros mayores, recogido cosechas, limpiado habitaciones de hotel, sostenido cocinas y economías domésticas. Tareas no muy distintas de las que muchos españoles desempeñaron en Reino Unido tras la crisis. Personas que ya forman parte de la sociedad, aunque hasta ahora lo hicieran desde una precariedad legal casi espectral. A esta se superpone, además, una precariedad habitacional cada vez más visible. La crisis de la vivienda golpea con especial crudeza a la población migrante-pobre, y de forma extrema a quienes carecen de regularización.
Desde el punto de vista económico, la regularización no solo mejora la vida de quienes se acogen al proceso; también refuerza la Seguridad Social, reduce la economía sumergida y aporta estabilidad al sistema productivo. No es solo una decisión jurídico-moral, sino también funcional.
Con todo, su alcance tiene una dimensión simbólica que no conviene subestimar. En un contexto europeo marcado por políticas de contención, externalización de fronteras y una persistente obsesión securitaria, España ensaya un relato distinto: el de la integración como política pública, y no como concesión graciable. Un relato que asume, aunque sea de forma parcial, que la migración no es una anomalía histórica, sino una constante en la experiencia humana.
Desde el derecho, además, las categorías con las que seguimos pensando la migración nacieron en contextos históricos que hoy resultan insuficientes; desde la tradición religiosa, los grandes relatos fundacionales están atravesados por huidas y desplazamientos —hasta el patrón de España, Santiago Apóstol, fue un migrante—; y desde la política, la dignidad no debería depender del lugar de nacimiento.
Tal vez haya llegado el momento, incluso, de pensar España desde otra perspectiva: la de sus exiliados conocidos —María Zambrano, Rosa Chacel, Arturo Barea, León Felipe— y la de tantos otros aún por reconocer; así como la de una literatura y una mitología pobladas de errantes, como Eneas y Ulises.
La regularización, por supuesto, no es una solución definitiva. Deja fuera a quienes no logren acreditar su permanencia, plantea dudas sobre su aplicación práctica y se despliega en un clima de polarización en el que la migración sigue utilizándose como arma arrojadiza. Tampoco sustituye la necesidad de una política migratoria europea coherente ni repara los dramas que continúan produciéndose en las fronteras exteriores de la Unión. Esa Europa que permite trabajar, circular y sobrevivir, pero no siempre habitar ni pertenecer, fue retratada con precisión alegórica por Costa-Gavras en 'Edén al Oeste': un espacio de tránsito sine die, sin regularización jurídica.
Aun así, conviene no minimizar su significado. En tiempos de repliegue identitario y de posverdad que erosiona el espacio común, fortalecer y reconocer derechos a quienes ya están aquí constituye un acto político relevante. No cierra todos los duelos ni corrige todas las injusticias, pero introduce una grieta en la narrativa que separa artificialmente entre “nosotros” y “ellos”, como si la movilidad humana no hubiera atravesado siempre nuestras biografías. Regularizar no es solo ordenar papeles, sino imaginar otro mundo posible en materia migratoria: una apuesta por la dignidad humana y por un derecho que proteja sin excluir, frente a discursos que convierten la vida en sospecha; una comunidad que no se define por el cierre, sino por la hospitalidad, y que asume la migración no como excepción a contener, sino como experiencia compartida desde la que repensarnos.
0