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El algoritmo de Netflix nunca será el videoclub de tu barrio

En aquellos videoclubs de barrio no había casi 3.000 títulos como en Netflix. Había mucho menos que elegir pero más libertad para hacerlo. De alguna manera, en los videoclubs existían más opciones -existen en Netflix pero menos- de abrir nuevos mundos más allá de los propios

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En una búsqueda rápida en JustWatch compruebo que el catálogo de Netflix en España suma 2.966 títulos. En mi perfil, sin embargo, aparecen cerca de 800 títulos recomendados (y algunos de ellos repetidos). ¿Dónde están los otros dos millares de películas, series y documentales que no veo en mi aplicación? Netflix ha decidido por mí que lo más probable es que no me interesen y los guarda en un almacén oscuro a la espera de que algún gesto en mis hábitos provoque que salgan a la luz.

En este universo de hiperactividad y escasa atención que hemos creado, Netflix calcula que nuestra paciencia de búsqueda de contenidos acaba a los 90 segundos. A partir de ese momento, crecen las posibilidades de que cerremos la aplicación y nos dediquemos a otra cosa. Yo soy de la vieja escuela y, en ocasiones, pierdo el tiempo enredando de qué manera puedo conseguir que Netflix me recomiende algo diferente a lo que me recomienda cada noche. El esfuerzo, por lo general, suele ser baldío.

Hace un tiempo me enteré de que existen vías alternativas para acceder a todos los contenidos sin necesidad de intermediarios: códigos a través de su página web, extensiones del chrome… Pero apenas llego con aliento a la noche, agotado del trabajo y de todas esas exigencias cotidianas de la vida, y me desparramó en el sofá sin fuerzas para ponerme a hackear a Netflix. Así que me mezo en los inescrutables designios de su algoritmo. Como el resto del mundo. Según datos ofrecidos por Netflix, un 80% de los visionados surgen de sus recomendaciones. 

No es que el algoritmo de Netflix falle más que una escopeta de feria. Casi diría que lo contrario. El algoritmo trasciende al sesgo facilón de los géneros y se adentra en capas más profundas. Netflix sabe que me gustan las series británicas porque duran seis capítulos y no hay que aguantar tanta subtrama innecesaria para engordar las temporadas. Sabe también que adoro los dramas políticos. Y que si Tom Hardy sale haciendo una versión cutre de un anuncio cutre de Ariel, lo voy a ver porque veo todo aquello en lo que sale Tom Hardy.

Lo que no sabe Netflix es que si un día dejo una serie a medias no es necesariamente porque no me guste. Puede que sea porque he tenido un problema familiar y lo he tenido que dejar todo de lado durante un tiempo, o por alguna razón insustancial y accesoria. El algoritmo me conoce pero al mismo tiempo no me conoce. Y casi prefiero que no me conozca demasiado.

Lo que tampoco sabe Netflix es que a mí me gustaría que su algoritmo fallase. Que me recomendase aquello que supuestamente no quiero ver. A mi me gustaría que Netflix no me dijera lo que quiero escuchar. O que, al menos, no me lo dijera siempre. Que me dejara entrar en sus almacenes donde ha escondido todo lo que, según el algoritmo, no me gusta. Que me dejara descubrir por mí mismo ficciones y documentales.

A mí, lo que me gustaría de verdad, es que funcionara como uno de aquellos viejos videoclubs en los que crecimos en nuestra adolescencia, aquellos videoclubs en los que el dependiente conocía las debilidades de sus clientes y les lanzaba sugerencias, pero los dejaba deambular por los pasillos en los que convivían sin problema los dramones de Kiéwslowski con los mamporros de Van Damme. Esos videoclubs en los que una tarde de sábado podía decidirse por razones tan peregrinas como lo mucho que molaban las carátulas.

En aquellos videoclubs de barrio no había casi 3.000 títulos como en Netflix. Había mucho menos que elegir pero más libertad para hacerlo. No había algoritmos investigando mis hábitos de consumo, no formaba parte de ninguna comunidad de recomendaciones que me excluyera de otras comunidades de recomendaciones, pero la decisión de elegir una película ‘errónea’ -arriesgada por no acomodarse a los gustos preconcebidos- era mucho más accesible y, si bien es verdad, que podía desembocar en unas horas tediosas, también lo podía hacer en la fascinación por un artista desconocido hasta ese momento. De alguna manera, en los videoclubs había más opciones -las hay en Netflix pero menos- de que se abrieran nuevos mundos más allá de los propios.

"¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)" escribía Walt Whitman mucho antes de que el algoritmo de Netflix se encargara de disolver las multitudes para regalarnos una experiencia sin riesgo de contradicciones. 

Es curioso pero a medida que ha aumentado la producción de todo tipo de contenidos -de ficción, periodísticos, de consumo, etc- nuestra capacidad para elegir libremente ha ido menguando. Y no solo porque otros lo hagan por nosotros -como el algoritmo de Netflix- sino también porque, en estos tiempos confusos de superabundancia digital, probablemente nosotros mismos preferimos acercarnos a aquello que nos da la razón y evitar lo que aparentemente no nos gusta o contradice nuestra visión del mundo. Y eso no puede ser algo bueno.

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