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Sin agua corriente, los vecinos de El Boquerón aún esperan la llegada del siglo XX: “No hay ninguna comodidad”

Joaquín explica cómo es el sistema de mallas que ha diseñado para filtrar el agua de riego que va a su aljibe

Erena Calvo

24 de enero de 2026 22:22 h

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Una rana muerta se descompone sobre la capa de cieno que se ha formado en los últimos días de lluvia. Pedro, el 'guardián' del agua del paraje murciano de El Boquerón (Abarán), la señala subido en una de las canalizaciones de riego mientras explica que por ahí tiene que pasar el agua que va al aljibe de Joaquín y de muchos otros vecinos, con la que lavan la ropa, se duchan y hacen otros menesteres caseros. Es agua de riego, no de consumo humano. 

“El agua llega a las casas con mucha suciedad, sedimentos y hasta animales muertos, como esa rana, pero también ratas o culebras”. En El Boquerón no hay agua potable y sus vecinos -cerca de cincuenta durante todo el año y algo más de un centenar en fines de semana o la época estival- funcionan a base de pozos, aljibes, agua de lluvia, camiones cuba, depósitos, muchas garrafas y, a veces, hasta duchas a golpe de cazos.

“Para quien ama el campo, vivir aquí es un privilegio, el entorno es precioso y la vida sencilla, pero no tenemos ninguna comodidad, sobrevivir se convierte en un lujo, nos cuesta mucho esfuerzo y mucho dinero”. Habla Virginia González, una de las vecinas, mientras se peina el pelo con los dedos muy cerquita de la lumbre del salón de Joaquín para que se le seque con el calor del fuego: “En mi casa tampoco tenemos luz, funcionamos con placas solares: o se plancha, o se pone la lavadora o te secas el pelo, hay que escoger”.     

Pedro, el guardia del agua, en una de las canalizaciones de riego de El Boquerón

El Boquerón se levanta en medio de la nada, en la cara norte de la Sierra de la Pila, entre olivos y frutales. Las ramas desnudas de los albaricoqueros presiden a ambos lados el camino para acceder a este paraje, considerado legalmente entidad singular de población. Algunas casas son más recientes, pero otras llevan allí desde el siglo XIX. Los vecinos, cansados de sentirse “abandonados”, piden que todas las administraciones públicas se impliquen y que mejoren sus carreteras, el acceso a internet y al transporte público o que se habilite un centro donde puedan reunirse pero, sobre todo, piden agua potable.

“El agua siempre ha sido un recurso muy valioso en esta zona”, cuenta Joaquín Cobarro Comillo, presidente de la Asociación de Vecinos Sierra de la Pila, constituida hace ya siete años. “Somos personas de 60 años para arriba y muchos tienen el pesar de morirse sin ver el agua potable correr por sus grifos”, se lamenta en el salón de su casa, donde ha reunido a algunos de sus vecinos. Joaquín, vinculado desde siempre a El Boquerón, se mudó del pueblo al campo hace una década. Enfermo de polio y en silla de ruedas desde niño, a sus 71 años ha abanderado la lucha de los vecinos. “En el Ayuntamiento me conocen como 'el pesao' de El Boquerón, pero no me importa, en el pueblo me quieren mucho; he sido tres décadas vendedor de cupones de la ONCE y he repartido mucha suerte, hasta cuatro Gordos”.

Agua del aljibe

Joaquín tiene aljibe en su casa: “Gracias a las últimas lluvias he acumulado bastante agua pero cuando no llueve tengo que llenarlo un par de veces al mes”. En cada servicio pide 30.000 litros, a 30 euros. En verano, cuando recibe la visita de su familia, “hay que llenarlo por lo menos tres veces; haz los cálculos, es un gasto importante”.

Además, como el agua llega con mucha suciedad “hay que dejarla correr unos 10 o 15 minutos antes de almacenarla para su uso, y ese tiempo también lo pago”. A todas esas incomodidades, se une la situación de Joaquín: “Menos mal que Pedro se viene conmigo y me ayuda cada vez que le pido agua, porque hay que desbrozar las entradas, en las que se acumulan piedras, ramas y hojas, mover algunas mallas y subir la compuerta”. 

Joaquín revisa uno a uno los documentos que ha ido archivando desde que empezó con la lucha por el agua potable

Enfrascado en localizar documentos, Joaquín da fechas y datos: hace cinco años que el Ayuntamiento “guarda en un cajón” un estudio técnico de la Dirección General de Aguas del Gobierno de Murcia para llevarles el agua desde un punto situado a 2 o 3 km de sus casas, valoraron la obra en 2,5 millones de euros, y en 2019 el Ayuntamiento de Abanilla, otro municipio murciano, “nos aprobó un excedente de agua de 35 metros cúbicos para El Boquerón y el paraje vecino de Casablanca, que es suficiente para el uso diario sin derrochar”. 

Para el alcalde de Abarán, el socialista Jesús Gómez Montiel, es “impensable” que en pleno siglo XXI se den estas situaciones. El “problema” es que la inversión es “millonaria”. La financiación, cuenta, la han intentado conseguir presentando el estudio completo, o bien por fases, a distintas convocatorias de ayudas de fondos europeos, “sin éxito”, e incluso al Ministerio para la Transición Ecológica, “pero o los fondos de ayuda eran para mejora de redes ya existentes o nos penalizaba la baja densidad poblacional”.

Preguntado sobre el derecho de los vecinos al agua potable, el alcalde señala que el terreno sobre el que se levantan las casas de El Boquerón son núcleo no urbanizable de secano y no urbanizable de nuevos regadío: “El debate puede ser infinito; los puristas dirán que no tienen derecho, por no ser suelo urbano o urbanizable y los propietarios dirán que sí, dado que pagan IBI”. Sin embargo, recalca, “yo no entro en debates, trato de resolver el conflicto”.

Financiación difícil

Técnicamente, continúa, “no tenemos obligación porque no hay un planeamiento urbanístico aprobado pero es verdad que la reclamación viene de muy atrás y se podría hacer una excepción, la cuestión es que la financiación es inaccesible para un grupo de viviendas tan pequeño”.

“Hombre, aquí hay gente viviendo mucho tiempo, muchas familias que pagan sus impuestos, ¿cómo no van a tener obligación de traernos agua potable”, se queja Joaquín en voz alta, quien señala hacia la ventana para dar fe de que a un par de kilómetros de su casa, sus vecinos de Jumilla sí que tienen agua potable.

“Son muy poquitos votos por eso a nadie les interesa porque si no, correrían, la administración que fuera”, cuenta indignada la diputada socialista Magdalena Sánchez Blesa, responsable de Medio Rural en la Asamblea Regional, quien pide “que dejen de echarse las pelotas de un tejado a otro y que todos los colores políticos que se tengan que juntar lo hagan para solucionar este problema”.

Un problema que en la actualidad tiene forma de acciones. “Según tengas más o menos terreno tienes más o menos acciones y, por tanto derecho a agua”, explica Enrique, el más joven de los asistentes a la reunión en casa de Joaquín, nacido en El Boquerón y que actualmente reside en Torrevieja. “Antes teníamos finca, pero se vendieron los terrenos y nos quedamos sin acciones hace 25 años”. 

Su madre, Antonia Bernal, vive sola en su casa de campo y se ha hecho toda una experta en reciclar agua. A sus 77 años, y a pesar de lo menuda que se ve frotándose las manos para coger calor sentada al lado de la lumbre, esta mujer desborda energía: “Lo que hago es que el agua de la lavadora la almaceno en unos barreños, así luego la puedo usar para el aseo”. Al no tener acciones, dependen de un camión cuba que les provee cada vez de 11.000 litros de agua y que les cuesta 190 euros. Tampoco sirve para beber, aunque es “mejor” que la que baja del riego. A los gastos del agua hay que sumarles los de las reparaciones del aljibe, en las que llevan invertidos seis mil euros en dos décadas.

Para subsistir, Antonia no podría apañarse sin la ayuda de sus hijos: “Me he dedicado toda la vida al verdeo de la fruta, y me ha quedado una pensión de 600 euros”, cuenta mientras mira el reloj de reojo. Tiene una cita. “Me voy a trabajar”, bromea. Ha quedado con una vecina para ayudarle a preparar la comida. “Una paella, o lo que me pida”. 

Antonia y Virginia dialogan al calor de la lumbre de Joaquín

“Para beber le traigo a mi madre todas las semanas garrafas de Fuente Higuera, que está aquí cerca, en Fortuna, y es la que beben casi todos los vecinos”, dice Enrique, quien se pregunta si en medio siglo que llevan pidiendo el agua “nunca ha sobrado ni un euro” para El Boquerón. “La gente no sabe lo que es el campo; a nosotros no nos dejan levantar un piedra pero ahora dicen que han descubierto una cueva que servía de refugio a los bandoleros y meten en un fin de semana a 200 personas en la Sierra haciendo que la poca fauna que quede se disperse”. 

La solución que ven más plausible por el momento en el Ayuntamiento es que se lleve a término un proyecto de una zona logística al inicio del paraje de Casablanca, muy cerca de El Boquerón, a instancias de un promotor privado y que se encuentra, según el alcalde, en una etapa “muy madura”. Una medida en la que no confían los vecinos: “No se ha visto ningún movimiento, sería además traer el agua desde más lejos, a 14 kilómetros”.

Otras batallas: la promesa de unos buzones

“Aunque es la más significativa, el agua no es nuestra única batalla”, cuenta Enrique al tiempo que explica que “tampoco tenemos un servicio móvil en condiciones, cuando hay problemas atmosféricos se va la señal; yo tengo que pagar un servicio de 40 euros para que mi madre tenga conexión, que está sola y es muy mayor”. 

Le toma el relevo Joaquín: “Pagamos nuestros impuestos como todos los vecinos y en los últimos 10 años nos han puesto solo una veintena de contenedores y un puñado de farolas solares para los accesos”. Ahora les han aprobado unos buzones pero “porque un vecino que es maestro puso una denuncia en Correos en Madrid y nos dieron la razón”. 

“No paramos de oír que hay que ayudar al mundo rural, pero luego nada de nada”, dialoga enérgico Pedro Sánchez Calvo, el guardián del agua. ¿Por qué no se ha ido invirtiendo poco a poco?“, se pregunta. 

Otro vecino llenando su depósito de agua en una balsa para llevarla a casa

Con la mirada perdida Virginia, de El Boquerón de toda la vida, cuenta que volvió al campo por su marido: “Era camionero internacional, de los primeros en cruzar a Reino Unido, pero está enfermo y aquí lleva una vida mucho más activa” a pesar de que no tienen ninguna comodidad. “Nos duchamos con agua del pozo y traemos garrafas para lavar la fruta y la verdura, para cocinar o para limpiarnos la cara porque el agua del pozo tiene mucha cal”.

A pesar de todo, tienen un estrecho vínculo vecinal, se apoyan mutuamente, y se les ilumina la sonrisa cuando hablan de sus fiestas, que celebran en octubre con su concurso de migas, sus tracas, su música, sus hinchables y sus comidas y cenas, como en cualquier otro sitio. “Ojalá podamos celebrar algún día que ha llegado el agua”, pide Joaquín.

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